El Susurro de las Montañas

## Registro XXXI: El peso de la formación

# El Susurro de las Montañas

## Registro XXXI: El peso de la formación

I — La base: El peso del entrenamiento

El gimnasio Bárbaroi estaba en el nivel tres, una cavidad enorme tallada en la roca viva, con el suelo de metal pulido y las paredes cubiertas de espejos que reflejaban la luz azulada de los orbes. No había ventanas. No había exteriores. Solo espacio, silencio y la promesa de esfuerzo.

Cassandra nunca había estado en un gimnasio. En el páramo, la gente se mantenía en forma luchando, corriendo, sobreviviendo. No había tiempo para entrenar por entrenar. No había lujos.

Pero ahora, Valeria le había dicho que necesitaba disciplinar su cuerpo. Sus nuevas habilidades —la fuerza, la velocidad, la resistencia— eran inútiles sin control. Podía doblar una barra de metal con las manos, pero si no sabía cómo usar esa fuerza, solo serviría para romper cosas. Y romper cosas no era el objetivo.

—Ponte en posición —dijo Valeria, señalando una colchoneta en el centro de la sala.

Cassandra obedeció. Se colocó de pie, con los pies separados al ancho de los hombros y los brazos pegados al costado. Había aprendido esa postura en los primeros días, cuando Valeria comenzó a enseñarle las bases de la disciplina Bárbaroi.

—Más recta —corrigió Valeria, tocándole la espalda con la punta de los dedos. —La columna vertebral es el eje de todo movimiento. Si está torcida, el resto del cuerpo se desalinea.

Cassandra enderezó la espalda. Sintió cómo sus vértebras se acomodaban, una a una, como piezas de un rompecabezas.

—Mejor —dijo Valeria. —Ahora, respira. Lenta y profundamente. Siente el aire en tus pulmones. Siente cómo tu pecho se expande y se contrae.

Cassandra cerró los ojos. Respiró. El aire entraba por su nariz, fresco y seco, llenando sus pulmones hasta que no podían más. Luego salía, lenta y controladamente, llevándose consigo las tensiones.

—Las artes marciales Bárbarois no se basan en la fuerza bruta —explicó Valeria, caminando a su alrededor con pasos silenciosos. —Se basan en la eficiencia. En usar la mínima energía para lograr el máximo resultado. En fluir, no en forzar.

— ¿Como la música? —preguntó Cassandra, sin abrir los ojos.

—Como la música. Como todo en nuestra cultura. La disciplina no es un castigo. Es una liberación.

Cassandra abrió los ojos. En los espejos de la pared, vio su reflejo. Era la misma de siempre, pero diferente. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra, su piel era más pálida, sus músculos se marcaban bajo la ropa con una definición que no recordaba.

No era humana. No del todo.

Pero eso ya no la asustaba.

—Enséñame —dijo.

Valeria asintió. Se colocó frente a ella, en la misma postura. Sus ojos amarillos se encontraron con los dorados de Cassandra, y por un instante ninguna de las dos habló.

—Vamos a empezar con lo básico —dijo Valeria. —Posturas. Desplazamientos. Respiración. Las técnicas de combate vendrán después.

— ¿Cuánto tiempo llevará?

—Depende de ti. De tu dedicación. De tu capacidad para vaciar tu mente y dejar que tu cuerpo aprenda.

Cassandra asintió. No preguntó más.

Comenzaron.

Las primeras horas fueron frustrantes. Cassandra, que había pasado años luchando en el páramo con técnicas improvisadas y pura determinación, descubrió que no sabía nada. Sus movimientos eran bruscos, ineficientes, llenos de tensiones inútiles. Valeria corregía cada error con paciencia infinita, repitiendo los ejercicios una y otra vez, hasta que los músculos de Cassandra memorizaban lo que su mente no podía retener.

—Duele —dijo Cassandra, después de una hora de posturas.

—Lo sé. El dolor es parte del proceso. Significa que estás creciendo.

— ¿Los Bárbarois sienten dolor?

—Sí. Pero no le tememos. El dolor es información. Nos dice qué está mal, qué necesita atención. Ignorarlo es estúpido. Dejarse paralizar por él también.

Cassandra asintió. Respiró hondo. Volvió a la postura.

Los días siguientes fueron una rutina agotadora: levantarse al amanecer —o lo que los Bárbarois consideraban amanecer bajo la montaña—, desayunar, entrenar. Posturas, desplazamientos, caídas, levantadas. Una y otra vez. Hasta que los músculos ardían y la mente se vaciaba.

Valeria estaba a su lado en cada momento, corrigiendo, animando, empujando. No era cruel, pero tampoco era indulgente. Sabía que Cassandra tenía un potencial inmenso, y no iba a dejar que lo desperdiciara.

—Otra vez —decía, cuando Cassandra quería rendirse.

—No puedo —respondía Cassandra, jadeando.

—Puedes. Lo sé.

Y Cassandra seguía.

Las artes marciales llegaron después de una semana de posturas básicas.

Valeria le enseñó las formas, secuencias de movimientos que combinaban golpes, bloqueos y desplazamientos en una danza fluida y letal. Cassandra las practicaba una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a responder, a recordar, a anticipar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.