# El Susurro de las Montañas
## — Registro XXVI: El peso de la música
---
### I — La enfermería: El peso del sonido
Cassandra no sabía cuánto tiempo había pasado desde que cerró los ojos. El tiempo en la base era una ilusión, un invento humano que los Bárbarois habían aprendido a ignorar hacía siglos. Solo sabía que Valeria seguía a su lado, con los dedos enredados en los suyos y esa calma inquebrantable que la hacía sentirse segura, aunque no supiera por qué.
Las voces habían cesado. Los mareos también. La hipersensibilidad seguía allí, pero amortiguada, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Podía sentir la textura de las sábanas bajo sus dedos, el roce de la ropa de Valeria cuando se movía, el zumbido del portal latiendo en las profundidades.
Y entonces, escuchó la música.
No era como las canciones del páramo, esos cantos desgarrados que los soldados entonaban alrededor del fuego para ahogar el miedo. Era otra cosa. Más ordenada. Más... militar.
Cassandra abrió los ojos. La luz anaranjada de los orbes seguía allí, tenue y cálida, dibujando sombras en las paredes de piedra. Valeria estaba a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada, como si también estuviera escuchando.
— ¿Qué es eso? —preguntó Cassandra. Su voz sonó ronca, como si no hubiera hablado en días.
Valeria la miró. En sus ojos amarillos, Cassandra vio algo que no esperaba. No era sorpresa. Era... atención.
—Es la banda marcial —respondió Valeria. —Están ensayando. Están a un par de pasillos de aquí.
— ¿Banda marcial?
—Los Bárbarois tenemos tradiciones. Como los humanos. Una de ellas es la música. La música marcial. Nos ayuda a mantener la disciplina. A recordar quiénes somos. De dónde venimos.
Cassandra asintió lentamente. La música seguía sonando, filtrándose a través de las paredes de piedra con una claridad que la hipersensibilidad convertía en algo casi tangible. Podía sentir cada nota en el pecho, cada pausa en la piel, cada cambio de ritmo en la respiración.
—Es hermosa —dijo, y las palabras le salieron sin pensar.
Valeria la miró largamente. — ¿Puedes escucharla?
—Sí. Claramente. Demasiado claramente, quizás. Pero... —Cassandra hizo una pausa, buscando las palabras. —Pero no me molesta. Al contrario. Me siento... mejor. Más tranquila. Como si la música estuviera ordenando algo dentro de mí.
Valeria no respondió de inmediato. Observaba a Cassandra con una intensidad que habría sido incómoda si Cassandra no hubiera estado demasiado absorta en la música para notarlo.
— ¿Qué tema es? —preguntó Cassandra, cerrando los ojos para concentrarse en la melodía. —Es... alegre. Pero también serio. Como si supiera que hay cosas importantes que hacer, pero que no hay prisa.
—"Hola a los ganadores" —respondió Valeria. —De Julius Khait. Es una pieza antigua. De nuestro mundo original. La tocamos desde que tenemos memoria.
—Hola a los ganadores —repitió Cassandra, saboreando las palabras. —Es un buen nombre.
Volvió a cerrar los ojos. La música la envolvía como una manta, cálida y segura. Las notas se sucedían unas a otras con una precisión que la hipersensibilidad convertía en un mosaico de sonidos: las trompetas, brillantes como el sol sobre el hielo; los tambores, profundos como el latido de la tierra; las maderas, suaves como el viento entre los pinos.
Cassandra no sabía cuánto tiempo estuvo así, escuchando. Solo sabía que, por primera vez desde que despertó en la enfermería, el mundo no le dolía.
Valeria la observaba en silencio. Al principio dudó. Los médicos habían dicho que Cassandra necesitaba reposo absoluto, que cualquier estímulo externo podía desencadenar una reacción adversa. La música era un estímulo. La música podía ser peligrosa.
Pero Cassandra no parecía estar sufriendo. Al contrario. Su respiración, que antes era irregular y superficial, se había vuelto lenta y profunda. Los músculos de su rostro, que antes estaban tensos por el dolor o el miedo o ambas cosas, se habían relajado. Sus dedos, que antes se crispaban cada pocos minutos, ahora descansaban sueltos sobre las sábanas.
Parecía en paz.
Valeria no sabía si era la música o si era solo el cansancio acumulado. Pero decidió no interrumpir. Se quedó a su lado, con una mano sobre la suya, y escuchó también.
La banda seguía tocando. Las notas fluían por los pasillos como agua por un cauce, llenando los espacios vacíos, suavizando las aristas de la piedra. "Hola a los ganadores". Una vez, y otra, y otra. Como si supieran que alguien las necesitaba.
Pasaron los minutos. Quizás una hora. Valeria perdió la noción del tiempo. Solo sabía que Cassandra seguía allí, con los ojos cerrados y la respiración pausada, y que la música seguía sonando.
—Valeria —dijo Cassandra de repente, sin abrir los ojos.
—Dime.
— ¿Puedo ir a verlos? ¿A la banda?
Valeria dudó. Los médicos habían dicho que Cassandra no debía moverse. Que su cuerpo aún estaba procesando los cambios. Que cualquier esfuerzo podía ser contraproducente.
#2901 en Fantasía
#1119 en Personajes sobrenaturales
#1529 en Thriller
#678 en Misterio
distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 22.08.2026