El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 11: Lo que se pierde al aprender

Kaelen no la acompañó.

No porque no pudiera.
Sino porque no debía.

—Hay pérdidas —le había dicho— que no aceptan testigos. Si alguien mira cuando el mundo te cobra… el precio se duplica.

Elise asintió, aunque el estómago se le cerró como un puño.

El patio interior estaba vacío cuando regresó. El mismo círculo de hollín, la misma herida de cielo encima. Londres respiraba lejos, ajena, como si hubiera decidido no involucrarse en lo que iba a suceder ahí.

Elise se quitó los botines.

El cuero húmedo quedó a un lado. Las cuchillas retraídas dormían, inútiles. Aquello no era un combate. Era un intento.

Se colocó en el centro del círculo.

No había velas.
No había símbolos.
No había palabras sagradas.

Solo su cuerpo.

Solo el compás.

Cerró los ojos.

El ritmo estaba ahí, insistente, como siempre. No había aprendido a invocarlo; había aprendido, apenas, a escucharlo sin obedecer de inmediato. Kaelen había sido claro: el primer ritual no debía abrir nada. Debía fallar.

—Bailar sin cerrar —había dicho— es como hablar una lengua y negarte a terminar la frase. El mundo odia las frases inconclusas.

Elise respiró hondo.

Primer paso: Anclaje.
Talón al suelo.
Rodilla flexionada.
Columna alineada.

El aire respondió con un susurro leve, como una exhalación contenida.

Segundo paso: Negación.
Giro incompleto.
Brazo que se alza… y se detiene.

El compás en su pecho se tensó, molesto.

Elise sintió sudor frío recorrerle la espalda.

Tercer paso: Consonante abortada.

El error.

El error fue mínimo.
Un gesto demasiado fluido.
Un recuerdo que se coló sin permiso.

El rostro de su madre.

No el frío. No el rechazo.
Uno que Elise casi había olvidado: su madre joven, sentada en el borde de la cama, cantando bajito cuando creía que nadie la oía. Una canción sin letra clara. Un vaivén suave.

Elise repitió ese vaivén sin pensarlo.

Y el mundo respondió.

El aire se comprimió. El círculo de hollín se oscureció como si estuviera mojado con tinta. Elise abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo las sombras del patio se alargaban… no hacia ella, sino hacia arriba.

El cielo.

—No —susurró—. No abras…

Demasiado tarde.

El silencio se quebró con una presión invisible, como si alguien hubiera colocado una mano gigante sobre el lugar. Elise cayó de rodillas, el aliento arrancado de golpe.

El relicario, bajo su vestido, ardió.

La palabra “Prometida” pulsó una vez.

Y entonces la voz descendió.

—Eso estuvo… mal ejecutado.

No venía de un punto fijo. Venía de todas partes.
Suave. Educada. Terriblemente cercana.

Elise levantó la cabeza.

La figura no estaba completa. No cruzó del todo. Solo una silueta de luz verde aceituna suspendida en el aire, como un reflejo mal alineado con la realidad.

—No debías bailar sola —continuó la voz—. Pero siempre fuiste impulsiva.

Elise apretó los dientes.

—No te invoqué.

La risa fue breve, encantada.

—No. Me recordaste.

Elise sintió náuseas.

—Vete.

—Todavía no.

La presión aumentó. Elise sintió un tirón en el pecho, como si algo quisiera salir de ella a la fuerza.

—Kaelen cree que puede enseñarte a negar —dijo el arcángel—. Siempre fue romántico. Siempre creyó que el cuerpo podía mentirle al cielo.

Elise escupió sangre en el suelo.

—No… soy… tuya.

El arcángel se inclinó apenas, curioso.

—Eso aún no lo decides tú.

La luz se intensificó. Elise gritó cuando sintió el tirón completo: no era dolor físico, era arranque. Como si alguien metiera la mano en su memoria y eligiera algo pequeño.

Algo insignificante.

Algo amado.

La presión cesó de golpe.

El silencio regresó, espeso, avergonzado.

Elise se desplomó hacia adelante, jadeando. El círculo volvió a ser hollín. El cielo, cielo.

Nada parecía haber cambiado.

Excepto ella.

Se quedó ahí largo rato, temblando. Cuando por fin logró ponerse de pie, algo le pareció… extraño. Ligero. Vacío.

Intentó recordar la canción.

La de su madre.

No pudo.

La melodía estaba borrada. No distorsionada. No lejana. Inexistente. Como si nunca hubiera existido.

Elise sintió un sollozo romperle el pecho.

—No… —susurró—. Eso no…

El relicario estaba frío.

Kaelen apareció sin ruido, como si hubiera estado esperando la señal exacta para volver.

La vio.
Vio el suelo.
Vio la sangre seca.

Y entendió.

—¿Qué te quitó? —preguntó en voz baja.

Elise levantó el rostro. Tenía los ojos rojos, pero secos. El llanto aún no encontraba camino.

—Una canción —dijo—. La única que no dolía.

Kaelen cerró los ojos un instante.

—Entonces el ritual falló —murmuró—. Como debía.

Elise lo miró, furiosa.

—¿Esto es aprender?

Kaelen sostuvo su mirada.

—Esto es el precio mínimo.

Elise apretó el relicario con rabia.

—Lo volveré a hacer.

Kaelen asintió.

—Lo sé.

—Y la próxima vez —continuó ella—, no bailaré con recuerdos.

El aire se tensó levemente.

Muy arriba, algo escuchó eso.

Kaelen se acercó un paso.

—El cielo ya respondió —dijo—. Y ahora sabe dos cosas.

—¿Cuáles?

Kaelen bajó la voz.

—Que puedes abrir…
y que puedes perder.

Elise respiró hondo. El vacío donde antes vivía la canción ardía, pero no la quebraba.

—Entonces aprenderé qué quitarles yo.

Kaelen la miró largo rato.

—Eso —dijo— es cómo empiezan las guerras que nadie gana.

Elise sonrió, mínima, rota, peligrosa.

—No necesito ganar.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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