La puerta se cerró detrás de Elise con un sonido hueco, como si la casa hubiera tragado aire y luego lo hubiera expulsado con resignación. Afuera, Londres no era la misma ciudad: la lluvia se había rendido, sí, pero el mundo seguía empapado de algo peor. La humedad flotaba como un aliento enfermo; se pegaba a la piel, al cabello, a los pensamientos. Y el viento —ese viento de callejón estrecho y farol tembloroso— le lamía el rostro como una advertencia.
Elise sostuvo el cofre contra el pecho.
Pesaba más de lo que debía. No por madera ni por papel, sino por lo que contenía: el último resto de una mujer que la amó a medias, con culpa, con miedo, con el corazón hecho jirones. Las palabras de su madre aún le mordían la memoria.
“No te odiaba… odiaba lo que llevabas dentro.”
Elise tragó saliva, como si ese recuerdo fuera una espina.
Y entonces lo sintió.
No un sonido. No un paso.
Una conciencia.
Como si, desde alguna esquina de la ciudad, algo se hubiera levantado para mirarla. Los faroles parecieron titilar al mismo tiempo, uno tras otro, como ojos que parpadean cuando reconocen a su presa. Elise caminó más rápido. Sus botines golpearon el empedrado con un eco que ya no sonaba humano: sonaba a compás. A ritual involuntario.
Una calle. Otra.
Londres se abría y se cerraba a su alrededor como un laberinto de humo y miseria.
Elise apretó el cofre.
Bajo el cuero de sus guantes, los dedos le temblaron. La adrenalina de la noche anterior se había ido, y lo que quedaba era peor: claridad. Esa clase de claridad que no salva, solo despierta.
“Soy tu herencia.”
La criatura lo había dicho con voz de ciudad entera.
Elise apretó los dientes.
—No— murmuró, más para sí que para cualquier cosa—. No soy de nadie.
Al doblar una esquina, sintió un cambio en el aire. Era mínimo, casi imperceptible, como cuando uno entra a una iglesia y el silencio tiene otra temperatura. El sonido de la ciudad se apagó medio tono. Los cascos lejanos de un caballo, una risa borracha, un carruaje… todo quedó detrás, como si hubiera cruzado una línea que no se veía.
Elise se detuvo.
Frente a ella, entre sombras, estaba un callejón que no recordaba haber visto nunca. No era un callejón común. No olía a basura ni a orina ni a carbón. Olía a metal frío. A ceniza antigua. A herida abierta.
El cofre vibró.
Una vibración breve, como un latido contenido.
Elise lo miró con horror y rabia.
—¿Qué… eres tú también? —susurró.
La respuesta no vino del cofre.
Vino del aire.
—No avances si no sabes rezar con cuchillas.
Elise giró de golpe, con el cuerpo listo para la danza, para el ataque, para la fuga.
No vio a nadie.
Pero lo sintió.
Una presencia detrás de ella, tan cercana que el vello de sus brazos se erizó. Un olor tenue a hierro, humo y algo que no pertenecía a la tierra. Elise dio un paso atrás, y ahí —entre la luz temblorosa del farol— la sombra se despegó del muro como si hubiera estado adherida a él.
Un hombre.
No. No un hombre.
Alto, de belleza insolente, peligrosa. Cabello dorado que no parecía dorado por la luz, sino por naturaleza: como si su cabello recordara el fuego. La piel pálida, casi blanca, demasiado perfecta… salvo por las cicatrices: líneas profundas, antiguas, que cruzaban su cuello, su mandíbula, parte de su mano. Cicatrices que no pedían lástima. Exigían respeto.
Sus ojos grises la miraron como se mira una tormenta: no con miedo, sino con cálculo.
Elise no retrocedió. Levantó el cofre como si fuera un escudo, aunque sabía lo absurdo que era.
—¿Quién eres? —preguntó.
El desconocido ladeó apenas la cabeza, y su boca se curvó en algo parecido a una sonrisa… pero sin calor.
—Kaelen —dijo con voz baja—. Algunos me llaman príncipe. Otros me llaman maldición.
Elise tragó saliva.
Ese nombre golpeó algo en ella. No memoria, sino intuición. Como si su sangre hubiera reconocido un peligro antiguo.
—¿Por qué me sigues?
Kaelen la miró a los botines. Luego a la daga en su cintura. Luego a su rostro, como si contara cada herida invisible.
—No te sigo— respondió—. Te observo. Hay diferencia. Seguir es de perros. Observar es de predadores.
Elise apretó la empuñadura de su daga.
—Entonces… ¿qué quieres?
Kaelen dio un paso, y Elise sintió que el aire cambiaba de densidad. No era amenaza física, era otra cosa: un poder oscuro, silencioso, como una noche sin estrellas.
—Quiero saber por qué bailas como si el mundo fuera tu altar— dijo—. Y por qué las sombras te obedecen medio segundo antes de querer devorarte.
Elise sintió un nudo en el estómago.
—No me obedecen. Me persiguen.
Kaelen soltó una risa corta, sin alegría.
—Lo sé. Las sombras no obedecen. Se enamoran. Se obsesionan. Y luego cobran.
Elise sintió que el cofre pesaba más. Como si las palabras hubieran despertado algo ahí dentro.
—¿Cómo sabes todo esto?
Kaelen alzó la mano, lentamente, mostrando la piel marcada por cicatrices.
—Porque yo también fui reclamado— dijo—. La diferencia es que yo dejé de correr hace siglos.
Un silencio espeso cayó entre los dos.
Londres parecía sostener el aliento.
Elise no bajó la guardia.
—Si eres un demonio— dijo sin rodeos—, aléjate. No necesito otro monstruo cerca.
Kaelen la miró como si esa frase le resultara… curiosa.
—Los monstruos no vienen a pedir permiso, Elise— respondió—. Solo vienen.
Elise sintió un golpe en el pecho.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Kaelen no respondió de inmediato.
La miró un segundo más. Luego dijo, con una calma que era peor que cualquier grito:
—Porque en el cielo te pronuncian como una oración equivocada.
Elise sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Qué?
Kaelen se acercó lo suficiente para que Elise pudiera ver algo más en sus ojos: no solo frialdad. Había… una sombra de asco. No por ella. Por otra cosa. Por alguien.