# El Susurro de las Montañas
## — Registro XIV: El corazón de la piedra —
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Valeria llevaba cuatro horas fuera de la base cuando Cassandra sintió el primer tirón.
Fue sutil, como una corriente de aire en una habitación cerrada. Estaba sentada en el borde de su cama, repasando mentalmente todo lo que había visto desde que llegaron —los corredores, la plaza de armas, el despacho de Ilari— cuando una vibración recorrió su columna vertebral. No era dolor. Era algo más parecido a una nota musical, demasiado baja para oírse, pero lo suficientemente potente para sentirse en los huesos.
— ¿Cassandra? —Zara levantó la vista del cuenco de frutas que estaba desayunando. — ¿Te pasa algo?
—No lo sé.
Cassandra se llevó la mano al bolsillo. El parche estaba caliente, más que nunca. No el calor sutil de antes, sino una temperatura definida, como si acabaran de sacarlo de una fuente de calor. Lo sostuvo entre los dedos y sintió que latía con un ritmo que no era el de su corazón.
*Zum. Zum. Zum. *
Como un segundo pulso. Más lento. Más profundo.
—Está llamándome —dijo en voz baja.
— ¿El qué? ¿El parche? —Zara se puso de pie, abandonando el cuenco sobre la mesa. Su mano fue hacia la pistola por reflejo, aunque no la desenfundó. —Cassandra, estás hablando como si estuvieras poseída.
—No es posesión. Es... conexión. Como si algo en la base estuviera intentando comunicarse conmigo. Algo que sabe que llevo esto.
Antes de que Zara pudiera responder, la puerta se deslizó.
Ilari estaba en el umbral, con los brazos pegados al costado y los ojos amarillos brillando en la penumbra. No llevaba gorra, y su cabello oscuro caía sobre su frente con una informalidad que Cassandra no le había visto antes. Como si hubiera venido corriendo.
—Lo sientes —dijo. No era una pregunta.
— ¿El qué? —preguntó Zara, con la voz tensa.
Ilari ignoró la pregunta. Sus ojos estaban fijos en Cassandra, en el parche que aún sostenía entre los dedos, en la forma en que sus manos temblaban ligeramente.
—El portal. Se ha activado. Hace unos minutos, sin previo aviso. Los sensores registraron una fluctuación que no habíamos visto en cien años. —Hizo una pausa. —Y tú lo sentiste.
Cassandra asintió. No podía mentir. No con esos ojos amarillos mirándola.
—Ven —dijo Ilari, y se volvió hacia el corredor. —Es hora de que veas lo que viniste a buscar.
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El camino hacia el portal era más profundo que cualquier cosa que Cassandra hubiera recorrido hasta entonces.
Bajaron por corredores que se estrechaban y ensanchaban, por escaleras talladas en la roca viva, por rampas que descendían en espiral hacia el corazón de la montaña. La luz azulada se volvía más intensa a medida que descendían, y el zumbido que Cassandra había sentido en su habitación se convertía en un latido audible, un pulso que vibraba en el aire, en las paredes, en el suelo bajo sus pies.
Zara caminaba a su lado con la mano en la pistola, los ojos recorriendo cada rincón, cada sombra, cada posible punto de emboscada. No hablaba. No necesitaba hacerlo. Cassandra sentía su desconfianza como una presión en el aire, un contrapeso a su propia curiosidad.
Ilari caminaba delante, en silencio. No miraba atrás para comprobar que la seguían. Sabía que lo harían. Sabía que Cassandra no podía apartarse de ese pulso aunque quisiera.
— ¿Cuánto falta? —preguntó Zara.
—Poco —respondió Ilari.
—Eso dijiste la última vez.
—Y era verdad. Ahora también.
Zara resopló, pero no insistió.
El corredor se abrió de repente, y Cassandra se encontró en una cámara que le robó el aliento.
Era enorme. Más grande que la plaza de armas, más grande que cualquier espacio que hubiera visto en la base. Las paredes eran de piedra negra pulida, pero no estaban oscuras: estaban iluminadas por el objeto que flotaba en el centro de la cámara, suspendido a tres metros del suelo.
El portal.
Era un óvalo perfecto, de unos once metros de altura, y su superficie era de un azul profundo que parecía contener todas las noches que Cassandra había visto y todas las que nunca vería. No era estático. Ondulaba suavemente, como la superficie de un lago agitado por el viento, y en sus bordes la realidad se curvaba, distorsionando el aire a su alrededor.
Cassandra sintió que las rodillas se le aflojaban. No era miedo. Era asombro. Un asombro tan profundo que dolía físicamente, como si su cuerpo no estuviera diseñado para procesar lo que sus ojos estaban viendo.
—Dioses —murmuró Zara a su lado, y su voz sonaba extraña, pequeña, perdida en la inmensidad de la cámara.
—No dioses —dijo Ilari. —Ángeles. O lo que fuimos antes de que nos fuéramos.
Cassandra dio un paso adelante, sin pensar. El parche en su mano latía con una intensidad dolorosa ahora, como si quisiera saltar de sus dedos y lanzarse hacia el portal. Ella lo apretó con más fuerza.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 16.05.2026