Elise despertó sin ritmo.
No fue un despertar brusco. No hubo sobresalto ni terror inmediato. Fue algo peor: la sensación de que el mundo seguía funcionando… pero ya no la necesitaba para latir.
Abrió los ojos.
El techo era el mismo. El aire, el mismo. Kaelen dormía sentado contra el muro cercano, exhausto, con el abrigo abierto y el cuerpo aún tenso, como si incluso en reposo estuviera preparado para recibir un golpe más del cielo.
Elise se incorporó despacio.
Algo estaba mal.
No era dolor.
No era vacío.
Era silencio interno.
Se llevó una mano al pecho. El corazón latía, sí, pero sin aquel acompañamiento constante que había definido su existencia desde siempre. No había compás. No había insistencia. No había hambre.
Por un segundo, sintió alivio.
Y luego entendió.
—No… —susurró.
Se levantó y dio un paso.
Nada respondió.
El suelo no vibró. El aire no se acomodó. Las sombras no se inclinaron. El mundo no la reconoció como interlocutora.
El paso que había creado seguía ahí, como una cicatriz viva en la memoria del espacio…
pero la danza ya no acudía sola.
Elise sintió un nudo en la garganta.
—Eso fue lo que perdí —dijo en voz baja—. El llamado.
Kaelen abrió los ojos al instante.
—¿Qué sientes?
Elise lo miró.
—Paz —respondió—. Y eso es lo que más miedo me da.
Kaelen se puso de pie lentamente, estudiándola con atención.
—Explícame.
Elise respiró hondo.
—La danza ya no me necesita —dijo—. Si quiero moverla… tendré que buscarla. Forzarla. Elegirla cada vez.
Kaelen cerró los ojos.
—Entonces el precio fue tu acceso automático.
Elise asintió.
—Ya no soy un canal.
Soy… alguien que tiene que decidir.
El silencio que siguió fue denso, pero no cruel.
Kaelen se acercó un paso.
—Eso es lo más humano que te ha pasado —dijo.
Elise sonrió apenas.
—Y lo más peligroso.
Porque en lo alto, el cielo había sentido la misma cosa.
La pérdida de acceso.
No fue rabia lo que movió al cielo.
Fue pánico estructural.
Seraphiel observó los registros que ya no se alineaban. Las probabilidades que antes se cerraban ahora se abrían en abanico. Elise no desaparecía… pero dejaba de responder como debía.
—No es invisible —murmuró—. Es irregular.
Y lo irregular no se castiga.
Se corrige.
El cielo no volvió a enviar ángeles.
Creó algo nuevo.
No un guerrero.
No un juez.
Un rastreador.
No tenía nombre. No lo necesitaba. Fue construido para reconocer desfase, para detectar aquello que no vibraba con ningún ritmo establecido. No cazaba por olor, ni por culpa, ni por pecado.
Cazaba por disonancia.
El rastreador descendió sin ceremonia.
No cayó en Londres.
Cayó entre lugares.
Y lo primero que hizo fue orientarse.
No hacia Elise.
Hacia Kaelen.
Kaelen lo sintió como una aguja bajo la piel.
Se detuvo en seco, el cuerpo reaccionando antes que el pensamiento.
—Nos encontraron —dijo.
Elise frunció el ceño.
—No —respondió—. A mí no.
Kaelen la miró.
—Exacto.
El aire cambió.
No se volvió pesado. Se volvió preciso. Como si cada molécula supiera exactamente dónde debía estar y no admitiera desviaciones.
Kaelen dio un paso adelante, colocándose frente a Elise.
—Escúchame con atención —dijo—. Lo que viene no es para ti.
—No me vuelvas a decir eso —replicó ella—. Ya no obedezco.
Kaelen la miró con una tristeza que no había mostrado antes.
—Esto no es obediencia —dijo—. Es consecuencia.
El rastreador apareció sin abrir nada.
Simplemente estuvo.
Su forma no era fija. No porque cambiara, sino porque no consideraba necesario definirse. Donde debería haber rostro, había una geometría imposible, como líneas que se corregían a sí mismas.
Elise sintió náuseas.
—Eso no es cielo —susurró.
—Es lo que el cielo envía cuando falla —respondió Kaelen.
El rastreador inclinó su forma.
Y habló.
—Entidad desviada: Kaelen.
Interferencia reiterada.
Resultado: inestabilidad crítica.
Elise dio un paso adelante.
—Él me protegió.
El rastreador no reaccionó.
—Confirmado —dijo—.
Medida correctiva autorizada.
Kaelen sonrió.
Una sonrisa cansada. Real.
—Aquí es donde pago —murmuró.
—No —dijo Elise, con una firmeza nueva—. Aquí eliges.
Kaelen la miró.
Y en ese instante, comprendió algo que jamás había tenido permitido:
No estaba salvándola.
La estaba siguiendo.
—Entonces elijo —dijo.
Dio un paso hacia el rastreador.
El aire se tensó como una cuerda a punto de romperse.
—La desviación no es ella —continuó Kaelen—. Soy yo.
Corrígeme a mí.
Elise gritó su nombre.
El rastreador se acercó.
Y entonces Kaelen hizo lo último que el cielo no podía prever.
Renunció.
No con palabras.
Con estructura.
Sintió cómo algo se desprendía de él: no poder, no memoria, no forma… sino pertenencia. La última huella que lo ataba a cualquier jurisdicción.
El rastreador se detuvo.
Confundido.
—Error —dijo—. El objetivo ya no pertenece al sistema.
Kaelen cayó de rodillas, respirando con dificultad.
Elise corrió hacia él.
—¿Qué hiciste? —susurró.
Kaelen levantó la mirada, pálido, pero libre de una tensión antigua.
—Ahora sí —dijo—. Ahora ya no puedo entregarte… ni aunque quisiera.
El rastreador retrocedió.
No derrotado.
Incapaz.