# El Susurro de las Montañas
## — Registro XIX: El peso de la identidad
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### I — La enfermería: El peso de la espera
La luz anaranjada de los orbes llevaba horas sin cambiar. Sin parpadear. Sin recordarle a Cassandra que afuera, en algún lugar sobre toneladas de piedra, el sol seguía su curso indiferente. El tiempo en la base era una ilusión, un invento humano que los Bárbarois habían aprendido a ignorar hacía siglos.
Cassandra no podía ignorarlo.
Llevaba los dedos entrelazados sobre el regazo, las uñas clavándose en los nudillos con una presión que no llegaba a doler del todo. Zara seguía a su lado, sentada en la silla de metal, con la pistola en la funda pero la mano cerca. Demasiado cerca.
La puerta se deslizó antes de que Cassandra pudiera preguntar qué hora era.
No era Valeria. Era Ilari. Pero no venía solo.
Detrás de él, tres Bárbarois entraban en la enfermería con pasos medidos, silenciosos. El primero llevaba una bata blanca sobre el uniforme verde oliva —una mujer de cabello plateado, con los ojos amarillos más pálidos de lo habitual, casi dorados— y sostenía una tabla con pantallas que Cassandra no alcanzaba a leer. El segundo empujaba un carro metálico cargado de aparatos que Cassandra no reconocía: cilindros, pantallas pequeñas, cables finos como cabellos. El tercero, un hombre joven de mandíbula cuadrada y expresión impasible, cerraba la marcha con las manos vacías pero los hombros tensos, como si esperara una orden para actuar.
Zara se puso de pie de un salto. La pistola estaba en su mano antes de que Cassandra pudiera parpadear.
— ¿Qué es esto? —preguntó Zara, con el cañón apuntando al suelo pero el dedo en el gatillo.
Ilari levantó una mano. —Tranquila. No es lo que parece.
—Parece que traes un equipo médico para hacerle algo a Cassandra. Y eso es exactamente lo que parece.
—Zara —dijo Cassandra, con una voz más calmada de lo que se sentía. —Baja el arma.
—No voy a bajar nada hasta que me digan qué están haciendo aquí.
La mujer de la bata blanca dio un paso adelante, con las manos extendidas en un gesto de no amenaza. Sus ojos amarillos pálidos se fijaron en Zara con una calma que resultaba casi hipnótica.
—Me llamo Sera —dijo, y su voz era suave, como agua corriendo sobre piedra lisa. —Soy la jefa de medicina de esta base. Mis acompañantes son el tecnólogo médico Yarin y el especialista en biofrecuencias Doran. Estamos aquí para realizar unos escáneres a Cassandra. Nada invasivo. Nada doloroso. Solo... observación.
— ¿Observación de qué? —preguntó Zara, sin bajar el arma.
Sera miró a Ilari. El comandante asintió, apenas un movimiento de cabeza.
—De sus cambios —respondió Sera, volviendo su mirada hacia Cassandra. —Sus ojos han cambiado de color. Su frecuencia se ha sincronizado con la nuestra. El portal la reconoce. Necesitamos entender qué está pasando antes de que... antes de que salgamos.
— ¿Antes de que salgamos a dónde? —preguntó Cassandra.
Ilari respondió antes de que Sera pudiera hacerlo.
—Al valle. A tu mundo. A tu gente. Los resultados de la votación ya están. Ganó el sí. Vamos a intervenir.
El silencio que siguió fue tan denso que Cassandra podía oír los latidos de su propio corazón. O el del portal. O ambos.
— ¿Y si no os dejo escanearla? —preguntó Zara, con la voz tensa.
—Entonces no la escaneamos —respondió Ilari, y su honestidad fue tan inesperada que Zara parpadeó. —No vamos a hacer nada contra su voluntad. Pero necesitamos saber, Cassandra. Tú necesitas saber. Lo que eres ahora. Lo que puedes hacer. Lo que te espera si vuelves al valle con esos ojos.
Cassandra miró a Ilari. Miró a Sera, a Yarin, a Doran. Miró a Zara, que seguía con la pistola en la mano, temblando ligeramente.
—Está bien —dijo.
— ¿Cassandra? —Zara giró la cabeza hacia ella, con los ojos muy abiertos. —No tienes por qué...
—Lo sé. Pero quiero hacerlo. Necesito saber. Como dice Ilari.
Zara apretó la mandíbula. Durante un instante, Cassandra pensó que iba a negarse, a plantarse, a armar un escándalo. Pero luego, con un suspiro que pareció costarle un esfuerzo físico, Zara guardó la pistola.
—Si le hacen daño —dijo, mirando a Sera—, juro que...
—No le haremos daño —interrumpió Sera, con esa calma suya que resultaba casi insultante. —Te lo prometo.
Zara no respondió. Se sentó de nuevo en la silla, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Observaba cada movimiento de los Bárbarois con la intensidad de un halcón.
Sera se acercó a Cassandra. Sus manos, delgadas y pálidas, rozaron el rostro de Cassandra con una suavidad que la sorprendió.
—Abre los ojos —dijo. —Mírame.
Cassandra obedeció. Sus ojos dorados se encontraron con los amarillos pálidos de Sera, y por un instante sintió que algo pasaba entre ellas. Una corriente. Una pregunta. Una respuesta que aún no podía formular.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 20.06.2026