El Susurro de las Montañas

## Registro XX: El peso del combate

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XX: El peso del combate

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### I — La cámara de mando: El peso de la decisión

La cámara de mando bullía con una actividad que Cassandra no había visto desde que llegó a la base. Los Bárbarois se movían entre las mesas de datos y las pantallas holográficas con una eficiencia casi sobrehumana, sus voces bajas y precisas cortando el aire como cuchillos. Las luces azuladas parpadeaban con información que Cassandra no podía seguir: mapas, lecturas, coordenadas, frecuencias.

Ilari estaba en el centro, con los brazos pegados al costado y los ojos fijos en el mapa holográfico que flotaba ante él. Su rostro era una máscara impasible, pero Cassandra había aprendido a ver las grietas. La tensión en sus hombros. La forma en que sus dedos se crispaban ligeramente.

—Informe —dijo, y su voz cortó el murmullo como una hoja.

Kael se acercó, con una tabla de pantallas en las manos y una expresión que Cassandra no había visto antes. No era miedo. Era urgencia.

—Los drones de vigilancia han detectado movimiento en el sector siete. Un contingente armado, aproximadamente doscientos efectivos, avanzando hacia el campamento de Viktor. Están a seis horas de distancia, marcha forzada.

— ¿Doscientos? —Ilari frunció el ceño. —Eso es más que cualquier incursión que hayamos visto en los últimos meses. ¿De qué facción?

—No llevan insignias. Pero el análisis de sus armamentos y tácticas de marcha coincide con los registros de la facción del este. Los mismos que atacaron el puesto de suministro de Viktor hace tres semanas.

Ilari asintió lentamente. Sus ojos recorrieron el mapa, calculando distancias, tiempos, posiciones.

—Viktor tiene cuarenta efectivos, como mucho —dijo. —Si le atacan con doscientos... no tendrá ninguna posibilidad.

—Lo sabemos —respondió Kael. —Por eso he tomado la libertad de preparar los helicópteros. Dos de ataque. Uno de transporte. Están listos para despegar en cinco minutos.

Ilari lo miró largamente. En sus ojos amarillos, Cassandra vio algo que no esperaba: orgullo.

—Bien —dijo. —Despliega los drones de reconocimiento delante de la formación. Quiero saber cada movimiento del enemigo antes de que ellos sepan que estamos allí.

— ¿Y el protocolo de secreto? —preguntó otro Bárbaroi desde una de las mesas. —Si mostramos nuestra tecnología... si intervenimos abiertamente...

—El protocolo de secreto ya no existe —cortó Ilari. —Lo votamos. Lo decidimos. Ahora actuamos.

El silencio que siguió fue breve pero intenso. Los Bárbarois se miraron entre sí, asintieron casi imperceptiblemente, y volvieron a sus tareas con una energía renovada.

Ilari se volvió hacia Cassandra. Hasta ese momento, ella había estado observando desde un rincón, con Zara a su lado y Valeria un paso detrás. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra, y su piel parecía más pálida que antes, casi translúcida bajo las luces azules.

—Cassandra —dijo Ilari. —Necesito que sepas lo que está pasando.

—Lo sé. Van a atacar a Viktor.

—No solo eso. Van a masacrar a tu gente. Y nosotros vamos a impedirlo. —Ilari se acercó a ella, con los brazos pegados al costado y el rostro grave. —Pero no puedo prometerte que no haya bajas. No puedo prometerte que todos salgan con vida. Lo único que puedo prometerte es que vamos a hacer todo lo posible.

—Es suficiente —dijo Cassandra. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

—Hay algo más. —Ilari la miró fijamente. —No puedes venir.

Cassandra parpadeó. — ¿Qué?

—No puedes venir. No en tu estado. Los escáneres de Sera mostraron que tu cuerpo está procesando los cambios. Los mareos, las voces, la hipersensibilidad sensorial... son los primeros efectos de la transformación. Si entras en combate ahora, no sabríamos qué podría pasar. Podrías desmayarte. Podrías lastimar a alguien sin querer. Podrías...

—No me importa —interrumpió Cassandra, dando un paso adelante. —Es mi gente. Es Viktor. Tengo que...

—No puedes. —La voz de Valeria sonó detrás de ella, firme pero suave. Cassandra se volvió. La mujer de caballo blanco la miraba con sus ojos amarillos, y en ellos había algo que Cassandra no había visto antes. Comprensión. Y también tristeza. —No puedes, Cassandra. Y no porque no quieras. Porque tu cuerpo no te lo permitirá. Si intentas luchar ahora, te derrumbarás. Y entonces no podrás ayudar a nadie.

Cassandra sintió que las rodillas se le aflojaban. No era miedo. Era frustración. Una frustración tan intensa que le ardía en el pecho como un fuego.

—Entonces, ¿qué voy a hacer? —preguntó, y su voz se quebró. — ¿Quedarme aquí, en esta base, mientras vosotros lucháis y mi gente muere?

—No te quedarás sola —dijo Valeria. —Yo me quedaré contigo.

— ¿Tú? —Cassandra frunció el ceño. —Eres una de sus mejores guerreras. Te necesitan allí.

—Te necesitan a ti más. Y si tú no puedes ir, alguien tiene que quedarse para protegerte. Para ayudarte con los síntomas. Para asegurarse de que no te hagas daño. —Valeria dio un paso adelante. —Esa persona soy yo.




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