# El Susurro de las Montañas
## — Registro XXII: El peso del deber
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### I — La enfermería: El peso de la despedida
La luz anaranjada de los orbes seguía atenuada, apenas un susurro de resplandor que dibujaba sombras en las paredes de piedra. Cassandra dormía por fin, después de horas de mareos, de voces, de esa hipersensibilidad que la hacía estremecerse ante el roce más suave. Su respiración era lenta, profunda, y sus dedos seguían enredados en los de Valeria como si incluso en sueños supiera que aferrarse a ella era lo único que la mantenía anclada a la realidad.
Zara llevaba un rato en silencio, observando a Cassandra desde la silla del otro lado de la cama. Sus ojos grises recorrían el rostro pálido de su amiga, los párpados cerrados que ocultaban ese dorado que ya no podía ignorar, la forma en que su pecho se elevaba y descendía con una regularidad que debería ser tranquilizadora pero no lo era del todo.
—Zara.
La voz de Valeria fue baja, apenas un murmullo, pero Zara levantó la vista como si le hubiera gritado. La mujer de caballo blanco seguía inmóvil en su silla, con una mano sobre la de Cassandra y los ojos amarillos fijos en ella.
—Llevas horas aquí —dijo Valeria. —Y Viktor lleva horas allá fuera, sin saber nada de ninguna de las dos.
Zara apretó la mandíbula. —Lo sé.
—Necesitas ir.
—No voy a dejarla sola.
—No la dejarás sola. Yo estoy aquí.
Zara la miró largamente. Había algo en la forma en que Valeria pronunció esas palabras —*yo estoy aquí*— que la irritaba. No porque no fuera cierto, sino porque lo era. Y eso la hacía sentir... desplazada. Como si su lugar junto a Cassandra hubiera sido ocupado por alguien más.
—No te conozco —dijo Zara, con un filo en la voz que no pudo— ni quiso— disimular del todo. —No sé qué quieres de ella. No sé por qué te importa.
Valeria no se inmutó. Sus ojos amarillos siguieron fijos en Cassandra mientras respondía.
—Llevo meses observándola. Viéndola pelear, sobrevivir, caerse y levantarse. Viéndola negarse a rendirse cuando todo estaba en su contra. —Hizo una pausa. —Al principio, era solo curiosidad. Después, se convirtió en... admiración. Y ahora...
— ¿Ahora qué?
Valeria levantó la vista. En sus ojos amarillos, Zara vio algo que no esperaba. No era desafío. Era honestidad.
—Ahora es algo que no sé nombrar. Pero sé que no voy a dejarla sola. No mientras esté así. No mientras necesite a alguien a su lado.
Zara sintió que algo se desmoronaba dentro de ella. No era enfado. Era... aceptación. La aceptación de que no podía estar en todas partes a la vez. La aceptación de que Cassandra necesitaba más de una persona. La aceptación de que, tal vez, Valeria no era una amenaza.
—Viktor no sabe nada —dijo Zara, más para sí misma que para Valeria. —Nada de los Bárbarois. Nada del portal. Nada de Cassandra. Nada de nada. Y lleva días sin noticias nuestras, con un campamento medio destrozado y nueve muertos que enterrar.
—Por eso necesitas ir.
— ¿Y si no quiere escucharme? ¿Y si no me cree? ¿Y si piensa que todo esto es una mentira, una trampa, una alucinación?
Valeria la miró largamente. Cuando habló, su voz era más baja, más grave.
—Entonces le demuestras que no lo es. Le muestras las cicatrices de la batalla. Le hablas de los helicópteros que salvaron su campamento. Le dices que Cassandra está viva, que está a salvo, que volverá. Y si no te cree... entonces le dices que si quieres respuestas, que espere. Que llegarán. Pero que por ahora, lo único que necesita saber es que no está solo.
Zara guardó silencio un largo rato. El zumbido del portal llenaba la enfermería, mezclándose con la respiración pausada de Cassandra.
— ¿Te quedarás con ella? —preguntó finalmente.
—Sí.
— ¿La cuidarás?
—Con mi vida.
—No es una promesa que puedas hacer.
—Es la única que tengo.
Zara se puso de pie. Sus piernas estaban rígidas, entumecidas por las horas en la silla, pero no le importó. Se acercó a la cama y miró a Cassandra un momento. Su rostro, tan pálido, tan quieto, tan diferente al de la guerrera que había conocido.
—Cuando despierte... —dijo, y su voz se quebró ligeramente. —Cuando despierte, dile que he ido a ver a Viktor. Que vuelvo pronto. Que la quiero.
—Se lo diré.
Zara se volvió hacia Valeria. Por un instante, las dos mujeres se miraron a los ojos: grises los de una, amarillos los de la otra. No era amistad lo que había entre ellas. No todavía. Pero era algo. Un principio. Una tregua.
—Si le pasa algo —dijo Zara, con un filo que no era amenaza, sino advertencia—, te juro que te busco. Aunque tenga que cruzar el portal. Aunque tenga que llegar hasta el otro lado.
—Lo sé —respondió Valeria. —Por eso no le pasará nada.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 11.07.2026