El Susurro de las Montañas

## Registro XXX: El peso de la música compartida

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XXX: El peso de la música compartida

---

### I — El campamento: El peso de la construcción

Los Bárbarois pidieron ayuda por primera vez.

No fue una orden. No fue una exigencia. Fue una petición, formulada en ese idioma áspero que los humanos comenzaban a reconocer, traducida por uno de los oficiales de enlace. Necesitaban levantar una estructura. Una sala de conciertos, dijeron. Un lugar donde la banda marcial pudiera tocar para los humanos.

Viktor parpadeó. — ¿Una sala de conciertos? ¿Aquí? ¿En el páramo?

—La música ayuda —respondió el oficial Bárbaroi, un hombre alto de cabello oscuro llamado Dmitri. —A vuestra gente. A la nuestra también. Necesitamos un lugar adecuado.

— ¿Y qué queréis que hagamos nosotros?

—Ayudar. Madera. Mano de obra. Lo que podáis.

Viktor dudó. Sus hombres estaban agotados, malheridos, desmoralizados. Pero también estaban agradecidos. Los Bárbarois les habían dado comida, medicinas, protección. Era hora de devolver el favor.

—Está bien —dijo. —Os ayudaremos.

La construcción duró tres días. Los humanos, que nunca habían construido nada más grande que una tienda de campaña, aprendieron rápido. Los Bárbarois cortaban la madera con una precisión sobrehumana, ensamblaban las piezas como si llevaran siglos haciéndolo, y los humanos clavaban, martillaban, levantaban paredes.

Fue duro. Fue agotador. Pero también fue... gratificante. Por primera vez en años, los humanos no estaban peleando. Estaban construyendo.

Cuando la sala estuvo terminada, era una estructura sencilla, de madera oscura y techo a dos aguas, con bancos de piedra dispuestos en semicírculo alrededor de un escenario elevado. No era bonita, en el sentido convencional. Era funcional. Sobria. Casi severa.

Pero tenía algo que ninguna otra construcción del páramo tenía.

Esperanza.

—Ha quedado bien —dijo Rocco, limpiándose el sudor de la frente.

—Ha quedado funcional —respondió Zara, que había clavado más tablas que nadie. —Que es lo que importa.

—No todo en la vida tiene que ser funcional.

Zara lo miró extrañada. Rocco no era de decir ese tipo de cosas.

—La música —explicó Rocco, encogiéndose de hombros. —Me ha cambiado. No sé cómo explicarlo. Pero desde que escuché a los Bárbarois tocar... siento que hay algo más. Algo que no sea solo sobrevivir.

Zara no respondió. Pero no pudo evitar estar de acuerdo.

Algo estaba cambiando en el campamento. Algo que no podía medirse con balas ni raciones.

Algo que se parecía a la esperanza.

### II — La llegada: El peso de la banda

Los helicópteros llegaron al amanecer.

No eran los de ataque, grises y amenazantes. Eran otros, más grandes, pintados de un verde oliva más claro, con las aspas batiendo el aire con un ritmo casi musical. La gente del campamento salió de sus tiendas, protegiéndose los ojos del polvo que levantaban las aspas.

Los helicópteros aterrizaron en el claro que los Bárbarois habían habilitado como zona de desembarco. Las puertas se abrieron, y los músicos comenzaron a descender.

Eran unos veinte Bárbarois, hombres y mujeres, con sus uniformes verde oliva impecables y sus instrumentos brillantes. No llevaban armas. Llevaban trompetas, trombones, clarinetes, tambores. Caminaban en formación, con ese paso de ganso que los humanos ya conocían, y sus botas resonaban en el suelo con una regularidad hipnótica.

A la cabeza, un hombre alto de cabello plateado, con los brazos pegados al costado y los ojos amarillos brillando en la luz del amanecer.

Dorian.

—Bienvenidos —dijo Viktor, saliendo a su encuentro. —La sala está lista.

—Lo sé —respondió Dorian, con una voz grave que resonó en el aire. —La hemos estado observando.

Viktor no supo si sentirse halagado o inquieto. Decidió quedarse con lo primero.

Los músicos entraron en la sala. Se colocaron en el escenario con una precisión quirúrgica, cada uno en su sitio, cada instrumento en su lugar. Dorian se situó frente a ellos, con los brazos levantados, esperando.

Los humanos se apiñaron en la entrada, en los bancos de piedra, en cualquier sitio desde el que pudieran ver.

Y la música comenzó.

### III — La música: El peso del recuerdo

No era como las marchas marciales que los humanos habían escuchado en los ensayos. Era otra cosa. Más suave. Más melódica. Como una caricia en el alma.

La primera pieza se llamaba "Las colinas de Manchuria".

Dorian lo anunció en ese idioma áspero que los humanos comenzaban a reconocer, y luego tradujo para los que no lo entendían. No era necesario. La música hablaba por sí misma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.