El Susurro de las Montañas

## Registro XVIII: El peso de la evidencia

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XVIII: El peso de la evidencia

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### I — Los corredores: El peso de observar

La votación había terminado hacía una hora. Los Bárbarois se habían dispersado por la base, algunos hacia sus aposentos, otros hacia sus puestos de trabajo, la mayoría hacia los comedores donde les esperaban raciones dobles y conversaciones en voz baja. El recuento de papeletas se haría en privado, había dicho Ilari. Los resultados se anunciarían al anochecer.

Cassandra no podía quedarse quieta.

Zara había intentado convencerla de que descansara —"Los médicos dijeron que necesitas reposo, no que te pases el día dando vueltas como un animal enjaulado"— pero Cassandra no podía. Había algo en el aire de la base, algo que no había notado antes pero que ahora le picaba en la nuca como una avispa invisible.

No era el portal. El portal seguía allí, latiendo en las profundidades, y ella podía sentirlo como un segundo corazón. Pero esto era diferente. Esto era... movimiento.

—Vamos a dar un paseo —dijo Cassandra, poniéndose la chaqueta que Valeria les había traído.

— ¿Un paseo? —Zara frunció el ceño. —Estamos en una base militar subterránea llena de ángeles soldados que pueden partir rocas a puñetazos. No es exactamente un parque.

—Por eso mismo. Quiero ver más.

Zara suspiró. Esa mezcla de resignación y preocupación que Cassandra conocía tan bien.

—Está bien. Pero si alguien nos pregunta, dices que vamos a la enfermería. No quiero que nos acusen de espiar.

—No estamos espiando. Estamos... observando.

—Eso es literalmente lo mismo.

Cassandra casi sonrió. La vieja Zara, la que discutía por todo, estaba volviendo. Era un buen síntoma.

Salieron de la enfermería y se adentraron en los corredores de la base. La luz azulada los envolvía, y el zumbido constante del portal vibraba en el suelo bajo sus botas. Cassandra caminaba sin rumbo aparente, pero sus pies la llevaban hacia algún lugar que ni ella misma comprendía.

— ¿Sabes a dónde vas? —preguntó Zara.

—No. Pero algo me está tirando. Como el parche, pero... más difuso. Más... —Buscó la palabra. —Organizado.

Zara no dijo nada, pero Cassandra sintió cómo su amiga tensaba la mandíbula. La desconfianza no había desaparecido. Solo se había agazapado, esperando.

Doblaron una esquina y entraron en un corredor más ancho, con puertas que Cassandra no había visto antes. No eran las puertas deslizantes habituales, sino portones de metal macizo, con cerrojos y sistemas de seguridad que parpadeaban en rojo y verde.

Y a través de uno de esos portones, parcialmente abierto, Cassandra vio algo que la detuvo en seco.

Vehículos.

No los destartalados armatostes del páramo, ensamblados con chatarra y esperanza. Eran vehículos militares, verdaderos vehículos militares, con carrocerías de ángulo recto y neumáticos gruesos como el brazo de un hombre. Algunos eran camiones de carga, grandes como casas. Otros eran todoterreno más pequeños, rápidos, ágiles. Todos estaban pintados de un verde oliva idéntico al de los uniformes Bárbarois.

Y alrededor de ellos, una docena de Bárbarois trabajaban en silencio.

Cassandra se acercó al portón, con Zara pisándole los talones. Desde donde estaba, podía ver cómo los soldados revisaban los motores, comprobaban los niveles de combustible — ¿qué combustible usaban? No parecía gasolina, tenía un brillo azulado—, ajustaban las suspensiones y alineaban las ruedas. Era una coreografía precisa, silenciosa, eficiente.

En el extremo del hangar, otro grupo de Bárbarois realizaba pruebas de encendido. El rugido de los motores era sordo, amortiguado por las paredes de piedra, pero Cassandra lo sintió en el pecho. Un sonido potente, regular, prometedor.

— ¿Qué es esto? —susurró Zara.

Cassandra no respondió. Siguió caminando.

Más allá del hangar de vehículos, encontró otra puerta abierta. Esta daba a una sala llena de mapas. No los mapas toscos del páramo, dibujados a mano sobre papel de estraza. Eran mapas detallados, impresos en algún material plástico que no se arrugaba ni se rompía, con topografía, marcas de rutas, asentamientos humanos señalados con pequeños puntos rojos.

Y en las paredes, estudios. Análisis. Informes.

Cassandra entró sin pedir permiso. Los Bárbarois que trabajaban en la sala levantaron la vista, la reconocieron —era difícil no reconocer a la humana de ojos dorados— y volvieron a sus tareas. Nadie la detuvo. Nadie le preguntó qué hacía allí.

Se acercó a la pared más cercana. Había gráficos de población, estimaciones de recursos, análisis de la calidad del agua en diferentes zonas del valle. Había mapas de rutas de suministro, con tiempos de viaje calculados al minuto. Había listas de prioridades: alimentos, agua potable, medicinas, materiales de construcción. Todo ordenado, catalogado, priorizado.

—Esto no es nuevo —dijo en voz alta, sin darse cuenta.




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