# El Susurro de las Montañas
## — Registro XIII: El peso de las palabras —
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El despacho de Ilari quedó sumido en un silencio que no era vacío, sino expectación. Las palabras de Cassandra flotaban en el aire como una hoja de navaja recién afilada: *Debo establecer comunicaciones con mi superior, Viktor, al menos para hacerle saber que ambas estamos con vida. *
Ilari no respondió de inmediato. Sus dedos, que habían estado tamborileando sobre la mesa de piedra, se detuvieron. Sus ojos amarillos se fijaron en Cassandra con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera. Ella no retrocedió.
—Una condición —dijo Ilari, y su voz era cuidadosamente neutra. Como un lago helado que oculta las corrientes profundas. —Planteas una condición antes de saber siquiera lo que te voy a pedir.
—Planteo un dilema —corrigió Cassandra. —No puedo ayudaros si no sé que los míos están a salvo. No puedo estar aquí, en esta base, colaborando con vosotros, mientras Viktor me da por muerta y toma decisiones que podrían costar vidas porque cree que ha perdido a su mejor guerrera.
— ¿Y si la comunicación que estableces es interceptada? ¿Si otras facciones se enteran de que hay una base bajo las montañas? ¿Si vuestros enemigos utilizan esa información para atacar?
—Viktor no hablará. Es un soldado. Sabe guardar secretos. —Cassandra se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa de piedra. —Pero además, comandante, usted sabe algo que yo apenas empiezo a intuir: si las otras facciones se enteraran de su existencia, no podrían hacerles daño. No con armas convencionales. Ustedes pueden partir rocas a puñetazos. Pueden ver en la oscuridad. Han vivido siglos. Mis enemigos tienen rifles oxidados y raciones caducadas. No son una amenaza para ustedes.
Ilari parpadeó. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Cassandra lo vio.
—No es la amenaza física lo que me preocupa —dijo Ilari. —Es el caos. El pánico. Las facciones uniéndose no para atacarnos, sino para exigirnos cosas. Para pedirnos que tomemos partido en sus guerras. Para convertirnos en otra pieza en su tablero de conflicto perpetuo.
—Por eso no tiene que decirles quiénes son. Solo tiene que permitirme enviar un mensaje a Viktor. Un mensaje corto, cifrado, que solo él pueda entender. Que sepa que estamos vivas. Que estamos bien. Que volveremos.
— ¿Y si no acepto?
Cassandra se recostó en la silla. No era un gesto de desafío, sino de consideración. Como si estuviera sopesando opciones que ya había considerado antes.
—Entonces no puedo ayudarle. No puedo confiar en alguien que me pide que abandone a los míos sin darles señales de vida. Eso no es colaboración. Eso es rehén.
La palabra cayó como una piedra en un estanque. Zara, que había estado en silencio, contuvo la respiración. Cassandra vio cómo sus dedos se crispaban ligeramente sobre el reposabrazos de la silla, preparándose para moverse si era necesario.
Ilari no se movió. La observó largamente, y Cassandra tuvo la incómoda sensación de que podía ver a través de ella, más allá de la piel y los huesos, hasta algo más profundo. Algo que ni ella misma sabía que existía.
—Eres astuta —dijo finalmente. —Has convertido una petición en una prueba. Si acepto, demuestro que confío en ti. Si no acepto, demuestro que me ves como un carcelero, no como un interlocutor.
—No quería ser tan obvia.
—Lo has sido. —Ilari casi sonrió. —Pero no te lo reprocho. Yo habría hecho lo mismo en tu lugar.
Se levantó de su silla y caminó hacia la pared donde había proyectado la imagen del portal. La piedra negra estaba oscura ahora, fría, sin ninguna luz. Pasó los dedos sobre su superficie, como si pudiera sentir algo que Cassandra no podía ver.
—Hay un problema —dijo sin volverse. —No tenemos equipos de comunicación compatibles con los vuestros. Vuestra tecnología es... primitiva. Nuestras frecuencias no son las mismas. Cualquier mensaje que enviemos desde aquí sería ininteligible para vuestros receptores.
Cassandra sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No había considerado ese detalle. Había asumido que los Bárbarois, con su tecnología avanzada, podrían comunicarse con el exterior sin problemas. Pero ahora, escuchando a Ilari, comprendió que su aislamiento no era solo geográfico. Era tecnológico, lingüístico, existencial.
—Entonces —dijo Zara, con la voz tensa—, ¿no podemos enviar ningún mensaje?
—No desde aquí. —Ilari se volvió. Sus ojos amarillos brillaron en la penumbra. —Pero hay otra manera.
— ¿Cuál?
—Valeria. Ella conoce la ruta de regreso al valle. Puede llevar un mensaje de vuestra parte. A mano. Sin tecnología, sin frecuencias, sin nada que pueda ser interceptado. Un simple mensajero.
Cassandra procesó la información. Una corredora. Alguien que conocía el camino, que podía moverse sin ser vista, que podía entregar un mensaje directamente a Viktor.
— ¿Y confías en ella? —preguntó. — ¿Confías en que no se va a escapar, o a contar a otros lo que ha visto?
Ilari la miró con una expresión que Cassandra no supo interpretar. No era ofensa, no era sorpresa. Era algo más parecido a la curiosidad.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 16.05.2026