El mundo no se quebró de inmediato.
No hubo un estruendo final ni un cielo incendiado.
Primero vino el desfase.
Las campanas sonaron fuera de hora. Los ríos olvidaron por instantes su cauce. Los animales levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si escucharan un nombre que nadie se atrevía a pronunciar. En los templos, las velas se apagaron solas; en los hogares, los espejos tardaron un segundo más en devolver los reflejos.
Nada era lo bastante grave como para llamar al pánico.
Todo era lo bastante extraño como para no poder ignorarse.
Los Nephilim despertaron.
No como héroes.
No como heraldos.
Despertaron confundidos.
Algunos cayeron de rodillas, vomitando luz oscura. Otros gritaron hasta desgarrarse la garganta. Hubo quienes rieron sin control, y quienes simplemente se quedaron inmóviles, con los ojos abiertos, como si algo hubiera apagado el interruptor que los hacía humanos.
No eran llaves limpias.
Eran puertas rotas.
Seraphiel observó los informes con una serenidad impecable. Para él, las variables eran aceptables. El caos, previsible. El sufrimiento, un subproducto necesario.
—La transición siempre es violenta —dijo—. La imperfección no invalida el resultado.
Elise no respondió.
Se encontraba en una habitación blanca, demasiado blanca. Las paredes no tenían grietas, ni sombras, ni historia. El silencio era tan puro que resultaba ofensivo.
Se sentó en la orilla de la cama y apoyó las manos sobre las rodillas.
No temblaban.
Eso fue lo primero que notó.
Antes, incluso en calma, su cuerpo traicionaba algo: ansiedad, anticipación, miedo. Ahora, su pulso era regular. Su respiración, exacta. Cada latido parecía obedecer una métrica ajena.
—Debería sentir algo —murmuró.
Cerró los ojos y buscó dentro.
Encontró espacios.
No heridas abiertas ni dolor punzante, sino vacíos. Habitaciones internas donde antes había recuerdos pequeños e inútiles: el olor del pan caliente, una risa que no recordaba por qué era graciosa, el impulso absurdo de llorar al ver caer la lluvia.
Intentó aferrarse a uno.
No pudo.
El recuerdo se deshacía como polvo entre los dedos.
Elise abrió los ojos con brusquedad.
—No… —susurró.
Se puso de pie y caminó por la habitación. Sus pasos no resonaban. Nada resonaba allí. Tocó la pared: fría, lisa, perfecta.
Demasiado perfecta.
La danza acudió a ella sin ser llamada. Sintió los pasos ordenarse en su mente, listos, disponibles, eficientes.
Eso seguía ahí.
Todo lo demás… no estaba segura.
Kaelen despertó con un sabor metálico en la boca.
La luz le dolía. El aire le dolía. Existir le dolía.
Tardó en recordar dónde estaba: un refugio menor, un espacio olvidado entre planos, uno de esos lugares donde el cielo no miraba demasiado de cerca. Se incorporó con dificultad y apoyó una mano en el suelo.
Estaba caliente.
Miró sus dedos.
Sangre.
—Sigo sangrando… —rió sin humor—. Bien.
El alivio fue inmediato y terrible.
Porque sangrar significaba que aún podía perder.
Y perder significaba que aún podía elegir.
Se llevó la mano al pecho. El vínculo con Elise estaba… distinto. No roto. No cortado.
Atenuado.
Como una voz al otro lado de una pared gruesa.
—¿Qué te hizo? —susurró.
No obtuvo respuesta.
Los Nephilim comenzaron a mostrar efectos secundarios.
Algunos desarrollaron una lucidez cruel, viendo patrones donde no los había, incapaces de detenerse. Otros perdieron la noción del tiempo; vivían en un presente continuo, sin pasado ni futuro. Hubo quienes dejaron de dormir… y quienes no pudieron volver a despertar del todo.
Seraphiel llamó a eso ajuste.
Elise los observaba desde lejos.
No se acercaba. No porque no quisiera ayudar… sino porque algo en ella calculaba distancias, riesgos, eficiencias.
Y esa voz no era suya.
Un Nephilim joven —apenas un niño— la miró directamente. Sus ojos tenían demasiada luz, demasiada comprensión.
—¿Esto se va a ir? —preguntó.
Elise abrió la boca.
La respuesta no llegó.
No supo qué decirle. No porque fuera cruel… sino porque la pregunta no activó nada dentro de ella.
Eso fue peor.
—No lo sé —dijo al final, con honestidad neutra.
El niño asintió, como si hubiera esperado exactamente eso.
Cuando se fue, Elise sintió un tirón leve en el pecho. No dolor. No culpa.
Una ausencia.
Se llevó la mano al corazón.
—Estoy perdiendo cosas —susurró—. Y ni siquiera sé cuáles.
Seraphiel apareció a su lado sin ruido.
—Es normal —dijo—. El desprendimiento siempre se siente así al principio.
Elise no lo miró.
—No se siente —corrigió—. Ese es el problema.
Seraphiel la observó en silencio unos segundos de más.
—¿Te arrepientes?
Elise pensó en la pregunta. La analizó. Buscó la reacción esperada.
No la encontró.
—No —respondió—. Pero tampoco… estoy aquí del todo.
Seraphiel inclinó la cabeza, satisfecho.
—Entonces el proceso funciona.
Elise cerró los ojos.
Muy adentro, en un lugar que Seraphiel aún no había tocado del todo,
algo pequeño y terco golpeó una vez.
No fue suficiente para detener nada.
Pero fue suficiente para no desaparecer.
Y eso, en un mundo que ya estaba reaccionando,
podría convertirse en el error más peligroso de todos.