El mundo no colapsó.
Eso habría sido misericordia.
Lo que ocurrió fue peor:
el mundo dudó.
El patio quedó suspendido en una quietud antinatural. Las grietas abiertas por la danza de Elise no se cerraron… pero tampoco avanzaron. Se mantuvieron temblando, como si la realidad no supiera si debía curarse o dejarse morir. El aire vibraba con una frecuencia irregular, una música sin compás, y Londres —allá afuera— parecía contener la respiración.
Elise seguía de pie.
Jadeaba.
Las piernas le temblaban.
La piel le ardía como si acabara de salir de un incendio invisible.
El relicario colgaba abierto, partido por dentro. La palabra Prometida ya no era una palabra: eran dos restos que no encajaban entre sí.
Kaelen la miraba como se mira un error irrepetible.
—Detente… —susurró—. No te muevas más.
Elise alzó la vista.
—Si me detengo —respondió—, esto se cierra como ellos quieren.
El cielo reaccionó tarde.
Demasiado tarde para parecer omnipotente.
La presencia de Seraphiel se densificó con brusquedad, sin elegancia, sin el control pulcro que siempre lo había caracterizado. La luz verde aceituna se filtró con violencia entre las grietas del aire, tensándose como una herida mal suturada.
—Basta —ordenó.
No pidió.
No negoció.
Ordenó.
El mundo no obedeció.
Las grietas no se cerraron. Las sombras no se arrodillaron. La criatura —esa cosa antigua que vivía del juicio— retrocedió un paso completo, confundida, como si hubiera perdido el hilo de una conversación que llevaba siglos repitiendo.
Seraphiel sintió algo que no recordaba haber sentido jamás.
Resistencia.
—¿Qué hiciste? —exigió, su voz ya sin dulzura.
Elise respiró hondo.
—Bailé —dijo—. Pero no para abrir. Ni para cerrar.
Bailé para romper el ritmo.
Kaelen sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Elise… —murmuró— eso no es un paso. Eso es—
—Lo sé —lo interrumpió—. Por eso nadie más puede hacerlo.
Seraphiel avanzó un paso, furioso.
Y fue entonces cuando ocurrió algo imperdonable.
El cielo titubeó.
La luz que rodeaba al arcángel parpadeó. No como farol. Como músculo cansado. Por un segundo —solo uno— Seraphiel no fue una figura eterna, sino algo forzado a recalcular.
Kaelen lo vio.
Y entendió.
—No tienes jurisdicción aquí —dijo Kaelen con voz baja—. No después de lo que ella hizo.
Seraphiel lo miró con odio desnudo.
—Tú —escupió— debías entregarla.
Kaelen sostuvo su mirada.
—Debía muchas cosas —respondió—. Ya no.
Elise dio un paso.
Uno solo.
Y ese paso no pertenecía a ningún alfabeto conocido.
No era anclaje.
No era consonante.
No era negación.
Fue… desfase.
El suelo no reaccionó.
El aire no respondió.
El cielo no pudo leerlo.
El paso no escribió nada.
Borró.
Las grietas se movieron… no hacia afuera, sino hacia adentro, como si el espacio estuviera tragándose su propio error. La criatura lanzó un sonido que no era dolor ni hambre, sino pérdida de referencia.
—¿Qué es eso? —susurró Seraphiel, por primera vez sin certeza.
Elise temblaba.
Cada fibra de su cuerpo gritaba. No de poder, sino de costo. Sentía cómo el paso le arrancaba algo que aún no sabía nombrar. No un recuerdo. No una emoción.
Algo más peligroso.
—Es mío —dijo—. Solo mío.
Kaelen dio un paso hacia ella.
—Elise… ese paso no se repite. Si lo intentas otra vez—
—Lo sé —respondió—. Me costará algo que no vuelve.
Seraphiel retrocedió.
No por miedo.
Por falta de control.
—Esto no estaba contemplado —dijo, tenso—. No existe registro. No existe profecía.
Elise lo miró con los ojos encendidos, agotados, humanos.
—Exacto.
La luz del arcángel se contrajo violentamente.
—Si sigues —advirtió— el sistema caerá.
Elise sostuvo el relicario roto en la mano.
—El sistema ya cayó —dijo—. Solo estás tardando en aceptarlo.
El silencio se hizo profundo.
Kaelen comprendió algo terrible y hermoso a la vez.
—Elise… —susurró—. Creaste un paso que no invoca nada.
Un movimiento que no pide permiso.
Elise cerró los ojos.
—No podía seguir bailando para ellos.
Seraphiel habló con una frialdad nueva, sin máscara.
—Ese paso te hará invisible para el cielo… por fragmentos.
Pero cada vez que lo uses, perderás algo que te define.
Elise asintió.
—Prefiero perderme a obedecer.
El arcángel la miró largo rato.
Luego, por primera vez, se retiró sin amenaza.
No derrotado.
Pero herido en su autoridad.
—Esto no termina aquí —dijo—. Solo cambió la guerra.
Y desapareció.
El patio quedó en ruinas silenciosas.
La criatura se disolvió en la sombra, desorientada, incapaz de seguir una lógica que ya no existía.
Elise cayó de rodillas.
Kaelen llegó a ella a tiempo, sosteniéndola antes de que tocara el suelo.
—Respira —dijo—. Respira conmigo.
Elise apoyó la frente contra su pecho.
—Me duele —susurró—. No sé qué perdí.
Kaelen cerró los ojos.
—Todavía no —respondió—. Eso viene después.
El relicario, por primera vez desde su apertura, no latía.
Estaba muerto.
O… terminado.
Kaelen levantó el rostro hacia el cielo invisible.
—Lo hiciste —murmuró—. Rompiste algo que no se podía romper.
Elise sonrió, débil, peligrosa.
—No —dijo—.
Solo demostré que nunca fue eterno.
Muy lejos, en lo alto, algo antiguo empezó a reescribirse sin permiso.