El castigo no cayó como un rayo.
El cielo no era tan vulgar.
El castigo llegó como orden.
Kaelen lo sintió antes de verlo. Una presión antigua, familiar, como un recuerdo impuesto en la carne. El aire alrededor de Elise se volvió más denso, no por amenaza inmediata, sino por advertencia. El relicario se enfrió hasta doler.
Kaelen dio un paso adelante sin pensarlo.
—Aléjate —dijo al vacío.
Elise frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
La respuesta descendió sin forma.
No hubo luz.
No hubo voz.
Solo peso.
Kaelen cayó de rodillas como si el mundo hubiera decidido recordar su nombre verdadero. El suelo se agrietó bajo él. Elise gritó y corrió hacia su lado, pero una fuerza invisible la detuvo a medio metro.
—¡Kaelen!
Él apretó los dientes. Las cicatrices de su cuerpo comenzaron a arder, no como fuego, sino como memoria reabierta. Cada marca respondía a un juramento antiguo.
—No te acerques —gruñó—. Esto no es para ti.
El aire se rasgó en vertical.
No fue un umbral como antes. Fue una presencia administrativa. El tipo de manifestación que no necesita mostrarse porque sabe que será obedecida.
Seraphiel habló.
—Has roto una regla —dijo, con voz serena—. Una pequeña. Pero las pequeñas son las que sostienen el orden.
Elise sintió náuseas.
—¡Déjalo! —gritó—. No hizo nada.
Una risa suave.
—Precisamente —respondió Seraphiel—. Hizo algo por alguien.
La presión aumentó. Kaelen jadeó. Sangre oscura comenzó a deslizarse desde su nariz hasta el empedrado.
—¿Recuerdas el acuerdo? —continuó el arcángel—. Observas. Guías. Enseñas si es necesario.
Pero no eliges.
Kaelen alzó la mirada, furiosa.
—Ella no es un proyecto.
—Tampoco tú lo fuiste —replicó Seraphiel—. Y mira qué bien funcionó.
Elise sintió el impulso de moverse, de bailar, de romper algo.
El relicario vibró.
—No —susurró Kaelen—. No ahora.
El castigo cambió de forma.
El dolor dejó de ser físico.
Y se volvió recuerdo.
I. Antes de Elise — Cuando Kaelen aún obedecía
Kaelen volvió a ver el cielo como era antes.
No bello.
No justo.
Eficiente.
Vio a Seraphiel inclinado sobre una estructura de símbolos flotantes. Diagramas vivos. Círculos incompletos. Un lenguaje parecido a la danza, pero sin cuerpo.
—Los humanos se rompen demasiado rápido —decía Seraphiel—. Necesitamos un intermediario. Algo que resista la carga.
—Un recipiente —respondía Kaelen entonces, aún ejecutor—. No una persona.
Seraphiel sonrió.
—Las personas son solo recipientes que aprendieron a hablar.
Kaelen recordó haber dudado.
Por primera vez.
—¿Y Dios? —había preguntado—. ¿Esto… está permitido?
Silencio.
Ese silencio fue la respuesta.
—Dios no interviene en los procesos —dijo Seraphiel—. Interviene en los resultados.
Kaelen entendió algo ese día:
Si nadie decía que no,
entonces todo era posible.
II. El nacimiento — La noche que Elise no recuerda
El recuerdo cambió.
Kaelen vio una habitación pobre. Humedad en las paredes. Una mujer joven, agotada, sudando terror más que dolor. Las manos temblándole sobre su vientre.
Elise.
Antes de ser Elise.
El símbolo estaba ya ahí, impreso en el aire sobre el cuerpo de la madre. No visible. No consciente. Un sello incompleto.
—No lo siento como una bendición —sollozaba la mujer—. Siento… algo que me mira desde adentro.
Nadie respondió.
No hubo ángeles cantando.
No hubo consuelo.
Kaelen estuvo allí.
No como protector.
Como garante.
—Respira —le dijo a la mujer—. No mires atrás.
Cuando Elise nació, no lloró de inmediato.
Abrió los ojos.
Y el símbolo se cerró.
No completamente.
Por eso sobrevivió.
Por eso no fue una puerta funcional.
Seraphiel observaba desde lejos.
—Imperfecta —dijo—. Pero utilizable.
Kaelen sintió asco.
—Es una niña.
—Es una cerradura —corrigió Seraphiel—. Y las cerraduras no eligen.
Kaelen miró a la recién nacida.
Y por primera vez, desobedeció sin moverse.
III. El castigo — Lo que el cielo no perdona
El recuerdo se quebró.
Kaelen volvió al patio, jadeando. Elise lloraba, impotente, retenida por la fuerza invisible.
—Esto es por sincronizarte con ella —dijo Seraphiel—. Por calmar su hambre. Por interferir.
Kaelen escupió sangre.
—No te pertenece.
—Nada nos pertenece —respondió el arcángel—. Todo se administra.
Elise gritó.
—¡Dime la verdad! —exigió—. ¿Qué soy?
Silencio.
Demasiado largo.
Kaelen levantó la cabeza.
—No —dijo—. No aquí.
Seraphiel suspiró, casi aburrido.
—Aún no —concedió—. La verdad completa la rompería antes de tiempo.
Elise sintió que algo se desgarraba dentro de ella.
—¿Qué me están ocultando?
Kaelen cerró los ojos.
—Que no fuiste creada solo para abrir puertas —dijo—. Fuiste creada para sostenerlas abiertas.
El aire tembló.
Seraphiel sonrió.
—Y eso —añadió— mata a casi todos.
El castigo terminó.
La presión se retiró como una marea cruel. Kaelen cayó de costado, exhausto. Elise corrió hacia él, libre al fin, sosteniéndolo.
—¿Por qué? —susurró ella—. ¿Por qué me protegiste?
Kaelen la miró, débil, sincero.
—Porque vi cómo termina esto…
y no acepto ese final.
Muy arriba, Seraphiel observó la escena con interés renovado.
Kaelen había pagado.
Pero no lo suficiente.
—Aún no —murmuró el arcángel—.
La prometida todavía cree que puede elegir.
El relicario, contra el pecho de Elise, latió una vez.