El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 9 : La marca abre la puerta

El farol se apagó.

No fue un gesto violento ni repentino, sino una retirada deliberada, como si la luz hubiera decidido no presenciar lo que estaba a punto de ocurrir. El vidrio quedó opaco, sin reflejo, y la calle se sumergió en una penumbra viscosa donde Londres dejó de ser ciudad para convertirse en un cuerpo inmóvil.

El relicario seguía abierto en la mano de Elise.

La palabra “Prometida” no parecía escrita: parecía anclada. Como si siempre hubiera estado ahí y el metal solo hubiera recordado cómo mostrarla. La plata ennegrecida ardía ahora con una fiebre viva, palpitante, y Elise sintió que aquel calor no provenía del objeto, sino de algo más profundo… algo que respondía desde su sangre.

Intentó cerrarlo.

Con rabia. Con asco. Con la desesperación de quien cree que al unir dos mitades puede recomponer una vida quebrada.

El broche se negó.

Se cerró apenas, lo justo para morderle la piel.

El pinchazo fue eléctrico, seco. Elise ahogó un gemido y apretó los dientes mientras una gota de sangre emergía, perfecta, oscura, deslizándose por el símbolo geométrico. El ojo grabado —porque ya no parecía un símbolo— absorbió la sangre con lentitud obscena, como si saboreara.

Kaelen no se movió.

No intervino. No la tocó.
La observó con una calma peligrosa, de esas que no anuncian auxilio sino juicio. Sus ojos grises se afinaron, no sobre el relicario, sino sobre el espacio alrededor de Elise, como si leyera un texto invisible escrito en capas de aire.

—No luches contra la cerradura —dijo al fin, en voz baja—. Las cerraduras… detestan la resistencia.

Elise levantó la mirada, temblando de furia.

—¡No me digas qué hacer! —escupió—. Esto es mío. Mi vida. Mi madre. Sus cartas. Su miedo. Su culpa. ¡No le pertenece a nadie!

Kaelen ladeó la cabeza, y una sombra de sonrisa cruzó su boca, breve y sin calor.

—El “nadie” es un privilegio que solo conocen los que no fueron marcados.

El suelo pareció inclinarse bajo los pies de Elise. No era vértigo. Era una invitación. Como si algo, muy por debajo del empedrado, hubiera abierto los ojos y comenzara a desperezarse.

La humedad del aire cambió.
Se volvió densa, espesa, casi sólida, como si el callejón respirara barro y ceniza. Elise sintió que le costaba más trabajo inhalar, como si el oxígeno tuviera que pedir permiso para entrar en sus pulmones.

Intentó soltar el relicario.

No pudo.

El metal se había adherido a su piel, caliente, invasivo, como una lengua contra carne viva. La sangre se extendió por sus dedos y, por un instante, el símbolo dejó de ser símbolo: giró, se contrajo, y Elise tuvo la certeza —irracional, aterradora— de que una pupila se abría dentro de la plata.

—Kaelen… —susurró. Su voz no sonó del todo suya—. ¿Qué está haciendo?

Kaelen dio un paso atrás.

No por miedo humano, sino por respeto antiguo. Como quien sabe reconocer un umbral sagrado… o maldito.

—Está haciendo lo único que sabe hacer —respondió—. Abriéndose con tu sangre. Reconociéndote.

El silencio se quebró.

No con un estruendo, sino con un chasquido seco, íntimo, como cuando una cuerda se rompe dentro del cuerpo. Elise sintió un golpe en el pecho: un latido que no era suyo, profundo y ajeno, marcando un ritmo antiguo.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Sus pies se alzaron.

Un giro mínimo.
Una media pirueta.
Un movimiento que no había decidido.

Y el mundo respondió.

El callejón se deformó. Las paredes se estiraron apenas, como si estuvieran hechas de humo húmedo. El farol apagado dejó escapar un resplandor verdoso en el vidrio, como si el aceite ardiera al revés, devolviendo luz a la noche. El empedrado se oscureció sin lluvia. Las sombras de los edificios comenzaron a arrastrarse hacia el centro, obedientes, expectantes.

Elise se quedó inmóvil, con la respiración hecha trizas.

—¿Qué… hice?

Kaelen no respondió con palabras.

Le respondió con la mirada.

Y eso fue peor.

Por primera vez desde que lo conocía, Kaelen parecía inquieto. No asustado. No sorprendido. Inquieto como alguien que ha visto abrirse una puerta que juró no volver a cruzar.

—Bailaste —dijo al fin—. Y la ciudad te escuchó.

Un hormigueo recorrió la columna de Elise. No era poder. Era algo más sucio, más antiguo. Una memoria corporal que no le pertenecía, como un eco heredado sin consentimiento.

El relicario vibró con más fuerza.

—No voy a… —intentó decir.

Pero la frase murió cuando el aire frente a ella se rasgó.

No en dos, sino en múltiples direcciones, como tela vieja desgarrándose bajo manos invisibles. Detrás de esa grieta no había calle, ni Londres, ni humo, ni faroles.

Había un corredor.

Un pasillo estrecho de piedra negra, húmeda, respirando frío. Arcos altos se alzaban como costillas. Velas apagadas colgaban de soportes oxidados. El aire olía a incienso muerto, a hierro antiguo, a sangre seca que llevaba siglos esperando.

Elise dio un paso atrás, horrorizada.

—Eso no es real…

Kaelen alzó la mano, deteniéndola sin tocarla.

—No cruces sola —murmuró—. Si cruzas sola, no vuelves con tu nombre.

El pasillo parecía latir. Cada segundo, el borde del desgarrón se volvía más firme, más definido, como si el mundo aceptara aquella herida como parte de sí.

—¿Qué es ese lugar? —susurró Elise.

Kaelen tardó en responder.

—Un umbral —dijo al fin—. Una capilla sin dios. Un sitio donde se firman cosas que no se pueden desfirmar.

Elise apretó el relicario.

—Si esto es mío… entonces yo decido.

Kaelen soltó una risa breve, amarga.

—Si esto es tuyo, Elise… entonces otros decidieron primero. Tú solo estás despertando el papel.

La rabia le quemó el pecho.

—¡No soy un contrato! —gritó—. ¡No soy una palabra!



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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