El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 21 La ley que sangra

El primer signo fue el silencio.

No el silencio común de una habitación vacía, sino ese otro, profundo y antinatural, que aparece cuando el mundo —por un instante— se arrepiente de existir. Las velas del círculo no parpadearon. La humedad del aire dejó de moverse. Incluso el polvo suspendido pareció quedarse inmóvil, como si temiera caer en el lugar equivocado.

Elise estaba en el centro.

Descalza. Recta. Con la espalda erguida como una estatua a la que alguien hubiera olvidado darle alma. Sus ojos no buscaban a Kaelen ni a Seraphiel. Miraban a través de ellos, a un punto invisible donde las leyes se alineaban como costillas.

Kaelen sintió una punzada en el pecho, humana, insoportable.
No por él. Por ella.

La recordaba riendo en medio del horror, aferrándose al mínimo gesto de belleza como quien guarda un fósforo encendido en una tormenta. La recordaba temblando, viva, imperfecta. La recordaba… persona.

Ahora parecía una idea.

Seraphiel no invadía el círculo. No era necesario. Se quedó al borde, donde la sombra del santuario rozaba los símbolos, como un sacerdote que no toca el altar para no mancharse con lo mortal.

—Ahora —dijo.

No fue una orden. Fue una clave. Una nota exacta en el tono exacto. Elise respondió al sonido como responde una puerta al cerrojo.

Empezó la danza.

Al principio, Kaelen quiso mentirse: “todavía es ella”. El movimiento tenía su cuerpo. Tenía su ritmo. Tenía su fragilidad. Pero al segundo giro comprendió que no. La fragilidad había desaparecido. La duda también. Sus pasos no nacían de impulso, sino de cálculo. El aire se abría por donde ella pasaba, como si el espacio obedeciera.

Cada pisada era una ecuación.
Cada giro, un sello.
Cada pausa… una herida.

El círculo comenzó a emitir un brillo tenue, como sangre luminosa bajo la piel del suelo. La realidad se tensó. Las paredes vibraron. Algo, detrás del mundo, empezó a empujar.

Kaelen avanzó sin pensar.
—¡Elise!

Ella no volteó.

Seraphiel sonrió apenas, una curvatura mínima de labios que no prometía misericordia.
—No la distraigas. La distracción es humana.

Kaelen sintió el odio subirle como veneno. Pero también sintió otra cosa: miedo. Miedo real. Miedo de perderla sin siquiera tener el derecho de despedirse.

Elise trazó el cuarto círculo y el quinto. La atmósfera se fracturó con un sonido sordo, no audible, más parecido a presión en los dientes que a un golpe. La grieta apareció frente a ella: un hilo negro, finísimo, en el aire. Y el hilo se abrió como se abre una costura bajo demasiada tensión.

El nephilim se manifestó.

No cayó del cielo. No emergió del suelo. Simplemente estuvo.

Alto. Desproporcionado. Tejido de luz rota y carne indecisa, como si alguien hubiera intentado recordar un ángel y se hubiera equivocado a propósito. No tenía alas completas: eran sombras de alas, promesas a medias. Su rostro era una posibilidad, nunca una forma definitiva. Y aun así… tenía ojos.

O algo que hacía el trabajo de los ojos.

Se fijaron en Elise con hambre de origen.

Elise inhaló por primera vez en mucho tiempo, como si su cuerpo recordara que respirar también era una elección. Sus dedos temblaron. La danza titubeó medio segundo.

Y en ese medio segundo, la humanidad regresó.

No entera. No limpia.
Regresó como regresa un nombre en la boca cuando uno cree haberlo olvidado.

Elise parpadeó.
Vio la escena como si despertara dentro de su propia vida: el círculo, el brillo, el monstruo santo, Seraphiel al borde, Kaelen con los ojos encendidos de desesperación. Sintió el frío en los pies. Sintió la piel. Sintió el miedo. Y el miedo vino acompañado de una ola de dolor, no físico, sino existencial: la certeza de que algo en ella había estado apagándose y que había permitido que ocurriera.

—Kaelen… —susurró, y su voz sonó humana, quebrada, viva.

Kaelen se lanzó hacia ella, como si esa sola sílaba lo hubiera devuelto a la esperanza.
—Elise, mírame. Mírame, por favor. No tienes que—

Seraphiel dio un paso hacia adelante, lo suficiente para que su sombra tocara el borde del círculo.
—No —dijo suavemente, y en esa suavidad había amenaza—. No la vuelvas sentimental. La claridad duele. Es normal. Pero pasará.

Elise apretó los dientes. Lágrimas calientes le nublaron la vista. No sabía si lloraba por lo que veía o por lo que ya había perdido.

El nephilim, al sentir la vacilación, reaccionó.

La grieta tembló. Las velas se apagaron y encendieron al mismo tiempo. La realidad intentó corregirse: el cielo, allá arriba, percibió el error como una infección y comenzó a cerrar el umbral con violencia.

Kaelen lo sintió como una mano gigantesca oprimiéndole el pecho.

El círculo crujió. Elise cayó de rodillas, jadeando. El nephilim dio un paso —un paso que no debería haber sido posible— y la presión aumentó hasta volverse insoportable, como si el universo quisiera aplastarlos para recuperar el control.

Kaelen entendió entonces, con claridad brutal:

Si el cielo cerraba el umbral, Elise moriría en el rebote de esa corrección.
Si Seraphiel lo mantenía abierto, Elise sería vaciada hasta convertirse en herramienta.
Y si nadie intervenía… el nephilim nacería sin ancla y devoraría lo que encontrara.

No había salida limpia.

Solo había una salida.

Kaelen extendió las alas.

No eran las alas perfectas de un ángel. Eran alas marcadas, con plumas que parecían recordar caídas antiguas. Aun así, cuando las abrió, el aire tembló con memoria sagrada.

—Kaelen— advirtió Seraphiel, por primera vez sin calma absoluta.
—No —respondió Kaelen, y su voz sonó como una decisión final.

Pronunció su nombre verdadero.

No el que los humanos le daban. No el que Elise conocía. El nombre que solo existe en el idioma de las leyes, el nombre que lo había atado al cielo desde antes del tiempo. Pronunciarlo era una blasfemia ontológica: un ángel no se nombra a sí mismo contra su origen. Un ángel no rompe el vínculo que lo define.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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