El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 28 Elise recuerda

Elise recordó primero una cosa ridícula.

No un rostro.
No un nombre.
No una tragedia fundacional que justificara su dolor.

Recordó… un gesto.

El movimiento exacto con el que alguien —una mujer, quizá— le acomodaba el cuello del abrigo cuando el viento era demasiado frío. No era un acto heroico. No salvaba vidas. No cambiaba el mundo.

Solo evitaba que el aire se colara por una rendija.

Elise se detuvo en mitad del pasillo del santuario, como si el recuerdo la hubiera empujado contra una pared invisible. El aire era limpio, neutro. Las antorchas no titilaban. Las sombras estaban donde debían estar, ni un centímetro más allá.

Sin embargo, en su garganta apareció un nudo.

No dolor.
No llanto.

Un nudo sin función.

Se llevó la mano al cuello por instinto y tocó la tela. Fría. Perfecta. Sin arrugas. Ajustada como si el mundo la hubiera vestido.

El gesto del recuerdo era distinto. Había torpeza. Había calor de dedos. Había una presión mínima, como un “quédate quieta” dicho con cariño.

Elise abrió la boca.

No dijo nada.

Porque lo más aterrador no era recordar.

Lo más aterrador era lo que el recuerdo hacía: abría una habitación cerrada dentro de ella… y esa habitación estaba vacía de todo lo que importaba al plan.

Inútil, pensó.

Y aun así, su cuerpo reaccionó como si hubiese encontrado agua en medio del desierto.

Siguió caminando. No porque quisiera. Porque el santuario la guiaba. El suelo respondía a su peso como un mecanismo que la registraba. Todo en ese lugar la trataba como un componente esencial. Como una llave insertada en su cerradura correcta.

Pero Elise sentía algo nuevo: un roce incómodo, como si una parte minúscula de su ser se negara a encajar del todo.

Un error de fabricación.

Una falla.

La palabra se le quedó pegada.

Falla.

Seraphiel lo había llamado así.

Elise lo sintió como algo… distinto.

No una falla del sistema.
Una falla del corazón.

No “corazón” como órgano. Corazón como esa zona torpe donde las cosas no obedecen.

Esa noche —si es que aún existían las noches— Elise se acostó sin sueño.

Ya no soñaba. Lo había aceptado. El sueño era un proceso inútil. Seraphiel lo había dicho: herramienta humana. Residuo.

Pero Elise se acostó igual, porque el cuerpo aún recordaba el hábito. Y el hábito era otra forma de memoria.

Cerró los ojos.

Nada.

Luego… una vibración.

No era sueño. Era más parecido a una grieta abriéndose en el silencio.

Elise respiró lento.

Y entonces el recuerdo regresó.

No como una escena.
Como una sensación.

El olor del jabón en manos ajenas. La mezcla extraña entre lavanda barata y agua fría. El tacto del paño húmedo en sus mejillas. Alguien limpiándole la cara con demasiada fuerza, como si el cariño fuera algo que se aprendía a golpes pequeños.

Elise tragó saliva.

La sensación venía acompañada de una certeza: ella estaba enferma. Era niña. Tenía fiebre. Lo sabía sin ver nada, porque la fiebre era un lenguaje que el cuerpo no olvida.

¿Quién eras? quiso preguntar.

El recuerdo no respondió.

Solo dejó una punzada suave en su pecho, un lugar que antes era hueco y ahora dolía como si el vacío hubiera adquirido borde.

Elise se incorporó bruscamente.

Su respiración seguía exacta, pero por primera vez, había un temblor mínimo en sus dedos.

Miró sus manos como si fueran de otra persona.

—Esto… no sirve —susurró.

Y sin embargo, no podía apartarlo.

Se levantó y caminó hacia el espejo.

Su reflejo la observó.

Los ojos estaban ahí. La boca. La piel. Todo en su sitio.

Pero en el reflejo, Elise detectó algo casi imperceptible: una sombra bajo los ojos, no por cansancio, sino por… historia.

Historia inútil.

—¿Dónde estabas guardado? —preguntó al reflejo.

La Elise del espejo no respondió.

Elise apoyó la palma en el cristal.

Y en ese contacto, la tercera pieza cayó.

No un recuerdo bonito.

Un recuerdo tonto.

El sonido de una risa. No una risa en la garganta: una risa contenida, de esas que se reprimen para no despertar a alguien. Un “shh” con los labios, la complicidad de estar haciendo algo prohibido y pequeño. Comer algo dulce a escondidas. Mancharse los dedos.

Elise abrió los ojos con fuerza.

La risa le arañó el pecho.

No porque fuera triste.

Porque era inexplicable.

No había utilidad. No había propósito. No había función.

Había placer.

Había inocencia.

Había una violación al orden por el simple hecho de existir.

Elise se quedó quieta, respirando.

Y por primera vez en días, una palabra apareció sola, sin ser convocada:

—Mamá…

La dijo como si fuera un error.

Y el error la sacudió.

Porque la palabra venía con un borde emocional que ya no sabía sostener. Era como intentar cargar agua con manos rotas.

Elise retrocedió del espejo.

Su cuerpo quiso negar.

Su mente quiso archivar.

Su sistema quiso eliminar.

Pero el recuerdo no era un pensamiento. Era un pedazo vivo en el tejido de su carne.

Ella lo sintió.

Y esa sensación era el principio de algo terrible.

En la sala de observación, Seraphiel hablaba con los custodios del ritual. No eran ángeles completos. Eran extensiones, obediencias con forma. Recibían órdenes y las ejecutaban sin fricción.

Elise entró sin anunciarse.

Seraphiel alzó la mirada. Sus ojos se posaron en ella como quien mira un instrumento para detectar vibraciones.

—Estás alterada —dijo.

Elise no discutió.

—Recordé algo —respondió.

La sala se silenció, como si el aire hubiera perdido su permiso de moverse.

Seraphiel se levantó despacio.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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