Elise dejó de soñar con imágenes.
No fue inmediato. Al principio, los sueños se volvieron breves, fragmentados, como escenas mal cortadas. Luego perdieron color. Después sonido.
Hasta que una noche despertó sabiendo, con una claridad inquietante, que no había soñado nada.
No oscuridad.
No vacío.
Nada.
Abrió los ojos antes del amanecer. El techo estaba ahí, intacto, inmóvil. Contó las respiraciones. Todas exactas. Ninguna agitada. Ninguna inútil.
Antes, al despertar, siempre había un residuo: nostalgia sin causa, una emoción sin nombre, la sensación de haber estado en otro lugar.
Ahora no quedaba rastro.
—Así que esto es —murmuró.
Se incorporó y apoyó los pies en el suelo frío. No se estremeció. Observó el detalle con atención clínica y lo registró como una anomalía menor.
La pérdida no gritaba.
Se manifestaba en detalles íntimos.
En cómo el agua caliente ya no le arrancaba un suspiro.
En cómo el silencio no le pesaba.
En cómo su reflejo le devolvía la mirada sin juicio ni familiaridad.
Se miró largo rato al espejo.
—Sigo siendo yo —dijo en voz alta.
La frase sonó correcta.
No verdadera.
Kaelen apareció al borde del sueño que no existía.
No como antes.
Antes, Elise lo sentía llegar: una presión suave en el pecho, una alteración del aire, una calidez incómoda y reconfortante.
Ahora fue solo… información.
Una presencia reconocida.
No deseada.
No temida.
—Elise —dijo él, su voz quebrándose en cuanto pronunció su nombre—. Por favor.
Ella parpadeó. El entorno no cambió. El mundo no se dobló para recibirlo. No hubo transición onírica porque ya no había sueño que atravesar.
—No estás entrando —observó—. Estás llamando desde afuera.
Kaelen dio un paso que no fue un paso. Se veía mal. Más humano. Más cansado. La luz alrededor de sus alas era irregular, como una herida que no cerraba.
—Te siento cada vez menos —admitió—. Y eso me está matando.
Elise inclinó la cabeza, estudiándolo.
—No debería ser tan intenso —respondió—. Si estás sufriendo así, el vínculo se está degradando de forma ineficiente.
Kaelen cerró los ojos.
—No hables como él.
—No estoy hablando como Seraphiel —replicó ella—. Estoy describiendo lo que ocurre.
Se acercó un poco más. No por impulso, sino por curiosidad. Extendió la mano… y se detuvo antes de tocarlo.
Había una resistencia invisible.
No un muro.
Una decisión que ya no nacía.
—¿Recuerdas —dijo Kaelen, con voz baja— la primera vez que soñaste conmigo?
Elise buscó el recuerdo.
Encontró un archivo incompleto.
—Sé que ocurrió —respondió—. Pero no puedo… sentirlo.
Kaelen abrió los ojos, húmedos.
—Ese sueño te dio miedo —susurró—. Y aun así, sonreíste.
Elise bajó la mano.
—El miedo es una reacción exagerada del sistema —dijo—. Seraphiel dice—
—No me importa lo que diga —interrumpió Kaelen—. Me importa lo que eras.
Algo pasó entonces.
No grande.
No épico.
Un desfase mínimo.
Elise sintió una incomodidad leve, como una presión mal ubicada. No dolor. No culpa.
Pero tampoco neutralidad.
—No me pidas que vuelva —dijo—. No sé dónde estaba.
Kaelen se acercó todo lo que pudo. Su voz temblaba.
—Entonces dime cómo alcanzarte ahora.
Elise lo miró largo rato. Y por primera vez desde el ritual, no tuvo respuesta inmediata.
—No lo sé —admitió—. Y eso debería preocuparnos.
Kaelen intentó tocarla.
No pudo.
Su mano atravesó el espacio donde ella estaba, como si Elise ya no terminara de existir en el mismo plano emocional.
—Te estás yendo —dijo él, roto—. Y ni siquiera estás luchando.
Elise negó lentamente.
—No estoy yendo a ningún lado —respondió—. Solo estoy… quedándome sin partes.
La presencia de Kaelen comenzó a desvanecerse. No porque él se rindiera, sino porque el vínculo no tenía dónde sostenerse.
—Elise —la llamó una última vez—. Si aún queda algo… respóndeme cuando duela.
Ella cerró los ojos.
Buscó el dolor.
Encontró silencio.
Cuando volvió a abrirlos, estaba sola.
Despierta.
Íntegra en forma.
Fragmentada en esencia.
Y en algún lugar profundo, inaccesible incluso para Seraphiel,
un recuerdo sin imagen intentó convertirse en sueño…
y falló.