El Susurro de las Montañas

## Registro XVII: El peso de la conciencia

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XVII: El peso de la conciencia

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### I — Enfermería: El peso de la visita

La mañana en la base Bárbaroi no tenía sol, ni cielo, ni canto de pájaros. Tenía el zumbido constante del portal, el eco lejano de las botas en los corredores, y la luz anaranjada de los orbes que nunca se apagaban del todo.

Cassandra llevaba despierta desde antes de que esa luz simulase el amanecer. No había podido dormir más. Su cuerpo descansaba —los médicos Bárbaroi le habían administrado algo que la mantuvo en un sueño profundo durante horas— pero su mente se negaba a aquietarse. El portal seguía latiendo en su pecho, y cada latido traía consigo fragmentos de la conversación con su padre: palabras sueltas, imágenes borrosas, la sensación de una luz dorada envolviéndola.

Zara dormía en la silla junto a la cama, con la cabeza apoyada en el borde del colchón y la pistola en el regazo. Cassandra la observó un momento: el cabello rojo enmarañado, las ojeras violáceas, los labios entreabiertos. Parecía más joven cuando dormía. Más vulnerable. Menos la guerrera que había matado a tres hombres en el club de Durán y más la muchacha que Cassandra había conocido años atrás, recién llegada al páramo, con los ojos llenos de un miedo que aprendió a ocultar.

No la despertó. Necesitaba descansar. Ambas lo necesitaban.

La puerta se deslizó con un susurro, y Cassandra levantó la vista esperando ver a Valeria. Pero no era Valeria.

Era Ilari.

El comandante entró en la enfermería con pasos silenciosos, las botas apenas rozando el suelo de metal. Llevaba el uniforme de siempre, impecable, pero Cassandra notó que su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la noche pasándose las manos por él. Un gesto humano. Un gesto de preocupación.

—Comandante —dijo Cassandra, incorporándose. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Ilari levantó una mano. —No te levantes. No estoy aquí de inspección.

Se detuvo al pie de la cama y la observó en silencio. Sus ojos amarillos recorrieron su rostro, sus brazos, sus manos. Se detuvieron en sus ojos.

—Siguen siendo dorados —dijo.

—Parece que no se van a ir.

— ¿Te molesta?

Cassandra consideró la pregunta. Se llevó una mano al rostro, tocándose el párpado como si pudiera sentir el color.

—No. Es extraño. Pero no me molesta. Es como si... siempre hubieran debido ser así. Como si hubiera estado esperando que cambiaran.

Ilari asintió lentamente. Se sentó en el borde de la cama, un gesto tan inesperado que Cassandra parpadeó. Los comandantes Bárbaroi no se sentaban en las camas de los pacientes. Los comandantes Bárbaroi no se sentaban en absoluto, al menos no frente a humanos.

—Anoche convocamos una asamblea —dijo Ilari, con la vista fija en sus propias manos, que descansaban sobre sus rodillas. —Hablamos de vosotras. De lo que ha pasado. De si debemos intervenir o no.

— ¿Y qué decidieron?

—Aún nada. La votación se pospuso para esta tarde. Había... opiniones divididas. Necesitábamos más tiempo para reflexionar.

— ¿Y tú? ¿Tú qué opinas?

Ilari levantó la vista. Sus ojos amarillos se encontraron con los dorados de Cassandra, y por un instante ninguno de los dos habló.

—Yo opino —dijo finalmente— que estamos ante algo más grande que nosotros. Más grande que los Bárbarois. Más grande que los humanos. Algo que lleva siglos gestándose y que por fin está llegando a su punto de inflexión.

—Mi padre.

—Tu padre. El portal. La balanza. Todo está conectado. Y tú estás en el centro.

Cassandra sintió el peso de sus palabras como una losa sobre el pecho. No era miedo lo que sentía —el miedo lo había dejado atrás en algún momento de la noche anterior— sino algo más pesado. Responsabilidad.

—No pedí estar en el centro —dijo.

—Nadie lo pide. Por eso es tan difícil.

Ilari se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas. En esa postura, con el uniforme impecable y el cabello despeinado, parecía más humano que nunca. Más vulnerable.

—Cassandra, necesito saber si eres consciente de lo que implica lo que tu padre te pidió. Salvar a la humanidad no es una frase bonita. Es trabajo. Es sangre. Es decisiones imposibles. Es mirar a los ojos de alguien a quien no puedes salvar y decirle lo siento. Es seguir adelante aunque todo te grite que te pares.

—Lo sé.

— ¿Lo sabes? —Ilari la miró con intensidad. —Has pasado años luchando por tu supervivencia. Por la de los tuyos. Pero esto es diferente. Esto no es sobrevivir. Esto es construir. Y construir es más difícil que sobrevivir. Porque sobrevivir solo exige aguantar. Construir exige elegir. Y cada elección deja algo fuera.

Cassandra apretó los puños sobre la sábana. Sus nudillos, más pálidos que antes, casi traslúcidos bajo la luz anaranjada.




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