La primera señal no fue el frío.
Tampoco el silencio.
Fue la ausencia de culpa.
Elise lo comprendió al observar sus propias manos: aún eran humanas en forma, aún temblaban ligeramente cuando cerraba los dedos… pero algo esencial ya no respondía. La culpa —ese reflejo torpe y doloroso que antes la hacía dudar— había dejado de morderle el pecho.
Y eso la aterrorizó más que cualquier herida.
El salón estaba en penumbra. Velas negras flotaban en el aire sin consumir cera, sostenidas por una voluntad que no era suya. El suelo, marcado por círculos antiguos, respiraba con un pulso lento, como si el lugar tuviera corazón.
Seraphiel permanecía frente a ella, inmóvil. No sonreía. No necesitaba hacerlo.
—No has perdido tu humanidad —dijo con voz suave—. Solo estás aprendiendo a soltarla.
Elise alzó la mirada. Antes habría discutido. Habría gritado. Habría llorado.
Ahora… solo inclinó la cabeza.
—¿Eso es lo que llamas aprendizaje? —preguntó, sin veneno, sin fuego—. ¿Dejar de sentir?
Seraphiel caminó a su alrededor, pasos silenciosos, alas plegadas como sombras obedientes.
—Sentir es un exceso humano —respondió—. La compasión, el miedo, la culpa… son lastres. Tú no estás hecha para arrastrarlos.
Elise cerró los ojos. Algo dentro de ella —una voz débil, casi ahogada— intentó protestar.
Pero Seraphiel ya estaba ahí. Siempre estaba ahí.
—¿Recuerdas cuando dudabas al usar la danza? —continuó—. Cada paso te desgarraba. Cada giro te pedía un precio. Ahora bailas sin romperte.
Eso era cierto.
Y ese era el problema.
La danza acudía a ella como un reflejo. No había resistencia. No había dolor inmediato. Solo una eficiencia limpia… cruel.
—¿Qué me estás quitando? —susurró Elise.
Seraphiel se detuvo frente a ella.
—Nada que no te haya estado matando lentamente.
Kaelen sangraba.
No de las alas —esas ya casi no respondían al castigo celestial— sino de algo más profundo. Cada latido era pesado. Humano. Demasiado humano.
Estaba arrodillado en el claustro inferior, la piedra fría clavándosele en las rodillas, mientras el cielo observaba sin rostro ni voz. Ya no había relámpagos. No había fuego. Solo la certeza de haber cruzado un punto sin retorno.
Había protegido a Elise.
Y el cielo no perdonaba eso.
—Antes no dolía así —murmuró, llevándose una mano al pecho.
El castigo no era físico. No del todo.
Era memoria.
Le estaban devolviendo recuerdos que había enterrado: risas humanas, nombres olvidados, el sonido del pan rompiéndose entre dedos mortales, el peso de una vida breve… significativa.
Kaelen jadeó.
—Basta…
Pero el cielo no escuchaba súplicas. Solo corregía desviaciones.
Y Kaelen era una desviación.
Pensó en Elise. En sus ojos, cada vez más quietos. En su voz, cada vez más controlada.
En cómo ya no le preguntaba si estaba bien.
—Estoy llegando tarde —susurró—. Otra vez.
El ritual comenzó sin anuncio.
No hubo trompetas ni señales grandiosas. Solo una vibración baja que recorrió los planos como una grieta invisible.
Los Nephilim despertaron.
No todos. No aún.
Pero los marcados… sí.
Seraphiel extendió una mano sobre el círculo central. Símbolos antiguos se encendieron como heridas abiertas en la tierra.
—El equilibrio está podrido —declaró—. Los Nephilim no deben existir como puentes. Deben ser llaves.
Elise sintió el llamado. No como una orden… sino como una verdad evidente.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué soy en esto?
Seraphiel la miró por primera vez con algo parecido al orgullo.
—El molde.
Elise tragó saliva. Algo —una última chispa— se agitó en su interior.
—¿Los usarás? —dijo—. ¿Los romperás como a mí?
Seraphiel se inclinó apenas, un gesto que habría parecido reverencia en cualquier otro.
—Los elevaré. Aunque no sobrevivan al proceso.
Silencio.
Elise pensó en los niños que había visto en sueños. En las alas incompletas. En las miradas asustadas.
Antes, eso la habría hecho gritar.
Ahora…
—Entonces hazlo rápido —dijo—. El dolor prolongado es innecesario.
Seraphiel sonrió por primera vez.
Kaelen llegó tarde.
Siempre llegaba tarde.
El portal se abrió como una herida forzada, arrancándole un gemido ahogado. Cayó al suelo del salón ritual, las marcas brillando con violencia ante su presencia.
—Elise —dijo, con la voz rota—. Mírame.
Ella se giró despacio.
Y Kaelen entendió que algo se había perdido.
—Estás sangrando —observó Elise, sin moverse.
Kaelen rió, un sonido desesperado.
—¿Eso es todo lo que ves?
Ella lo miró con atención clínica. No había burla. Tampoco amor evidente.
—Estás cambiando —continuó—. Te estás volviendo… frágil.
Kaelen se puso de pie con esfuerzo.
—Porque estoy vivo —respondió—. Porque duele. Porque importa.
Elise frunció ligeramente el ceño, como si esa idea le resultara extraña.
—Eso es lo que Seraphiel dice que nos destruye.
Kaelen la tomó del rostro sin pensar, ignorando el ardor que le quemó la piel al tocarla.
—Eso es lo que nos hace reales.
Por un segundo —solo uno— Elise vaciló.
Sus ojos parpadearon. Su respiración se desordenó.
Seraphiel avanzó.
—No la confundas —ordenó—. Está más allá de tus conceptos humanos.
Kaelen se giró, furia y dolor mezclados.
—La estás vaciando.
—La estoy perfeccionando.
Elise dio un paso atrás.
Y esa distancia fue un abismo.
—Kaelen… —dijo, con voz baja—. Si sigues así, morirás.
Él sonrió, cansado.
—Entonces aún puedo elegir.
Seraphiel alzó la mano.
—La elección ya no es tuya.
El círculo ardió con violencia.
Los símbolos reclamaron sangre, memoria, voluntad.
Elise cerró los ojos… y dio el paso final dentro del centro del ritual.