La noche no terminó cuando el umbral se cerró.
Solo retrocedió lo suficiente para observar.
Elise caminó junto a Kaelen por calles que ya no parecían del todo reales. Londres seguía allí —los adoquines, el humo, el hierro— pero algo se había desplazado bajo la superficie, como una costilla mal soldada. El relicario colgaba ahora bajo su vestido, contra su piel, aún tibio, aún despierto.
—No bailes —dijo Kaelen sin mirarla—. No hasta que entiendas qué estás escribiendo con tu cuerpo.
Elise frunció el ceño.
—No escribo nada. Me muevo porque si no lo hago… muero.
Kaelen se detuvo. La tomó del brazo con firmeza, sin violencia, y la obligó a mirarlo.
—Ese es el primer error —dijo—. Creer que la danza es reacción.
La danza es lenguaje.
Elise sintió un estremecimiento.
Kaelen la condujo hasta un lugar donde la ciudad parecía agotada de existir: un patio interior olvidado, rodeado de muros altos cubiertos de hollín y musgo. No había faroles. No había ventanas. El cielo era una herida oscura arriba.
—Aquí —dijo— nadie escucha.
Ni el cielo.
Ni la criatura.
Por ahora.
Elise tragó saliva.
—Enséñame.
Kaelen la observó largo rato antes de responder.
—La danza no se enseña como se enseña una espada —dijo al fin—. No es técnica primero. Es costo primero.
Se acercó un paso.
—Cada movimiento abre algo. Cada giro pronuncia una sílaba antigua. No todas las sílabas quieren ser dichas… y no todos los cuerpos sobreviven a decirlas.
Elise apretó los puños.
—Quiero saberlo todo.
Kaelen negó lentamente.
—Querrás des-saberlo después.
I. Los pasos — El alfabeto del cuerpo
Kaelen dibujó un círculo en el suelo con la punta de su bota.
—La danza no es libre —explicó—. Es un idioma viejo, anterior a los dioses que hoy reclaman autoridad. No se basa en fe, ni en intención moral. Se basa en ritmo.
Golpeó el suelo una vez.
—Primer principio:
el cuerpo es el instrumento, no el canal.
Elise asintió, sintiendo el compás en el pecho.
—Los pasos básicos no invocan —continuó—. Marcan.
Llamamos a eso Pasos de Anclaje.
Se colocó frente a ella.
—Un giro simple —dijo, mostrando una rotación breve— no abre portales. Alinea tu carne con una frecuencia. Le dice al mundo: estoy aquí, y no me muevo gratis.
Elise repitió el movimiento.
El aire vibró apenas.
—Bien —murmuró Kaelen—. Eso fue una vocal.
Elise lo miró, confundida.
—¿Vocal?
—Sí. Las vocales sostienen. No cortan.
Ahora… las consonantes.
Kaelen dio un paso brusco, preciso. Un golpe de talón. Un quiebre de cadera. El aire se tensó como una cuerda.
—Las consonantes desgarran —dijo—. Son las que hieren, abren, obligan. Las cuchillas de tus botines existen por esto.
Elise sintió el impulso de moverse.
—No —la detuvo—. Aún no.
II. El costo — Nada se abre sin sangrar
Kaelen se quitó el abrigo.
Bajo la tela, las cicatrices se revelaron con crudeza: líneas antiguas, profundas, superpuestas como un mapa de derrotas.
—Este es el costo —dijo—. No metáfora. No poesía.
Carne. Memoria. Identidad.
Elise tragó saliva.
—Cada danza cobra algo distinto —continuó—.
Un paso puede costarte aliento.
Una secuencia, recuerdos.
Un ritual completo… puede costarte el nombre.
Elise sintió frío.
—¿Mi madre…? —susurró—. ¿Ella…?
Kaelen no respondió de inmediato.
—Tu madre bailó —dijo al fin—. Sin saber que lo hacía. Cantaba, se balanceaba, se movía para sobrevivir al terror.
Pero nunca cerró el círculo.
Elise apretó el relicario bajo la ropa.
—¿Y tú?
Kaelen la miró.
Y por primera vez, no esquivó el pasado.
—Yo bailé para obedecer.
El silencio cayó como una losa.
III. El pasado — Cuando el cielo aprendió a mentir
—El arcángel y yo —dijo Kaelen— no siempre estuvimos en bandos opuestos.
Elise sintió que el aire se volvía más denso.
—Hubo una época —continuó— en la que el cielo experimentaba. No con humanos. Con vínculos. Querían crear una cerradura viva.
Elise palideció.
—Una prometida —susurró.
Kaelen asintió.
—Yo fui el ejecutor. Él, el arquitecto.
Yo rompía mundos.
Él los bendecía después.
Las manos de Kaelen se cerraron en puños.
—Descubrimos que la danza podía abrir grietas donde ni el cielo ni el infierno tenían jurisdicción. Lugares intermedios. Espacios de negociación.
Elise sintió náuseas.
—¿Y qué pasó?
Kaelen la miró con una furia contenida.
—Que el cielo quiso exclusividad.
Y yo… quise elección.
Elise comprendió.
—Tú rompiste el ritual.
—Yo destruí a la primera prometida —dijo Kaelen, con voz grave—. Antes de que terminara de sellarse.
Elise sintió el golpe en el pecho.
—¿Y él?
—Él me marcó —respondió—. Me arrancó el nombre celestial. Me arrojó al abismo con la promesa de que algún día… lo repetiría. Mejor. Más limpio.
Elise tembló.
—Conmigo.
Kaelen no lo negó.
IV. Las consecuencias — La danza recuerda
Kaelen se acercó.
—Escucha bien, Elise —dijo—. La danza recuerda. Si bailas una secuencia completa, el mundo te responderá como respondió antes.
Y el cielo vendrá a cobrar.
Elise alzó el mentón.
—Entonces enséñame a bailar sin cerrar círculos.
Kaelen la miró con algo parecido al respeto.
—Eso… no existe.
Elise respiró hondo.
—Entonces enséñame a romperlos.
El silencio se extendió.
Luego, Kaelen sonrió apenas.
—Ese fue siempre mi error favorito.
Se colocó frente a ella.