El susurro de las rosas y sombras

Capítulo 14 — La verdad que se raciona

Kaelen tardó en despertar.

No porque estuviera inconsciente, sino porque su cuerpo ya no respondía como antes. Cada respiración era una decisión. Cada latido, una negociación. Elise se arrodilló junto a él, sosteniéndolo con cuidado, como si temiera que tocarlo demasiado pudiera romperlo.

—Kaelen… —susurró.

Él abrió los ojos despacio. Grises. Opacos. Por primera vez desde que lo conocía, no parecían medir el mundo.

—No bailes —murmuró—. Pase lo que pase… no bailes ahora.

Elise apretó los dientes.

—No me vuelvas a decir qué no hacer —dijo—. Ya no.

Kaelen cerró los ojos un instante, como si aceptara la derrota.

—Entonces escucha —respondió—. Y no interrumpas.

Elise sintió que el relicario se enfriaba contra su piel. No advertencia. Preparación.

—Exijo la verdad —dijo ella—. Toda. No fragmentos. No metáforas. No silencios “por mi bien”.
—Bien —dijo Kaelen, con voz baja—. Pero entiende algo primero: la verdad completa no siempre es precisa. A veces… mata antes de explicar.

Elise no apartó la mirada.

—Empieza.

Kaelen respiró hondo.

—No fuiste creada para ser sacrificio —dijo—. Ni arma directa. El cielo no desperdicia así.
Fuiste diseñada para estabilizar.

Elise frunció el ceño.

—¿Estabilizar qué?

—Las grietas —respondió—. Entre mundos. Entre órdenes. Entre voluntades. Donde el cielo no puede entrar sin romper… y el infierno no puede sostener sin devorar.

Elise sintió un vacío abrirse en el pecho.

—¿Una cerradura viva?

Kaelen negó.

—No exactamente.
Una bisagra.

Elise soltó una risa breve, rota.

—Eso no es mejor.

—Nunca dije que lo fuera.

Elise respiró con dificultad.

—¿Y mi madre?

El silencio cayó como una losa.

—Tu madre fue… un accidente tolerado —dijo Kaelen al fin—. El cielo no planeó su miedo. Solo lo aceptó como efecto secundario.

Elise sintió rabia subirle como ácido.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué eras tú para mí cuando nací?

Kaelen tardó un segundo de más.

—Un observador —dijo—. Un garante.

Elise lo miró con algo afilado en los ojos.

—Eso no es toda la verdad.

Kaelen sostuvo su mirada.

—No —admitió—. Pero es la parte que puedo darte sin perderte.

Esa fue la mentira.

Pequeña.
Cálida.
Imperdonable.

Elise la sintió… y decidió no señalarla.
Todavía.

Porque el aire había cambiado.

El patio se enfrió. El silencio se volvió demasiado intencional. Elise se incorporó despacio, el cuerpo alerta, los sentidos tensos.

—Está cerca —dijo.

Kaelen no necesitó preguntar quién.

La criatura no llegó con ruido.

Llegó con peso.

Las sombras del patio se reunieron en un punto, como insectos atraídos por una herida abierta. El suelo pareció humedecerse sin lluvia. Elise dio un paso atrás, instintivamente colocándose frente a Kaelen.

—No —gruñó él—. Elise, no…

La figura emergió sin forma fija. Ojos múltiples. Superficie cambiante. Una presencia que no caminaba: ocupaba.

—Te debilitaste —dijo la criatura, con voces superpuestas—. Elegiste. El cielo te marcó.
Ahora hueles a permiso.

Elise sintió el impulso de moverse.

El hambre.
La urgencia.
La danza pidiendo forma.

—No la mires —advirtió Kaelen—. No la reconozcas.

La criatura inclinó su masa informe.

—Ella ya me reconoce —susurró—. Desde antes de su primer recuerdo.

El relicario vibró.

Elise dio un paso… y se detuvo.

—No —dijo—. No ahora.

La criatura se detuvo también.

Curiosa.

—Interesante —murmuró—. El cielo la entrena mal.

Y entonces el aire se partió.

No violentamente.
Elegantemente.

Seraphiel descendió sin romper nada. Sin presión. Sin castigo. Solo presencia impecable, vestida de luz contenida y distancia moral.

—Basta —dijo.

La criatura retrocedió medio paso. No por miedo. Por jerarquía.

Elise levantó la vista, temblando.

—¿Vienes a terminar lo que empezaste?

Seraphiel la observó como se observa una ecuación incompleta.

—Vengo a ofrecerte una salida —respondió.

Kaelen intentó incorporarse.

—No le hables —gruñó—. No aceptes nada.

Seraphiel sonrió, indulgente.

—Siempre tan dramático, Kaelen.
—¿Una salida de qué? —preguntó Elise, ignorándolo.

—De la incertidumbre —respondió el arcángel—. Del hambre. De la persecución.
De convertirte en algo que se romperá antes de aprender a elegir.

Elise sintió el corazón acelerarse.

—¿Qué quieres?

Seraphiel extendió la mano.

No hacia ella.

Hacia el relicario.

—Un trato —dijo—. Yo cierro lo que queda abierto. Silencio a la criatura. Retiro al cielo.
A cambio… tú bailas cuando yo lo pida.

Kaelen gritó.

—¡NO!

Elise no apartó la mirada de Seraphiel.

—¿Y Kaelen?

La sonrisa del arcángel se afinó.

—Kaelen será liberado de su deuda —respondió—. Su castigo termina. Sus cicatrices… dejan de doler.

Kaelen la miró, horrorizado.

—No me uses como moneda.

Seraphiel inclinó la cabeza.

—No te uso. Te devuelvo.

El silencio se volvió insoportable.

Elise sintió el hambre bajo la piel. El cansancio. El miedo. La posibilidad de descanso.

—¿Y la verdad? —preguntó—. ¿Me dirás toda la verdad?

Seraphiel la miró con algo parecido a ternura.

—Te diré la verdad útil.

Elise cerró los ojos.

Por un segundo, pensó en la canción perdida.
En la soledad.
En el precio ya pagado.

Cuando los abrió, su voz salió firme.

—Dame tiempo.

Seraphiel asintió.

—Hasta el próximo latido importante —dijo—. No más.

La criatura observaba, satisfecha.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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