El Susurro de las Montañas

## Registro XXVII: El peso del colapso

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XXVII: El peso del colapso

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### I — La sala de operaciones: El peso de los informes

La sala de operaciones bullía con una actividad que Ilari no había visto desde los primeros días, cuando decidieron construir la base bajo la montaña. Los Bárbarois se movían entre las mesas de datos y las pantallas holográficas con una eficiencia casi sobrehumana, pero había algo nuevo en sus movimientos. No era prisa. Era urgencia.

Ilari estaba en el centro, con los brazos pegados al costado y los ojos fijos en el mapa holográfico que flotaba ante él. Las luces azuladas parpadeaban con información que sus analistas procesaban a velocidad vertiginosa: movimientos de tropas, comunicaciones interceptadas, rumores que viajaban más rápido que cualquier mensajero.

—Informe —dijo, y su voz cortó el murmullo como una hoja.

Kael se acercó, con una tabla de pantallas en las manos y una expresión que Ilari no había visto antes. No era preocupación. Era algo más parecido a la fascinación.

—Las facciones de la región ya saben de nuestra existencia —dijo Kael, desplazando los datos en su tabla. —Los rumores se han extendido más rápido de lo que previmos. En los últimos tres días, hemos detectado emisarios de al menos cinco facciones diferentes en el campamento de Viktor.

— ¿Cinco? —Ilari frunció el ceño. —Eso es más de las que esperábamos.

—Son las que están más cerca. Las más lejanas aún no han llegado, pero lo harán. Tarde o temprano.

— ¿Y qué quieren?

Kael dudó. —Lo mismo que siempre. Comida. Medicinas. Protección. Pero ahora también quieren información. Quieren saber quiénes somos, de dónde venimos, qué queremos.

— ¿Y qué les ha dicho Viktor?

—Lo que acordamos. Que somos aliados. Que no somos una amenaza. Que estamos aquí para ayudar. —Kael hizo una pausa. —Pero no todos le creen.

Ilari asintió lentamente. Sus ojos recorrieron el mapa, donde los puntos rojos de las facciones parpadeaban como estrellas en una noche de tormenta.

— ¿Alguna facción ha mostrado hostilidad?

—La del norte. Helena ha prohibido mencionar nuestro nombre en su campamento. Amenaza con ejecutar a cualquiera que hable de nosotros.

— ¿Y sus soldados?

—Tienen miedo. Pero también tienen hambre. Y los rumores sobre nuestras cocinas... —Kael hizo una pausa. —Algunos están empezando a cuestionar su liderazgo.

Ilari casi sonrió. Era lo que había estado esperando.

— ¿Y la del este? La que atacó a Viktor.

—Diezmada. Perdieron doscientos hombres en el desfiladero. Los que sobrevivieron huyeron a las montañas. Su comandante, el hombre de la chaqueta negra, murió en el ataque. Están desorganizados. Sin liderazgo. No son una amenaza por ahora.

— ¿Y a largo plazo?

—A largo plazo, se replegarán o se unirán a otra facción. O vendrán a nosotros.

— ¿Vendrán a nosotros?

—Si tenemos comida, vendrán. Aunque nos teman. Aunque nos odien. El hambre puede más que el orgullo.

Ilari guardó silencio un largo rato. El mapa holográfico parpadeaba, mostrando los territorios de las facciones, las rutas de suministro, los puntos de conflicto. Todo estaba cambiando. Todo se estaba moviendo.

—Las jerarquías se están desmoronando —dijo finalmente. —Los comandantes que han mantenido el control durante años gracias al miedo y la escasez... están perdiendo ese control.

—Sí —respondió Kael. —Nuestra presencia ha alterado el equilibrio. Los humanos que antes no tenían opciones, ahora las tienen. Pueden venir a nosotros. Pueden desertar de sus facciones. Pueden buscar algo mejor.

— ¿Y eso es bueno o malo?

Kael dudó. —Es... inevitable. Desde que decidimos intervenir, sabíamos que esto podía pasar. Los humanos están desesperados. Y los desesperados hacen cosas impredecibles.

— ¿Como atacarnos?

—O como unirse a nosotros. Depende de cómo manejemos la situación.

Ilari asintió. Se volvió hacia el mapa, donde los puntos rojos de las facciones seguían parpadeando.

—Envía más drones de vigilancia —ordenó. —Quiero saber cada movimiento de las facciones. Cada conversación. Cada rumor. Y quiero un informe detallado de las necesidades de cada una. Comida. Agua. Medicinas. Todo.

— ¿Vamos a ayudar a todas?

—Vamos a ofrecer ayuda a todas. Las que la acepten, bien. Las que la rechacen... —Ilari hizo una pausa. —Las que la rechacen tendrán que responder ante su propia gente.

Kael asintió y se retiró a transmitir las órdenes.

Ilari se quedó solo frente al mapa, con los brazos pegados al costado y los ojos amarillos brillando en la penumbra.

*Se acerca*, pensó. *El colapso. El cambio. Lo que llevamos siglos esperando.*

Cerró los ojos un instante y escuchó el zumbido del portal, que latía en las profundidades como un corazón gigante.




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