El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 19 la rendencion como carnada

Seraphiel no volvió de inmediato.

Eso fue lo primero que inquietó a Kaelen.

—Cuando el cielo se retira sin cerrar la puerta —dijo—, no es respeto.
Es preparación.

Elise no respondió. Estaba sentada contra el muro del patio, los brazos rodeando las rodillas, mirando un punto fijo en el suelo como si ahí hubiera algo que los demás no veían.

—No todos los silencios son amenazas —dijo al fin—. A veces… son intentos.

Kaelen cerró los ojos un instante.

—Ese pensamiento —respondió— ha matado a más humanos que cualquier demonio.

Elise lo miró, cansada.

—No quiero vivir como si todo fuera una trampa.

—Entonces él te va a usar justo por ahí —dijo Kaelen, sin suavizarlo.

El aire cambió antes de que Elise pudiera responder.

No hubo presión.
No hubo peso.

Hubo cortesía.

Seraphiel apareció sin imponerse, sin quebrar nada, sin reclamar espacio. Se materializó a una distancia respetuosa, con la luz contenida, casi apagada, como si hubiera aprendido algo de ellos.

—No vine a imponer —dijo—. Vine a hablar.

Kaelen se levantó de inmediato.

—No.

Seraphiel ni siquiera lo miró.

—Elise —continuó—, sé que desconfías. Y haces bien. La desconfianza es una forma temprana de inteligencia.

Elise sintió un escalofrío.

No por miedo.

Por reconocimiento incómodo.

—¿Qué quieres? —preguntó.

Seraphiel inclinó la cabeza.

—Redimirme.

La palabra cayó como algo fuera de lugar.
No porque fuera imposible.
Sino porque estaba demasiado bien colocada.

Kaelen soltó una risa amarga.

—No uses esa palabra con ella.

—¿Por qué no? —preguntó Seraphiel con suavidad—. ¿Acaso no es lo que ella siempre quiso oír?

Elise apretó los dedos.

Seraphiel la observó con atención quirúrgica.

—Creciste sin ser elegida —dijo—.
Ni por tu madre.
Ni por el mundo.
Ni por Dios.

Cada frase era un golpe sin levantar la voz.

—Eso te enseñó algo —continuó—: que el amor siempre llega condicionado… o no llega.

Kaelen dio un paso adelante.

—Basta.

—Déjame terminar —pidió Elise.

Kaelen se detuvo.

Seraphiel sonrió apenas.

—Yo no te miro como una herramienta —dijo—. Eso sería repetir el error.
Te miro como… una oportunidad.

Elise tragó saliva.

—¿Oportunidad para qué?

Seraphiel alzó una mano, y el aire frente a ellos se onduló.

No mostró imágenes gloriosas.

Mostró sombras.

Las criaturas.

No como monstruos caóticos, sino como una infraestructura viva. Redes de miedo, culpa, abandono. Entidades que no nacían del mal, sino de vacíos humanos que nadie quiso mirar.

—Las criaturas sombra no son enemigas —explicó—. Son residuos. Subproductos del abandono sistemático.

Elise sintió náuseas.

—Mi madre… —susurró—.

—Fue una incubadora perfecta —dijo Seraphiel, sin emoción—. Miedo joven. Culpa constante. Silencio divino.

Kaelen reaccionó con violencia.

—¡No la uses así!

Seraphiel lo miró por primera vez.

—Yo no la usé —respondió—. El sistema lo hizo.
Yo solo lo entendí.

Volvió a Elise.

—Las sombras crecen donde nadie repara —continuó—. Donde una niña aprende que no merece ser amada. Donde una madre aprende que el terror es más fuerte que el vínculo.

Elise temblaba.

—¿Por qué me dices esto?

Seraphiel dio un paso más cerca.

—Porque tú puedes ordenarlas.
No dominarlas.
No destruirlas.
Darlas propósito.

Elise sintió algo abrirse en el pecho.

—¿Y qué quieres a cambio?

Seraphiel la miró con una honestidad inquietante.

—Nada inmediato.

Kaelen sintió el peligro como un cuchillo.

—Elise —advirtió—. Nadie ofrece “nada” sin cobrar después.

Seraphiel asintió.

—Es cierto. Pero yo no quiero tu obediencia —dijo—. Quiero tu comprensión.

Elise levantó la vista.

—¿Y si te la doy?

Seraphiel respondió sin dudar.

—Entonces te mostraré cómo convertir tu herida en estructura.
Cómo hacer que el abandono sirva para algo.

Kaelen apretó los puños.

—Él no quiere ayudarte —dijo—. Quiere que te parezcas a él.

Elise guardó silencio.

Largo.

Demasiado largo.

—Le daré una oportunidad —dijo al fin—.

Kaelen la miró como si acabara de caerle una bala en el pecho.

—Elise…

—No porque confíe —continuó—. Sino porque no quiero seguir viviendo reaccionando al miedo.

Seraphiel inclinó la cabeza.

—Sabia decisión.

Y ahí ocurrió algo imperdonable.

Seraphiel dejó de mirarla como función.

Por un instante, Elise no le importó.

Y eso lo desestabilizó.

No porque la perdiera.

Sino porque no la necesitaba para calcular.

Algo se movió en él.
Algo oscuro.
No odio.
Deseo de control emocional.

—Tu madre —dijo, de pronto— gritó tu nombre cuando creyó que nadie la oía.

Elise se congeló.

Kaelen avanzó.

—No sigas.

Seraphiel sonrió.

—¿Quieres saber qué decía después?

Elise apretó los dientes.

—Para.

—Decía: “Si no la hubiera tenido, tal vez Dios me habría mirado.”

Elise sintió el golpe como si le arrancaran algo del pecho.

Seraphiel observó la reacción con atención indebida.

Y algo dentro de él disfrutó.

No del dolor.

Del control.

Kaelen lo vio.

—Esto no es redención —escupió—. Es tortura refinada.

Seraphiel lo miró con frialdad nueva.

—No. Esto es educación emocional.
Y ella necesita aprender de dónde viene… para obedecer mejor a donde va.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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