El susurro de las rosas y sombras

Capítulo 20 — El trueque de las alas

Elise dejó de soñar primero.
No ocurrió de golpe, sino como ocurre todo lo irreversible: en silencio.

Al principio creyó que era cansancio. Luego, que era disciplina. Seraphiel le había dicho que los sueños eran residuos de la mente humana, ecos inútiles de una conciencia imperfecta. Ella quiso creerle. Quiso pensar que dormir sin imágenes era una señal de avance.

Pero pronto comprendió la verdad:
ya no había nada dentro de ella que necesitara expresarse mientras dormía.

Cuando cerraba los ojos, no veía recuerdos, ni deseos, ni temores.
Veía estructuras. Patrones. Coros geométricos de luz que no cantaban, sino que calculaban.

Seraphiel jamás se sentó junto a ella.
Nunca la tocó.
Nunca elevó la voz.

No lo necesitaba.

—La humanidad no se pierde —le explicaba con suavidad—. Se trasciende. Es como dejar una habitación demasiado pequeña.

Elise asentía.
Antes habría dudado. Antes habría hecho preguntas inútiles como ¿y si no quiero salir?
Ahora, la noción de querer le parecía primitiva.

Cada día, algo se desprendía de ella.

Primero fue el asombro.
Luego la nostalgia.
Después, el dolor.

No porque no los sintiera… sino porque dejó de identificarlos como propios.

Kaelen fue el único que lo notó a tiempo.
Y aun así, llegó tarde.

Lo vio en detalles mínimos:
en cómo Elise caminaba sin titubeos, incluso en terrenos sagrados que antes la hacían vacilar.
En cómo su respiración se sincronizaba con los círculos que trazaba al danzar.
En cómo su cuerpo dejaba de reaccionar antes de que su mente decidiera hacerlo.

Una noche, Elise cayó desde una altura imposible.
Kaelen corrió hacia ella, el corazón golpeándole el pecho con una violencia humana que lo sorprendió.

—¡Elise!

Ella se levantó del suelo como si nada.

—No fue significativo —dijo—. El impacto fue absorbido.

Kaelen la miró, horrorizado.

—Eso… eso debió dolerte.

Elise ladeó la cabeza.
No con curiosidad, sino con evaluación.

—El dolor no es necesario para registrar daño —respondió—. Es solo una alarma biológica.

Kaelen retrocedió un paso.
Antes, él había hablado así.

Porque Kaelen estaba cambiando en la dirección opuesta.

Sentía frío cuando la noche se alargaba.
Sentía hambre, no de energía, sino de comida absurda y terrestre.
Sentía miedo, no por el cielo ni por las guerras antiguas, sino por la idea insoportable de perder a Elise sin que ella siquiera lo notara.

El ángel caído estaba aprendiendo a apegarse.
A desear.
A sufrir.

Y eso lo volvía peligrosamente humano.

Seraphiel observaba ese intercambio con una serenidad antigua.

—Es hermoso —dijo una vez—. El equilibrio siempre exige un precio.

Kaelen lo enfrentó entonces, sin cortesía, sin reverencias.

—La estás vaciando.

Seraphiel no negó la acusación.

—La estoy afinando.

Kaelen apretó los puños.

—No es un arma.

—No —corrigió Seraphiel—. Es un recipiente.

Entonces habló.
De aquello que había esperado siglos para pronunciar.

Los nephilim no eran errores.
Habían sido intentos fallidos.

—La creación fue torpe —explicó—. Se mezcló lo divino con lo humano sin control, sin propósito. El resultado fue caos.

Kaelen sintió el peso de la verdad antes de escucharla completa.

—Pero Elise… —susurró—. Ella es diferente.

—Exactamente.

Seraphiel caminó alrededor de un antiguo círculo sellado.

—Ella conserva voluntad humana suficiente para abrir el umbral… y estructura celestial suficiente para no romperse. Es el catalizador perfecto.

Kaelen negó con la cabeza.

—La estás usando.

—La estoy cumpliendo.

Elise estaba presente.
Escuchó cada palabra.
Y lo más terrible fue que ninguna le provocó rechazo.

—Si esto evita más destrucción —dijo con calma—, es una solución aceptable.

Kaelen la miró como si la hubiera perdido en ese instante.

—Eso no lo dirías tú —murmuró—. No la Elise que yo conocí.

Durante un segundo —solo uno— algo tembló en ella.
Un recuerdo: la risa. El miedo. El calor de una mano humana.

Seraphiel no alzó la voz.

—Las emociones distorsionan el juicio —susurró—. Tú ya ves con claridad.

El temblor cesó.

Esa noche, Elise danzó sola.

Cada paso borraba una emoción.
Cada giro sellaba una memoria.
Cada movimiento perfeccionaba el diseño que no había elegido… pero que ya no cuestionaba.

Kaelen la observó desde la sombra, sintiendo algo que jamás había sentido cuando aún era un ángel completo:

impotencia.

Y en los cielos superiores, donde las leyes no se escriben sino que se imponen,
los primeros nephilim respondieron al llamado.

No nacieron.
No descendieron.

Fueron activados.

Y Elise, en el centro del círculo,
no lloró.
No dudó.
No pidió ser salvada.

Porque ya no sabía qué significaba necesitarlo.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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