# El Susurro de las Montañas
## — Registro XVI: El peso de la decisión
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### I — Enfermería: El peso del reposo
La enfermería de la base Bárbaroi no se parecía a nada que Cassandra hubiera visto en el páramo.
No había camas de metal oxidadas ni sábanas manchadas ni el olor a desinfectante barato que impregnaba los consultorios de campaña. Había camas blancas, limpias, con sábanas que olían a hierbas secas. Había luz cálida, no la azulada de los corredores, sino un resplandor anaranjado que salía de los orbes incrustados en el techo. Había silencio, un silencio denso y suave, como una manta.
Cassandra estaba tumbada en una de esas camas, con los brazos pegados al costado y los ojos cerrados. No dormía —no podía dormir, no con el portal latiendo en su pecho como un segundo corazón— pero descansaba. Sus párpados temblaban ligeramente, y cada pocos segundos sus dedos se crispaban, como si estuviera sujetando algo invisible.
Zara estaba sentada en una silla junto a la cama, con la pistola sobre las rodillas y los ojos fijos en la puerta. No había dormido desde que llegaron a la base. No había comido desde que vio los ojos dorados de Cassandra frente al portal. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente se negaba a descansar. Cada vez que cerraba los ojos, veía la luz azul, la figura de Cassandra con los brazos extendidos, la voz que decía *padre*.
—Deberías descansar —dijo una voz desde la puerta.
Zara levantó la vista. Valeria estaba en el umbral, con los brazos pegados al costado y los ojos amarillos brillando en la penumbra. Llevaba el uniforme impecable, pero Zara notó pequeñas grietas en su máscara: las ojeras bajo sus ojos, la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se apretaban a los costados.
—No puedo —respondió Zara. —No hasta que sepamos qué va a pasar.
Valeria entró en la enfermería con pasos silenciosos. Se detuvo al pie de la cama de Cassandra y la observó un momento. Sus ojos recorrieron su rostro pálido, sus manos inmóviles, el leve latido de sus párpados.
—No ha vuelto a despertar desde que la trajeron —dijo Valeria.
—No. Los médicos —Zara hizo una pausa, buscando la palabra correcta—, los vuestros, dijeron que necesitaba descansar. Que el contacto con el portal había sido... intenso.
—Lo fue. —Valeria se sentó en el borde de la cama, con cuidado de no tocarla. —Yo sentí la vibración desde el nivel tres. Y no soy yo la que tiene un vínculo con el portal.
— ¿Qué está pasando, Valeria? —preguntó Zara, y su voz sonó más cansada de lo que pretendía. — ¿Qué le está pasando? ¿Qué somos para vosotros? ¿Por qué nos trajisteis aquí?
Valeria guardó silencio un largo rato. Cuando habló, su voz era más baja, más humana.
—No lo sé todo. Ilari no me cuenta todo. Pero sé que Cassandra es importante. No solo para nosotros. Para algo más grande.
— ¿Y yo?
—Tú eres importante para ella. Y eso te hace importante para nosotros.
Zara apretó los labios. No era la respuesta que quería, pero era la única que iba a recibir.
—Ilari ha convocado una reunión —dijo Valeria, cambiando de tema. —Con toda la comunidad. Van a decidir si intervenimos o no.
— ¿Intervenir en qué?
—En el páramo. En vuestra guerra. En vuestra... situación.
Zara parpadeó. — ¿Van a decidir el destino de mi gente sin que nadie les pida opinión?
—No es así. Ilari quiere hablar con vosotras antes de tomar cualquier decisión. Pero necesita saber qué opina su propia gente primero.
— ¿Y tú qué opinas?
Valeria la miró. En sus ojos amarillos, Zara vio algo que no esperaba: incertidumbre.
—No lo sé —admitió. —Llevo siglos observándoos desde fuera. He visto vuestras guerras, vuestras miserias, vuestros pequeños actos de bondad. No sé si podemos ayudar. No sé si debemos. Pero sé que no podemos seguir escondidos para siempre.
Se puso de pie.
—Cuídala —dijo, señalando a Cassandra con un gesto. —Volveré cuando termine la reunión.
—Valeria.
La mujer se detuvo en el umbral.
—Gracias. Por traer el mensaje. Por volver.
Valeria no respondió. Salió de la enfermería, y la puerta se deslizó detrás de ella con un susurro.
Zara se quedó sola con Cassandra, el silencio y el latido lejano del portal.
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### II — La asamblea: El peso de las palabras
El salón de asambleas estaba en el nivel uno, en el corazón de la base. Era una cavidad natural que los primeros Bárbarois habían expandido hasta convertirla en un anfiteatro tallado en la piedra, con gradas que ascendían en círculos concéntricos alrededor de una plataforma central.
Ilari estaba de pie en esa plataforma, con los brazos pegados al costado y el rostro impasible. A su alrededor, en las gradas, se apiñaban casi doscientos Bárbarois. Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra como estrellas en una noche sin luna, y el murmullo de sus conversaciones era un río subterráneo que crecía y decrecía.
Nunca se habían reunido todos así. No en décadas. No desde que decidieron, hace siglos, que el aislamiento era la única manera de sobrevivir.
—Orden —dijo Ilari, y su voz resonó en el anfiteatro con una autoridad que cortó el murmullo como un cuchillo.
El silencio cayó, denso y pesado.
—Sabéis por qué estamos aquí —continuó Ilari. —Dos humanas cruzaron la línea de exclusión. Una de ellas estableció contacto con el portal. Habló con alguien del otro lado. Alguien que dijo ser su padre.
Los murmullos volvieron, más intensos. Ilari esperó a que se apagaran.
—Esa humana tiene ahora los ojos dorados. Tiene un vínculo con nuestra frecuencia. Y el portal, que había estado estable durante siglos, ahora fluctúa como un corazón en fiebre. Algo está cambiando. Y tenemos que decidir cómo respondemos.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 06.06.2026