El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 30 La caida

El paso de Elise no sonó.

No porque el corredor fuese silencioso, sino porque el universo, en ese instante, dejó de escuchar cosas pequeñas. La grieta entre planos crujía como un hueso viejo. El aire se fragmentaba en capas con distinta temperatura, distintos olores, distintas leyes. Todo se deshacía.

Pero Elise dio el paso igual.

No hacia Seraphiel.
No hacia Kaelen.

Hacia la única dirección que le quedaba: adelante.

Y ese “adelante” no era un lugar. Era una decisión.

La primera consecuencia fue inmediata:

El vínculo tironeó.

Elise sintió algo en el pecho, como una cuerda tensada hasta el límite, y por primera vez en mucho tiempo el dolor no fue una idea, sino una presencia real, cruda, sin traducción.

Kaelen alzó la cabeza, jadeando, y en sus ojos había una súplica muda: no me sueltes.

Seraphiel no se movió. Solo observó.

Como quien mira caer una pieza que ya había calculado.

—No lo estás eligiendo a él —dijo Seraphiel con calma—. Te estás eligiendo a ti.

La frase era veneno envuelto en lógica.

Elise apretó los dientes. Por un segundo, sintió el impulso antiguo de responder con rabia. El impulso, sin embargo, se cortó a mitad de camino, como un hilo quemado.

En su lugar apareció otra cosa: una claridad fría.

—Eso no es cierto —dijo Elise, y su voz sonó extraña, como si perteneciera a alguien más—. Yo… ya no sé quién soy.

Kaelen intentó ponerse de pie. Una descarga lo atravesó. Cayó otra vez.

—Elise —susurró—. No lo hagas sola.

Elise lo miró, y la mirada fue lo más parecido a ternura que había permitido en días.

—No puedo hacerlo contigo —respondió.

Seraphiel levantó lentamente la mano.

El corredor respondió con un gemido. Las paredes, hechas de reglas superpuestas, comenzaron a colapsar en sí mismas. La grieta se cerraba.

—Entonces elige rápido —dijo Seraphiel—. El tiempo también se está cerrando.

Elise respiró.

Y sintió el recuerdo inútil —las manos ajustando el cuello del abrigo, el “shh”, la risa contenida— como un clavo ardiendo. No era fuerza. Era un peso.

Pero era suyo.

Aun así, no podía cargar con todo.

Y ahí, en ese límite, Elise entendió algo terrible:

La humanidad no te vuelve más fuerte.
Te vuelve más responsable.

Porque cuando sientes, cada elección tiene sangre.

Elise se arrodilló junto a Kaelen.

Lo tocó.

El contacto hizo explotar el vínculo.

No en un abrazo cálido. En una descarga brutal que les recorrió la médula, los recuerdos, la carne. Elise jadeó; Kaelen gruñó de dolor.

Seraphiel observó, inmóvil.

—Mira cómo te destruye —dijo, casi con suavidad—. Esto es lo que llamas amor.

Elise apretó la mandíbula.

—No —susurró—. Esto es lo que llamo real.

Kaelen la miró, debilitado.

—¿Qué estás haciendo?

Elise tragó saliva. Lo supo antes de decirlo. Y al saberlo, algo dentro de ella se quebró sin ruido.

—Estoy… soltando el vínculo.

Kaelen parpadeó, como si no hubiera entendido el idioma.

—¿Qué?

Elise sostuvo su rostro con ambas manos.

Las manos de Elise temblaban.

Y ese temblor, ridículo, inútil, fue la prueba final de que aún quedaba algo humano.

—Seraphiel puede usarlo —dijo Elise—. El vínculo es una cuerda. Una cuerda que atraviesa los planos. Una cuerda que él puede jalar para arrastrarme de vuelta… o para arrancarte lo que queda de ti.

Kaelen negó con desesperación.

—Entonces rompe a Seraphiel, no a nosotros.

Elise soltó una risa rota.

—Ojalá fuera así de simple.

Elise cerró los ojos. Sintió el vínculo como una estructura interna: filamentos de memoria, de dolor, de elección compartida. Sintió dónde estaba anclado en ella, no como magia, sino como habito emocional.

Y entonces lo vio:

El vínculo no era solo amor.

Era también dependencia.

Kaelen había sido su testigo, su refugio, su excusa para seguir sintiéndose humana. Mientras Kaelen existiera como “ángel que la mira con compasión”, Elise podía seguir creyendo que ella era algo salvable.

Y esa creencia…

Era un ancla.

Hermosa.
Pero útil para Seraphiel.

Elise abrió los ojos, con lágrimas que no supo cuándo habían nacido.

—Perdóname —susurró.

Kaelen la miró con terror.

—Elise, no—

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Si te pierdo por el vínculo, pierdo todo —dijo Elise—. Si lo suelto… quizás te pierdo igual. Pero al menos no te arrastro conmigo.

Kaelen tembló.

—No quiero tu “al menos”.

Elise tragó saliva.

—Yo tampoco.

Y entonces, con una delicadeza que parecía crueldad, Elise comenzó a bailar.

No en el suelo. No con pasos visibles.

Bailó por dentro.

La danza, esa magia que antes le pedía precios, acudió a ella con una obediencia extraña. Pero esta vez Elise no la usó para atacar, ni para abrir un portal, ni para sostener un ritual.

La usó para cortar.

Cada paso interno era una decisión.
Cada giro mental era una renuncia.

El vínculo ardió.

Kaelen gritó.

Elise sintió que se partía en dos.

Seraphiel observó con interés clínico.

—Interesante —murmuró—. Estás aprendiendo a romperte por voluntad propia.

Elise no respondió.

Seguía bailando.

El vínculo se tensó. Vibró. Se resistió.

Porque el vínculo, como todo lo humano, no quería morir.

Y ahí estaba la trampa: las cosas humanas no se sueltan con lógica. Se sueltan con desangre.

Elise dio el último paso.

Y el vínculo… se rompió.

No como cuerda cortada con un golpe seco, sino como hilo arrancado de la carne. Un dolor largo, desgarrador, silencioso.

Elise soltó un aliento que sonó como un grito ahogado.

Kaelen se quedó quieto.

Por un instante aterrador, Elise pensó que lo había matado.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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