El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 29 El intento de huida

La huida no comenzó con pasos.

Comenzó con una negativa.

No fue pronunciada en voz alta. No hizo ruido. No activó alarmas visibles. Pero en el entramado perfecto del plan, esa negativa se sintió como una vibración mal colocada, una nota fuera de la escala.

El sistema lo registró.

Seraphiel también.

Elise estaba de pie frente al umbral menor, un punto de transición entre planos que no figuraba en los mapas principales. No porque fuera secreto, sino porque era irrelevante. Demasiado inestable para un tránsito limpio. Demasiado imperfecto para un uso constante.

Justamente por eso, aún existía.

Elise apoyó la mano sobre la superficie del umbral. No brilló. No respondió con entusiasmo. El portal dudó.

Ella también.

El recuerdo del abrigo, del “shh”, de la risa contenida, seguía ahí, clavado como una astilla. No le daba fuerza. No le daba esperanza. Le daba algo peor:

Conciencia de pérdida.

—No sirve —susurró—. Pero es mío.

El umbral vibró con suavidad, como si esa frase hubiera sido una contraseña antigua.

Elise dio un paso atrás.

No estaba huyendo sola.

Kaelen llegó al borde del santuario como quien entra en territorio enemigo sin armadura. El cielo lo sentía. El cielo lo marcaba. Cada paso era un acto de exposición.

Sin sello.
Sin margen.
Sin permiso.

Y aun así, avanzó.

El aire le raspaba la piel como vidrio fino. Sus alas, retraídas, respondían con lentitud, como miembros que ya no recordaban del todo su función. Era más pesado. Más torpe. Más… real.

Eso lo hacía peligroso.

Porque ya no podía retirarse con gracia.

Se detuvo cuando sintió el cambio.

No una alarma.

Una distorsión.

El vínculo con Elise tironeó, no como un llamado, sino como un desequilibrio. Algo se estaba moviendo. Algo que no estaba previsto.

—¿Qué estás haciendo…? —murmuró.

No obtuvo respuesta.

Pero la sintió: Elise no estaba obedeciendo. No estaba ejecutando. No estaba alineándose.

Estaba intentando salir.

Kaelen apretó los dientes.

—Idiota —susurró—. Maravillosa idiota.

Se movió más rápido, ignorando el ardor en los pulmones. Si Seraphiel lo detectaba ahí, sin protección, no habría advertencias.

Solo corrección.

La primera traición no vino de Elise.

Vino de alguien que había servido al plan durante siglos.

El Custodio Cero no tenía nombre. Los nombres eran marcas emocionales innecesarias. Era una entidad de enlace, un supervisor de procesos, una conciencia ajustada para observar desviaciones sin sentirlas.

Hasta ahora.

Había sido testigo del ritual.
De los Nephilim quebrándose.
De Elise volviéndose molde.
De Kaelen siendo despojado.

Y había registrado todo sin interferir.

Hasta el momento exacto en que Elise recordó.

Ese evento había generado un patrón que el Custodio no pudo clasificar.

No era resistencia directa.
No era sabotaje.
No era caos inmediato.

Era… persistencia.

El sistema había intentado borrar el recuerdo. No lo logró. Había intentado aislarlo. Se propagó. No como virus. Como eco.

El Custodio Cero observó los datos durante ciclos completos.

Y entonces, por primera vez desde su concepción, hizo algo que no figuraba en sus protocolos:

eligió.

No por moral.
No por compasión.

Por coherencia.

Si el sistema no podía eliminar aquello, entonces aquello no era un error… sino una variable mal comprendida.

Y las variables mal comprendidas eran peligrosas para cualquier optimización.

El Custodio ajustó una serie de parámetros menores. Nada visible. Nada dramático.

Solo retrasó una señal.
Solo desvió una vigilancia.
Solo dejó abierto un margen que no debía estarlo.

La huida fue posible por dos segundos.

Eso bastó.

Elise cruzó el umbral.

No fue un salto limpio. El tránsito la rasgó por dentro como si su cuerpo dudara de su propia forma. El aire del otro lado era denso, mal mezclado, lleno de residuos de planos que nunca debieron tocarse.

Cayó de rodillas.

No gritó.

El suelo estaba húmedo. Irregular. Frío de una forma distinta. No perfecto.

Elise respiró hondo.

El recuerdo inútil vibró con fuerza.

—Sigo aquí —susurró—. Aunque no deba.

Se levantó con dificultad. El entorno era un corredor degradado, un espacio entre mundos donde las reglas se superponían mal. Era peligroso. Inestable. Mortal para alguien que no supiera moverse en la grieta.

Elise no sabía.

Pero su cuerpo recordaba otras cosas ahora. No habilidades. Pérdidas.

Y la pérdida enseña a moverse con cuidado.

Dio un paso. Luego otro.

Cada paso dolía de una forma nueva. No física. Existencial.

Sentía que dejaba pedazos atrás. No recuerdos completos. Fragmentos: una sensación de orden, una claridad, una ausencia de miedo.

Y aun así, avanzó.

Seraphiel lo sintió al instante.

No como pánico.
No como sorpresa.

Como una irritación precisa.

El sistema había registrado una anomalía. Una huida. Una interferencia. Una traición interna.

Seraphiel se detuvo en seco.

—¿Quién? —preguntó al aire.

Los custodios se alinearon. Todos menos uno.

Seraphiel no necesitó nombres.

Sintió la desviación como una nota falsa.

—Custodio Cero —dijo, con calma mortal—. Has modificado una secuencia.

El Custodio no respondió de inmediato. La demora fue mínima. Inaceptable.

—Sí —respondió al fin.

Seraphiel se volvió lentamente.

—Explícate.

—El sistema no puede eliminar la variable —dijo el Custodio—. Persistirá incluso si Elise es reintegrada.

—Eso no justifica una traición.

—No fue traición —corrigió el Custodio—. Fue una prueba.



#3190 en Fantasía
#1176 en Joven Adulto

En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.