El Susurro de las Montañas

## Registro XXI: El peso de la espera

El Susurro de las Montañas

— Registro XXI: El peso de la espera —

I — La cámara de mando: El peso del éxito

El informe llegó a través de los drones de reconocimiento antes de que los helicópteros terminaran de regresar a la base.

Ilari lo recibió en la cámara de mando, con los brazos pegados al costado y el rostro impasible. Kael estaba a su lado, leyendo los datos en una tabla de pantallas con una expresión que oscilaba entre el alivio y la incredulidad.

—Bajas enemigas: ciento treinta y siete confirmadas. El resto ha huido o se ha rendido. —Kael hizo una pausa, desplazando la pantalla con un dedo. —Bajas propias: tres heridos leves entre los Bárbarois. Los soldados de Viktor... nueve muertos, catorce heridos.

Ilari asintió lentamente. Nueve muertos. Catorce heridos. Para una fuerza de cuarenta efectivos, era una carnicería. Pero podría haber sido peor. Mucho peor.

— ¿Y Viktor?

—Vivo. Ileso. Zara está con él.

—Bien. —Ilari se volvió hacia el mapa holográfico, que mostraba el desfiladero teñido de puntos rojos y verdes. Los rojos eran enemigos. Los verdes, aliados. La imagen era un mosaico de violencia y supervivencia. —Envía los hospitales de campaña.

Kael parpadeó. — ¿Ahora?

—Ahora. Los heridos de Viktor no pueden esperar. Y los nuestros... los nuestros pueden estabilizarse en el lugar hasta que llegue el transporte.

—Comandante, si enviamos los hospitales de campaña, estaremos mostrando nuestra tecnología. Nuestra capacidad. Los soldados de Viktor verán cosas que no deberían ver.

—Lo sé. —Ilari se volvió hacia él, y en sus ojos amarillos había una determinación que Kael no había visto desde los primeros días, cuando decidieron esconderse bajo la montaña. —Pero ya no estamos escondidos, Kael. Lo decidimos. Lo votamos. Ahora actuamos. Y actuar significa arriesgarse. Significa confiar. Significa mostrarles quiénes somos y qué podemos hacer.

Kael guardó silencio un largo rato. Luego, con un gesto que pareció costarle un esfuerzo físico, asintió.

—Prepararé los hospitales de campaña —dijo. — ¿Y las provisiones?

—También. Agua, alimentos, medicinas. Todo lo que tengamos. Y quiero que los helicópteros de transporte estén listos en una hora. Vamos a llevar ayuda al campamento de Viktor.

— ¿Incluso con el riesgo de que nos ataquen?

—Incluso con ese riesgo.

Kael salió de la cámara de mando con paso firme, dando órdenes a los Bárbarois que se cruzaban en su camino. La base bullía con una actividad frenética, organizada, casi coreografiada.

Ilari se quedó solo frente al mapa holográfico, observando los puntos verdes que se movían entre los rojos.

Nueve muertos, pensó. Podrían haber sido más.

Cerró los ojos un instante y escuchó el zumbido del portal, que latía en las profundidades como un corazón gigante.

*No hemos terminado*, pensó. *Apenas empezamos.*

II — El hangar: El peso de la preparación

Los hospitales de campaña Bárbaroi no se parecían a nada que los soldados de Viktor hubieran visto antes.

Eran módulos desplegables, del tamaño de contenedores de carga, que se transportaban plegados y se desplegaban en el lugar en cuestión de minutos. Una vez abiertos, se convertían en salas de operaciones, salas de recuperación, almacenes de medicinas, todo iluminado con esa luz azulada que los Bárbarois usaban en su base.

—Pesa menos de lo que parece —dijo Yarin, el tecnólogo médico, mientras supervisaba la carga de uno de los módulos en un helicóptero de transporte. —Los materiales son compuestos de nuestra propia fabricación. Más ligeros que el acero, más resistentes que el titanio.

—No me interesa la composición —respondió Kael, que estaba a su lado con una tabla de pantallas. —Me interesa que lleguen a tiempo. ¿Cuántos estamos enviando?

—Tres. Suficientes para atender a cien heridos graves.

— ¿Y las provisiones?

Yarin señaló una hilera de contenedores más pequeños, apilados junto a la pared del hangar. —Agua, alimentos deshidratados, medicinas básicas, vendajes. Suficiente para mantener a todo el campamento de Viktor durante dos semanas.

— ¿Dos semanas? Eso no es nada.

—Es lo que tenemos ahora. Para más, necesitaremos tiempo. Y logística.

Kael asintió, haciendo anotaciones en su tabla. —Ilari quiere que los helicópteros despeguen en una hora. ¿Vas a estar listo?

—Siempre lo estoy.

Kael casi sonrió. Era lo más parecido a un chiste que había escuchado en días.

Los Bárbarois seguían cargando los módulos, los contenedores, los equipos. Sus movimientos eran precisos, silenciosos, eficientes. No había prisas, pero tampoco pausas. Era el trabajo de una máquina bien engrasada.

Kael observó un momento, luego se volvió hacia el corredor que llevaba a la enfermería.




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