El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 22 La anomalia que camina

El mundo no se rompió de inmediato.

Ese fue el primer error de cálculo.

Después de la danza, después del grito silencioso del nephilim y de la herida abierta en la ley, todo siguió existiendo con una normalidad ofensiva. Las piedras del santuario no se derrumbaron. El cielo no cayó. El aire volvió a moverse. Incluso el polvo retomó su lento descenso, como si nada irreparable hubiera ocurrido.

Pero Kaelen lo supo al instante:
la estabilidad era solo un retraso.

Elise seguía de pie en el centro del círculo apagado. Ya no brillaba. Ya no sangraban símbolos bajo sus pies. No había luz ni sombra sobrenatural rodeándola. Y, sin embargo, el espacio parecía curvarse ligeramente a su alrededor, como si el mundo dudara sobre cómo acomodarla.

Kaelen dio un paso hacia ella.

—Elise…

Ella giró el rostro. Sus ojos lo enfocaron sin dificultad, sin emoción visible. No había vacío en ellos. Tampoco humanidad plena. Era algo más inquietante: presencia.

—Estoy aquí —dijo, como si anticipara la pregunta—. Pero no como antes.

Kaelen tragó saliva.
No se atrevió a tocarla.

El nephilim permanecía detrás de ella, inmóvil. Ya no gritaba. Ya no vibraba. Tenía forma ahora: una forma incompleta, sí, pero definida. Alas que no eran alas del todo. Carne que no era carne. Luz que no iluminaba, sino que absorbía atención. No miraba a Seraphiel. No miraba al cielo. Miraba solo a Elise.

Esperaba.

Seraphiel observó la escena con una quietud peligrosa. La calma había regresado a su rostro, pero no era la misma de antes. Ya no era la calma del control absoluto, sino la de quien recalcula tras perder una pieza clave.

—Te has convertido en una anomalía —dijo al fin—. Una que no debería sostenerse.

Elise inclinó la cabeza apenas.

—Y sin embargo, aquí estoy.

Seraphiel la estudió con detenimiento. No como se observa a una persona, sino como se analiza un fenómeno.
—No eres humana. Tampoco celestial. Has roto la función para la que fuiste preparada.

—No —corrigió Elise—. He roto la función que decidiste para mí.

Kaelen sintió un estremecimiento.
Esa respuesta… esa elección consciente…
había algo de la Elise que conocía ahí. Distorsionada, sí, pero viva.

—Esto no es victoria —replicó Seraphiel—. Es inestabilidad. El cielo no tolera variables libres durante mucho tiempo.

Como si hubiera sido convocado por esas palabras, el aire se tensó.

Kaelen lo sintió primero en la piel: un frío que no venía de la temperatura, sino de la ausencia de permiso. El cielo estaba reaccionando. No con furia inmediata, sino con el peso de una sentencia que ya había sido firmada.

—Vienen —dijo Kaelen.

Elise asintió.
—Lo sé.

Y en esa simple aceptación había algo aterrador.

No miedo.
No desafío.
Aceptación.

El suelo tembló levemente cuando el primer Enviado descendió.

No apareció como los nephilim antiguos, no con violencia ni caos. Surgió con precisión quirúrgica, materializándose en un punto exacto del espacio. Su forma era perfecta en su simetría: alas completas, rostro sereno, ojos sin pupilas. No había duda en él. No había conflicto.

—Kaelen —dijo con voz que no necesitaba aire—. Has violado la Ley de Origen.

Kaelen se adelantó sin pensar, colocándose frente a Elise.

—Si vienes por ella, tendrás que pasar por mí.

El Enviado lo miró como se mira a algo que ya ha sido clasificado.

—Tú ya no eres relevante. Tu sentencia será ejecutada después.

Elise dio un paso al frente.

El espacio reaccionó.
No violentamente.
Pero sí… con incomodidad.

—No —dijo ella—. Si hay una corrección que hacer, empieza conmigo.

El Enviado la observó. Y por primera vez, algo parecido a una demora ocurrió en su procesamiento.

—Identidad no registrada —pronunció—. Estado ontológico: indeterminado.

Seraphiel sonrió apenas.

—Ahí está el problema —dijo—. No puede decidir qué hacer con ella… porque no entra en ninguna categoría.

El Enviado elevó la mano. El aire a su alrededor se plegó, formando símbolos antiguos, ejecutables, irreversibles.

Kaelen gritó:
—¡Elise!

Ella no lo miró.

No por indiferencia.
Sino porque estaba escuchando algo más.

Desde el interior de su pecho —donde antes había latido un corazón humano— ahora existía un silencio profundo. Y dentro de ese silencio, una resonancia. No una voz. No una orden. Una posibilidad.

Elise entendió entonces.

No había sido vaciada.
Había sido reconfigurada.

—No puedes corregirme —dijo, mirando al Enviado—. Porque no soy un error del sistema. Soy una consecuencia.

El Enviado dudó.

Ese microsegundo de duda fue suficiente para que el cielo cometiera su segundo error.

El nephilim se movió.

No atacó.
Se colocó detrás de Elise, como una sombra obediente.

El aire vibró.

—Entidad nephilim —dijo el Enviado—. Debe ser sellada.

—No —respondió Elise—. No es una entidad. Es un vínculo.

Y entonces ocurrió algo que ni Seraphiel había previsto del todo.

Elise extendió la mano.

No danzó.
No recitó.
No ejecutó ningún símbolo.

Simplemente eligió.

El nephilim respondió.

No como arma.
No como creación.

Sino como extensión.

La luz del Enviado se fragmentó, no destruida, sino desalineada. Sus símbolos fallaron al intentar anclarse a una realidad que ya no reconocía las mismas jerarquías.

El Enviado retrocedió.

Seraphiel frunció el ceño por primera vez.

—Esto es insostenible —dijo—. Estás forzando una estructura que no puede durar.

Elise lo miró.

Y por un instante, algo humano regresó a su expresión. Tristeza. Cansancio.

—Nunca quise durar —respondió—. Solo quise decidir.



#3190 en Fantasía
#1176 en Joven Adulto

En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.