Elise esperó a que Kaelen respirara con regularidad antes de apartarse.
No quería despertarlo. No por ternura, sino por miedo. Miedo a confirmar que lo que había ocurrido no era reversible. Miedo a ver en sus ojos la respuesta que el mundo ya le había dado.
Se puso de pie.
El patio estaba quieto, demasiado. Las grietas del día anterior habían cicatrizado con una torpeza visible, como costuras hechas a prisa. El aire no reaccionó a su presencia. No se inclinó. No se tensó. No la reconoció.
Elise tragó saliva.
—De acuerdo —susurró—. A ver si aún me escuchas.
No bailó de inmediato.
Eso ya era nuevo.
Cerró los ojos y buscó el ritmo. Antes, el compás surgía como un reflejo: insistente, inevitable. Ahora había que rastrearlo como se rastrea una nota perdida en una habitación ajena.
Lo encontró.
Débil. Distante. Como una brasa bajo ceniza.
Elise dio el primer paso.
Nada.
El segundo.
Un temblor mínimo, casi una disculpa del mundo.
El tercero.
El aire respondió… tarde.
Elise abrió los ojos, sorprendida, y entonces lo sintió.
El costo.
No fue dolor físico.
No fue sangre.
Fue fatiga existencial.
Cada movimiento drenaba algo profundo, algo que no tenía nombre, como si la danza ya no se alimentara de su hambre, sino de su voluntad consciente. No la tomaba. Le pedía permiso… y luego cobraba.
Elise cayó de rodillas, jadeando.
—Así que así es ahora —murmuró—. Cada paso… una elección.
Kaelen se despertó con el sonido de su respiración rota.
—Elise —dijo, incorporándose—. ¿Qué hiciste?
—Bailé —respondió ella—. Pero ahora… ahora me canso.
Kaelen la miró largo rato, procesando.
—Entonces el precio es el desgaste —dijo—. No te consume de golpe. Te erosiona.
Elise asintió.
—Si bailo demasiado… me vaciaré.
Kaelen se acercó despacio, como si temiera que un paso en falso pudiera romper algo invisible.
—Eso significa que ya no puedes ser usada —dijo—. Ningún sistema sobrevive a alguien que se agota a voluntad.
Elise alzó la vista.
—¿Y tú?
Kaelen dudó.
Se miró las manos. Las cicatrices seguían ahí, pero ya no ardían. No respondían a nada. No eran advertencias ni recordatorios. Eran… historia.
—No siento el cielo —dijo—. Ni el infierno.
No hay tirón. No hay eco.
Elise sintió un nudo en el pecho.
—Entonces… ¿qué eres?
Kaelen respiró hondo.
—Algo que eligió quedarse —respondió—. Y pagar el precio completo de esa elección.
Elise sonrió con tristeza.
—Eso no tiene nombre.
Kaelen negó.
—Tiene uno.
Pero no existe todavía.
Muy lejos de allí, en una región que no era cielo ni vacío, Seraphiel observaba.
Por primera vez en eones, no estaba midiendo probabilidades.
Estaba pensando.
El sistema había fallado. La prometida no obedecía. El ejecutor había renunciado. Y, sin embargo, el mundo seguía en pie.
Eso… no debía ser posible.
Seraphiel recordó algo antiguo. No un evento, sino una sensación. Algo que había enterrado bajo capas de indiferencia funcional.
Curiosidad.
—Quizá —murmuró— la indiferencia no era neutralidad… sino pereza.
El cielo no respondió.
Por primera vez, Seraphiel no esperó respuesta.
Descendió.
No como juez.
No como administrador.
Como interlocutor.
El aire del patio cambió. No con presión. Con atención.
Elise lo sintió antes de verlo.
—Vino —dijo.
Kaelen se tensó.
—No te acerques.
Seraphiel apareció sin brillo excesivo, sin autoridad visible. Solo presencia concentrada.
—No vengo a castigar —dijo—. Eso ya no funciona.
Elise se puso de pie, agotada pero firme.
—Entonces no vienes como cielo.
Seraphiel la observó con algo nuevo en la mirada.
—Vengo como alguien que quiere entender por qué el mundo no colapsó cuando ustedes salieron del diseño.
Kaelen soltó una risa seca.
—Te tomó milenios hacerte esa pregunta.
Seraphiel no lo negó.
—La indiferencia era eficiente —admitió—. Pero ustedes la volvieron… obsoleta.
Elise cruzó los brazos.
—¿Eso es una amenaza?
—No —respondió—. Es una admisión.
El silencio se estiró.
—Si continúas bailando —dijo Seraphiel— te desgastarás. Si paras, el sistema encontrará otras grietas.
No hay solución perfecta.
Elise asintió.
—Nunca la hubo.
Seraphiel la miró fijamente.
—Entonces propón una imperfecta.
Elise respiró hondo. Sintió el cansancio en los huesos. La fragilidad nueva. La libertad incómoda.
—Bailo solo cuando alguien más no puede —dijo—. No para sostener mundos. No para cerrar sistemas.
Bailo para intervenir, no para mantener.
Seraphiel inclinó la cabeza.
—Eso reducirá daños… pero no los eliminará.
—No quiero eliminarlos —respondió Elise—. Quiero que importen.
El arcángel guardó silencio.
Kaelen observaba sin intervenir, consciente de algo que Elise aún no veía del todo: Seraphiel ya no estaba por encima de ellos.
Estaba en conversación.
—Muy bien —dijo Seraphiel al fin—. Entonces el cielo observará sin corregir… por ahora.
Elise lo miró con dureza.
—Eso no es una promesa.
Seraphiel sonrió apenas.
—No. Es un riesgo.
Y se retiró.
No derrotado.
No victorioso.
Pensativo.
El patio volvió a la quietud.
Elise se dejó caer contra el muro, exhausta.
—No sé cuánto duraré así —admitió.
Kaelen se sentó a su lado.
—Nadie dura para siempre —dijo—. Pero por primera vez… tampoco te están usando para eso.
Elise cerró los ojos.
El ritmo no volvió.
Pero tampoco dolía su ausencia.