# El Susurro de las Montañas
## — Registro XXVIII: El peso de la observación
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### I — El campamento: El peso de la mirada
Los humanos llevaban días observando a los Bárbarois. No podían evitarlo. Eran como un imán para la mirada, un enigma que necesitaban resolver, aunque supieran que no iban a lograrlo.
Dos metros de altura. Eso era lo primero que notaban. No había un solo Bárbaroi que midiera menos. Hombres y mujeres por igual, todos superaban con creces a los humanos más altos del campamento. Cuando caminaban entre las tiendas, sus cabezas sobresalían como faros en la multitud, y los humanos tenían que levantar la vista para mirarlos a los ojos.
Esos ojos.
Amarillos. Brillaban en la penumbra del atardecer como dos monedas de oro, y en la oscuridad de la noche parecían flotar en el aire, independientes del resto de sus cuerpos. Los humanos habían intentado no mirarlos fijamente —era de mala educación, y, además, inquietante— pero no podían evitarlo. Había algo en esos ojos que atraía la mirada, que pedía ser observado, que prometía respuestas que nunca llegaban.
Los uniformes eran otra cosa.
Verde oliva. Cortes rectos, funcionales, sin ningún adorno innecesario. Botas negras hasta la rodilla, guantes reforzados, correas simples cruzando el pecho. Nada sobraba. Nada colgaba. Nada invitaba a la distracción. Parecían soldados de otro tiempo, de otro mundo, de una película antigua que algunos veteranos recordaban haber visto en su infancia, antes del Colapso.
—Parecen soviéticos —dijo Rocco una noche, mientras observaba a un grupo de Bárbarois que realizaban labores de mantenimiento en los hospitales de campaña. —Los uniformes. La forma de caminar. La disciplina. Es como si hubieran salido de un libro de historia.
—Tal vez sea eso —respondió Zara, que estaba a su lado con los brazos cruzados. —Tal vez sean de antes. De cuando el mundo todavía tenía ejércitos.
— ¿Crees que son soldados? ¿Del mundo viejo?
—No lo sé. Pero no creo que sean de aquí.
Rocco asintió. Era la única explicación que tenía sentido, aunque no fuera mucha.
Lo más inquietante, descubrieron los humanos, era la forma en que los Bárbarois se movían en la oscuridad.
No necesitaban linternas.
Cuando caía la noche, y las fogatas del campamento apenas iluminaban unos pocos metros a la redonda, los Bárbarois seguían moviéndose con la misma fluidez que durante el día. Caminaban entre las tiendas, revisaban los equipos, realizaban sus tareas sin vacilar, sin tropezar, sin encender ninguna luz.
Los humanos los observaban con una mezcla de fascinación y terror. Algunos habían intentado imitarlos, caminar sin linterna por el campamento, y habían terminado cayéndose, chocando con estacas o pisando los fuegos de las hogueras.
—Ven en la oscuridad —susurraban los soldados, como si fuera un secreto que no debía ser pronunciado en voz alta. —Como los gatos. O los búhos.
—O los demonios —respondían otros, con las manos alrededor de sus armas.
Pero los Bárbarois no parecían demonios. Al menos, no del todo.
No reaccionaban al roce con los humanos.
Eso fue lo que más llamó la atención de Zara. Lo observó durante días, en pequeños detalles que se acumulaban como arena en un reloj.
Un soldado humano, distraído, chocó con un Bárbaroi en el comedor de campaña. El humano se disculpó rápidamente, avergonzado, esperando una reacción. El Bárbaroi ni siquiera parpadeó. Lo miró un instante con sus ojos amarillos, como si estuviera procesando la información, y luego siguió caminando. Sin una palabra. Sin un gesto. Como si el roce no hubiera ocurrido.
Una mujer Bárbaroi estaba sirviendo comida cuando un niño humano, demasiado hambriento para esperar, se lanzó sobre la olla y casi la derriba. La mujer lo sujetó con una mano, lo enderezó, y siguió sirviendo. No le dijo que tuviera cuidado. No le regañó. No mostró ninguna emoción. Simplemente... lo ignoró.
Un anciano, temblando de fiebre, fue llevado al hospital de campaña entre los brazos de dos soldados humanos. En el camino, su mano rozó el brazo de un Bárbaroi que pasaba. El Bárbaroi no se detuvo. No preguntó qué pasaba. No ofreció ayuda. Siguió caminando como si nada hubiera pasado.
—No les importamos —dijo Rocco, con una mezcla de despecho y confusión. —Pasan entre nosotros como si fuéramos muebles.
—No es que no les importemos —respondió Zara, que había estado reflexionando sobre lo mismo. —Es que no reaccionan como nosotros. El contacto físico... para ellos no significa lo mismo.
— ¿Y qué significa?
—No lo sé. Pero no es desprecio. Es... otra cosa.
Rocco resopló, pero no insistió.
Y luego, estaban las conversaciones.
Los Bárbarois apenas hablaban entre ellos delante de los humanos. Cuando lo hacían, usaban un idioma que nadie en el campamento podía entender. Sonaba como ruso —algunos veteranos del mundo viejo lo reconocían vagamente— pero no era ruso. Era más antiguo. Más preciso. Las palabras parecían talladas en piedra, cada sílaba en su sitio, sin espacio para la ambigüedad.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 22.08.2026