El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 12 El hambre del movimiento

El primer síntoma no fue el deseo.

Fue la ausencia.

Elise despertó con el cuerpo quieto, pero el pecho en guerra. No había soñado con la criatura. No había oído la voz del arcángel. No había recordado la canción perdida. Y, sin embargo, algo faltaba. Algo insistía bajo la piel como un insecto atrapado.

El ritmo.

No sonaba.
Pero su cuerpo lo buscaba.

Se levantó antes del amanecer, cuando Londres aún fingía estar dormida. El suelo estaba frío. El aire, denso. Elise se quedó de pie, descalza, sintiendo el pulso en las plantas de los pies. Cada músculo tensado como cuerda a punto de romperse.

No bailó.

No todavía.

Apretó los puños.
Respiró.
Intentó ignorar la urgencia.

Fue inútil.

El cuerpo recordó antes que la voluntad.

Un paso.
Solo uno.

El aire se acomodó alrededor de ella como si hubiera estado esperando.

Elise se quedó inmóvil, el corazón acelerado.

—No —susurró—. No ahora.

Pero el segundo paso llegó solo.

No era danza completa. No era ritual. Era algo peor: práctica. Micro-movimientos. Ajustes mínimos. El tipo de gestos que no abren puertas… pero las acarician.

El alivio fue inmediato.

Y eso la aterrorizó.

Porque el cuerpo respondió con gratitud.

Porque el vacío de la canción perdida se llenó, aunque fuera un poco.

Elise se detuvo bruscamente, respirando agitadamente.

—No es poder —se dijo—. Es abstinencia.

El relicario, bajo su camisón, estaba tibio.

Kaelen lo notó antes de que ella lo admitiera.

No porque la viera bailar.
Sino porque la ciudad empezó a responderle incluso cuando no lo hacía.

Los faroles tardaban un segundo más en encender cuando Elise pasaba. Las sombras se acomodaban a su alrededor con una familiaridad inquietante. El aire se volvía más denso cerca de ella, como si la reconociera.

Kaelen observaba desde la distancia.

No se acercó de inmediato.

Había reglas que no se rompían dos veces.

La principal:
No intervenir cuando el hambre empieza.

El hambre definía a los verdaderos danzantes.
Los que sobrevivían… y los que no.

Pero Elise no era como los otros.

Nunca lo había sido.

Kaelen recordó el primer momento en que algo se movió dentro de él. No fue la danza. Fue la mirada.

La noche en que la vio enfrentar a la criatura, no con fe ni con súplica, sino con rabia estética. Belleza afilada. Dolor convertido en estructura. No huía del miedo: lo coreografiaba.

Eso era raro.

Eso era peligroso.

Eso… le había resultado familiar.

—No —murmuró Kaelen para sí—. No la mires así.

Pero la miró.

Y cuando la vio llevarse la mano al pecho, como si algo le doliera por no moverse, supo la verdad:

La danza ya no era elección.
Era necesidad.

Seraphiel también lo sabía.

Desde el cielo, observaba a Elise con una atención distinta. No con diversión esta vez. Con evaluación.

Había visto esa progresión antes.

La abstinencia.
El temblor.
La repetición mínima disfrazada de control.

Los humanos siempre reaccionaban igual cuando tocaban algo que los superaba.

Seraphiel no siempre los había despreciado.

Hubo un tiempo —antes del cinismo, antes del asco— en que los había observado con curiosidad genuina. Lloraban fácil. Amaban mal. Pero insistían.

Al principio, Seraphiel preguntó.

—¿Por qué los creas así? —había dicho—. Son frágiles. Sufren incluso cuando creen obedecerte.

La respuesta nunca llegó.

Dios no respondía preguntas.
Dios observaba resultados.

Seraphiel aprendió pronto la lección correcta:
los humanos no eran interlocutores.
Eran material.

Cuando un niño rezaba y moría igual, el cielo no se estremecía.
Cuando una mujer suplicaba y era ignorada, no había castigo divino.
Cuando una madre rechazaba a su hija por terror… el silencio era absoluto.

Seraphiel entendió algo esencial:

La indiferencia era la forma más pura de autoridad.

Y la autoridad no se cuestiona. Se administra.

Por eso Elise no le inspiraba compasión.
Le inspiraba interés.

Una prometida que no suplicaba.
Una puerta que resistía.

Eso era nuevo.

Kaelen rompió la regla al tercer amanecer.

La encontró en el patio, respirando con dificultad, las manos tensas, los pies marcando un compás mínimo contra la piedra. No bailaba. Contenía. Y la contención estaba empezando a quebrarla.

—Para —dijo.

Elise se sobresaltó.

—No estaba bailando.

Kaelen dio un paso más.

—Lo sé —respondió—. Estabas peor.

Elise apretó los dientes.

—No necesito tu vigilancia.

Kaelen la miró largo rato.

—Yo tampoco necesitaba romper esta regla —dijo—. Y sin embargo…

Se acercó. Demasiado.

El aire se tensó entre ellos.

—La danza se vuelve adictiva cuando el cuerpo empieza a usarla para tapar pérdidas —continuó—. No para abrir, ni para luchar. Para no sentir.

Elise sintió un nudo en la garganta.

—No lo entiendes.

Kaelen bajó la voz.

—Sí. Lo entiendo mejor que tú.

Elise lo miró, furiosa.

—Entonces dime cómo parar.

Kaelen sostuvo su mirada.

—No se para —dijo—. Se reemplaza.

Elise frunció el ceño.

—¿Con qué?

Kaelen levantó la mano.

—Con presencia.

Antes de que ella pudiera reaccionar, Kaelen dio un paso dentro de su espacio personal. No la tocó. No aún. Pero el aire cambió. La presión de su cercanía fue suficiente para desorganizar el compás interno de Elise.

El ritmo tropezó.

Por primera vez desde la pérdida de la canción, Elise sintió silencio.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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