Seraphiel no eligió el momento por dramatismo.
Eligió el momento por eficiencia.
El mundo ya estaba inestable. Los Nephilim mostraban fallas impredecibles. Kaelen había perdido su última protección. Elise ya no soñaba. Todas las variables estaban expuestas, vulnerables, listas.
Ese era el instante perfecto para decir la verdad.
No porque fuera justo.
Sino porque ya no podía cambiar nada.
Elise se encontraba en el centro del santuario mayor, un espacio que nunca había sido consagrado con símbolos de fe, sino con geometría. Líneas exactas. Ángulos imposibles. El lugar no inspiraba reverencia: imponía orden.
El suelo bajo sus pies respondía a su presencia con una vibración suave, como si el lugar la reconociera no como visitante, sino como componente.
Eso también era parte de la verdad.
Seraphiel apareció sin transición. No hubo alas desplegadas ni luz celestial descendente. Simplemente estuvo ahí, como si el mundo hubiera recordado de pronto que siempre le perteneció.
—Estás más estable —observó—. El desprendimiento progresa mejor de lo previsto.
Elise lo miró sin expresión.
—He perdido la noción del tiempo —respondió—. ¿Eso también entra en tus proyecciones?
—El tiempo es una herramienta humana —dijo Seraphiel—. Para ti ya no es necesario.
Ella inclinó la cabeza, no en sumisión, sino en análisis.
—Entonces dime —pidió—. Todo. Ahora.
Seraphiel la observó unos segundos. No con duda. Con cálculo.
—Bien.
No hubo advertencia. No hubo suavidad.
La verdad cayó como una estructura revelada de golpe, sin capas intermedias.
—Nunca fuiste elegida por azar, Elise —comenzó—. Tampoco por virtud, ni por sacrificio. Tu nacimiento fue una respuesta funcional a una falla antigua.
Elise sintió una presión en el pecho. No dolor. Una resonancia hueca.
—¿Qué falla?
Seraphiel caminó a su alrededor. Cada paso parecía ajustar el espacio.
—La creación se fracturó cuando insistimos en el libre albedrío —dijo—. Humanos impredecibles. Ángeles dubitativos. Nephilim inestables. El error no fue la desobediencia. Fue permitir la posibilidad de ella.
Elise lo miró fijamente.
—¿Y yo…?
—Tú fuiste diseñada para corregir eso.
Las palabras no fueron un golpe. Fueron una alineación.
—No como arma —continuó Seraphiel—. Las armas se desgastan. No como sacrificio. Los sacrificios generan ruido. Tú fuiste concebida como interfaz.
Elise tragó saliva.
—¿Interfaz entre qué?
—Entre lo humano y lo absoluto.
El silencio se estiró.
—Mi madre… —empezó Elise, y la voz le falló un segundo—. ¿Qué fue ella en tu sistema?
Seraphiel no esquivó la pregunta.
—Una portadora compatible —respondió—. Su apego fue irrelevante. Su amor, prescindible.
Algo se movió dentro de Elise. No emoción plena. Una grieta.
—¿La usaste?
—No —corrigió Seraphiel—. La empleé.
Elise cerró los ojos. Por un segundo, imágenes sueltas intentaron emerger: manos cálidas, una voz cantando sin melodía, un olor que no podía nombrar.
El sistema interno las descartó.
—¿Y Kaelen? —preguntó, con voz controlada—. ¿También fue irrelevante?
Seraphiel se detuvo.
—Kaelen fue un error de arrastre.
Elise abrió los ojos de golpe.
—Explícate.
—Kaelen pertenecía a una generación anterior —dijo Seraphiel—. Ángeles diseñados para acompañar, no para corregir. Su función era observar, guiar mínimamente, retirarse. Pero desarrolló apego. Y el apego genera desviación.
—Él me protegió.
—Él te interfirió.
Elise sintió algo parecido a irritación.
—Me enseñó a dudar.
Seraphiel la miró entonces con algo que no era ira, sino decepción matemática.
—Exactamente.
Elise apretó los puños.
—¿Entonces todo esto… mi danza, mi desgaste, mi pérdida… fue porque a alguien le molestaba la duda?
—Fue porque la duda ralentiza la corrección —respondió Seraphiel—. Tú no estás aquí para sentirte completa. Estás aquí para funcionar.
Elise dejó escapar una risa breve. Vacía.
—¿Y los Nephilim?
—Una consecuencia necesaria —dijo—. Nunca debieron existir como puentes. Un puente permite tránsito en ambos sentidos. Eso es inaceptable.
—Entonces los rompiste.
—Los reconfiguré.
Elise dio un paso atrás.
—Son niños.
—Son llaves incompletas.
La palabra cayó como una sentencia sin metáfora.
—¿Y cuando se rompan? —preguntó Elise—. ¿Cuando no sobrevivan?
Seraphiel inclinó la cabeza, como si la pregunta careciera de peso real.
—La supervivencia individual nunca fue un parámetro relevante.
Elise lo miró largo rato. Su rostro permanecía sereno, pero algo en sus ojos se había vuelto más oscuro. No más frío: más enfocado.
—¿Esto es lo que defiendes? —preguntó—. ¿Este es tu principio?
Seraphiel respondió sin vacilar:
—Sí.
No como confesión.
Como declaración de principios.
—El universo no necesita compasión —continuó—. Necesita coherencia. El sufrimiento es un subproducto estadístico. La humanidad es ruido emocional. El libre albedrío es una falla romántica.
Elise respiró hondo.
—¿Y Dios? —preguntó—. ¿Dónde encaja Dios en todo esto?
Por primera vez, Seraphiel sonrió.
No con burla. Con lucidez amarga.
—Dios permitió el error —dijo—. Y luego se retiró del proceso.
Elise sintió un vacío abrirse bajo sus pies.
—¿Lo desafías?
—No —corrigió—. Lo sustituyo.
El silencio se volvió insoportable.
—No como deidad —continuó—. Como sistema. Dios creó. Yo optimizo.
Elise cerró los ojos.
Todo encajaba.
La frialdad.
La lógica impecable.
La ausencia total de arrepentimiento.
—Entonces dime algo —dijo—. ¿En qué momento decidiste que yo dejaría de ser humana?