El Susurro de las Montañas

## Registro XV: El peso del encuentro

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XV: El peso del encuentro —

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### I — Viktor: El peso del mensajero

El campamento de Viktor no volvió a la normalidad después de que Valiera se marchó.

No es que hubiera mucha normalidad en el páramo, pero lo que tenían —rutinas, guardias, el runrún constante de la vida entre ruinas— se fracturó aquella noche como un espejo al que le falta un trozo. Y el trozo que faltaba era la imagen de esa mujer de dos metros, uniforme verde oliva, ojos amarillos, que había aparecido de la nada y se había desvanecido igual.

—Comandante —dijo Rocco, entrando en la tienda sin golpear. Viktor ni siquiera levantó la vista. Llevaba una hora mirando el mismo papel, la misma letra, las mismas palabras que no podía dejar de leer. —La gente está nerviosa. Han visto algo. No saben qué, pero saben que no era normal.

Viktor dobló el mensaje con movimientos precisos, como si fuera un mapa militar, y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, junto al corazón. Era lo más cerca que podía estar de Cassandra en ese momento.

— ¿Qué han visto exactamente?

—Una mujer alta. Muy alta. Ojos que brillaban en la oscuridad. Uniforme de soldado, pero de ningún ejército que conozcamos. —Rocco se sentó en la silla frente a la mesa, con las manos apoyadas en las rodillas. Su rostro, normalmente impasible, estaba tenso. —Algunos dicen que era un fantasma. Otros, un ángel. La mayoría, algo que no debería existir.

—Existe. Yo la vi.

Rocco lo miró largamente. — ¿Y el mensaje? ¿Era realmente de Cassandra?

Viktor sacó el papel de nuevo. Lo desdobló sobre la mesa, alisando las arrugas con la palma de la mano. La letra era inconfundible: esa mezcla de mayúsculas y minúsculas que Cassandra usaba cuando escribía rápido, la forma en que cruzaba las "tes", el bucle de las "eles". Nadie podía falsificar eso. Nadie lo intentaría.

—Es suya —dijo. —Y si ella confía en esa mujer... yo tengo que confiar también.

— ¿Incluso sin saber quiénes son? ¿Sin saber dónde está? ¿Sin saber cuándo volverá?

Viktor levantó la vista. Sus ojos grises, cansados, tenían algo que Rocco no le había visto desde los primeros días del Colapso. No era miedo. Era algo más parecido a la determinación.

—Cassandra nunca me ha fallado. No va a empezar ahora.

Rocco asintió lentamente. No dijo nada más. No hacía falta.

Afuera, el campamento bullía con rumores y especulaciones. Algunos hablaban de una nueva facción, oculta en las montañas, que por fin había decidido mostrarse. Otros, de seres sobrenaturales que habían vivido entre ellos durante siglos sin que nadie lo supiera. Los más escépticos decían que era una mentira, una trampa de la facción enemiga para desestabilizarlos.

Pero todos, hasta los más escépticos, habían visto algo. Una sombra demasiada alta. Un brillo amarillo en la oscuridad. Una presencia que no podían explicar pero que no podían negar.

Viktor salió de la tienda y caminó entre ellos con el paso firme, la cabeza alta. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su presencia era suficiente para calmar los ánimos, al menos por ahora.

Pero mientras observaba las montañas en el horizonte, negras contra el cielo estrellado, no podía evitar preguntarse qué estaría haciendo Cassandra en ese momento. Y si realmente volvería.

*Volveré*, había escrito. *Confía en que sé lo que hago. *

Viktor cerró los ojos y respiró hondo. Confiaba. No le quedaba otra.

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### II — Valeria: El peso del regreso

La ascensión a la base fue más dura de lo que recordaba.

No físicamente —Valeria había recorrido aquel camino miles de veces, y sus piernas conocían cada piedra, cada saliente, cada grieta mejor que cualquier mapa— sino de otra manera. Algo había cambiado en el aire de la montaña. Algo vibraba con una frecuencia que no reconocía, una tensión que se filtraba en los huesos como el frío antes de una tormenta.

El portal, pensó. Algo ha pasado con el portal.

Aceleró el paso. Sus botas apenas tocaban el suelo, sus movimientos eran una fluidez imposible que cualquier humano habría calificado de sobrenatural. Pero Valeria no pensaba en eso. Pensaba en Cassandra. En Ilari. En lo que podía haber ocurrido mientras ella estaba fuera.

La entrada secreta se abrió ante ella como siempre, la grieta en la roca que ningún ojo humano aprendería a ver. Descendió por el pasillo tallado, atravesó la cámara de acceso, subió al ascensor que la llevaría a los niveles inferiores. El zumbido del portal era más intenso ahora, una nota grave que vibraba en el metal, en la piedra, en su propia carne.

—Valeria —dijo Kael cuando salió del ascensor. El oficial de guardia la esperaba con los brazos cruzados y una expresión que ella no había visto antes. No era hostilidad. Era... preocupación. —Menos mal que has vuelto.

— ¿Qué ha pasado?

Kael dudó. Valeria sintió cómo el miedo se instalaba en su pecho, un miedo que no había sentido en décadas.




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