El Susurro de las Montañas

## Registro XII: El paso de los ángeles

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XII: El paso de los ángeles —

---

El despertar fue lento, como emerger de aguas profundas sin saber si se estaba ahogando o flotando.

Cassandra abrió los ojos a la luz anaranjada de los orbes, que seguían brillando en las paredes con la misma intensidad que la noche anterior. Por un instante no supo dónde estaba. Vio piedra pulida, sábanas limpias, una cama vacía enfrente. Luego recordó. La base. Los Bárbarois. Ilari.

— ¿Estás despierta? —susurró Zara desde la otra cama.

—Sí.

— ¿Dormiste algo?

—Un par de horas. ¿Tú?

—Menos. Pero suficiente.

Cassandra se incorporó con cuidado, sintiendo los músculos de las piernas protestando por el ascenso del día anterior. El costado, donde la herida de Durán aún se estaba curando, le dolía sordamente. Pero estaba entera. Estaba viva.

La puerta se deslizó antes de que pudiera levantarse de la cama.

Valeria entró con una bandeja en las manos. Llevaba el mismo uniforme verde oliva del día anterior, impecable, sin una arruga fuera de lugar. El cabello blanco recogido hacia atrás con la misma precisión militar. Los ojos amarillos brillaban en la luz anaranjada como dos monedas de oro.

—He traído desayuno —dijo, y su voz era la misma de siempre: neutra, medida, cada palabra en su sitio. Pero Cassandra notó algo distinto en sus hombros. Estaban menos tensos que la noche anterior. O quizás era solo que la luz de la mañana —si es que había mañana bajo la montaña— los suavizaba.

Colocó la bandeja sobre la mesa junto a la ventana. Había gachas de avena humeantes, un cuenco con frutas rojas que Cassandra no reconoció, rebanadas de ese pan moreno de la noche anterior, y dos jarras: una con agua, otra con un líquido lechoso que desprendía un olor dulce y especiado.

—Leche de almendras —explicó Valeria, señalando la jarra. —No tenemos productos animales en la base. Espero que no os importe.

—Después de años comiendo raciones de emergencia caducadas, la leche de almendras me parece un lujo —dijo Zara, incorporándose con un gruñido. Su cabello rojo era un desastre, enmarañado y lleno de nudos, pero sus ojos grises ya estaban alerta, evaluando la habitación, la bandeja, Valeria.

Comieron en silencio. Cassandra descubrió que las gachas de avena eran más sustanciosas de lo que parecían, y las frutas rojas tenían un sabor agridulce que le recordaba algo que no podía nombrar. La leche de almendras era extraña al principio, pero después de los primeros sorbos empezó a gustarle.

Valeria esperó de pie junto a la puerta, con los brazos pegados al costado. No los presionó para que se apresuraran. No hizo ningún gesto de impaciencia. Simplemente esperó, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

— ¿Siempre eres tan... paciente? —preguntó Zara entre bocado y bocado.

Valeria la miró. —El tiempo es diferente para nosotras. Lo que para vosotras es una hora, para nosotras es... menos. O más. Depende.

—Eso no responde a la pregunta.

—Es la única respuesta que tengo.

Zara resopló, pero no insistió. Cassandra terminó su desayuno y dejó el cuenco vacío sobre la bandeja.

— ¿Listas? —preguntó Valeria.

— ¿Para qué? —preguntó Cassandra.

—Para ver al comandante. Dijo que quería hablar con vosotras esta mañana. Ya está en su despacho.

Cassandra se levantó, estirando los brazos por encima de la cabeza. Sintió las vértebras crujir, los músculos de la espalda quejarse. Zara hizo lo mismo, con menos entusiasmo.

—Vamos —dijo Zara, y había en su voz una determinación que Cassandra reconoció: era la misma que había tenido antes de cada batalla importante, cada negociación peligrosa, cada salto al vacío. —Hablemos con el jefe.

---

Salieron al corredor. La luz aquí era la misma del día anterior: azulada, fría, proveniente de las líneas que recorrían el techo y el suelo. Valeria caminaba delante, con sus pasos medidos que apenas hacían ruido. Cassandra y Zara la seguían, con las botas resonando en el metal de una manera que les parecía escandalosamente ruidosa en comparación.

— ¿Siempre camináis tan callados? —preguntó Zara.

—El ruido atrae atención no deseada —respondió Valeria sin volverse. —En la superficie, eso puede significar la muerte. Aquí, es una cuestión de disciplina.

— ¿Y nunca habláis por hablar? ¿Nunca decís algo solo porque sí?

Valeria se detuvo un instante. No se volvió, pero Cassandra vio cómo sus hombros se tensaban ligeramente.

—No —dijo. Y continuó caminando.

El corredor se abrió de repente, y Cassandra se encontró en un espacio que le robó el aliento.

Era una plaza de armas. No había otra palabra para describirlo. Un espacio abierto, enorme, tallado en la roca viva, con un techo tan alto que las luces azuladas se perdían en la penumbra antes de llegar a la cima. El suelo era de piedra pulida, negra como la obsidiana, y estaba dividido en cuadrículas que Cassandra reconoció como marcas de entrenamiento militar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.