El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 31 La eleccion

La elección no llegó como un relámpago.

No fue un instante brillante donde todo se ordena y el mundo parece entenderse a sí mismo. No hubo música, ni claridad súbita, ni una frase perfecta que justificara lo ocurrido.

La elección llegó después.

Después de la caída.
Después del dolor.
Después de que las preguntas dejaran de tener respuestas útiles.

Llegó cuando ya no quedaba nada heroico que salvar.

Elise despertó sin saber si aquello podía llamarse despertar.

No abrió los ojos de golpe. No inhaló con desesperación. Simplemente se dio cuenta de que existía otra vez. Esa conciencia fue lo primero. Luego vino el peso.

Peso en el pecho.
Peso en los brazos.
Peso en la memoria.

El suelo bajo ella era sólido, pero no estable. Tierra mezclada con restos de planos: fragmentos de mármol antiguo, polvo de estrellas muertas, raíces que no pertenecían a ningún árbol conocido. El cielo era opaco, sin sol ni luna. Una claridad sin origen.

Un lugar donde las cosas continuaban… sin promesa.

Elise intentó moverse. Su cuerpo respondió con lentitud, como si aún estuviera decidiendo si valía la pena obedecer.

Se sentó.

Y entonces recordó.

No el ritual.
No la huida.
No la caída.

Recordó el corte.

El vínculo.

El momento exacto en que eligió romper algo que no sabía reconstruir.

Elise apretó los dientes y sintió el ardor subirle por la garganta. No lloró. No todavía. El llanto exige una dirección, y ella aún no sabía hacia dónde mirar.

—Kaelen… —susurró.

La voz salió rota, pequeña, demasiado humana para un lugar que no respetaba categorías.

Escuchó un movimiento a su derecha.

Lento. Doloroso.

Kaelen estaba vivo.

Esa constatación no vino acompañada de alivio inmediato. Vino con miedo.

Kaelen estaba apoyado contra una formación de piedra irregular. Su respiración era pesada. Desacompasada. Su piel tenía un tono enfermizo, como si la luz no supiera cómo reflejarse en él.

Elise se arrastró hasta él.

Cada movimiento era un recordatorio de que su cuerpo aún le pertenecía… aunque su identidad ya no estuviera tan clara.

—No te acerques tan rápido —murmuró Kaelen—. Si me muevo mal… algo se rompe.

Elise se detuvo.

—¿Qué…? —empezó.

Kaelen negó lentamente.

—No lo sé —admitió—. Y eso es nuevo.

Elise lo miró con atención. Sus alas… no estaban.

No era que estuvieran heridas. No estaban ocultas. Simplemente no existían.

Donde antes había una presencia invisible, una sombra de luz incluso cuando estaban plegadas, ahora solo había espalda. Carne. Fragilidad.

Elise sintió que algo se le desmoronaba por dentro.

—Kaelen… —repitió.

Él levantó la mirada hacia ella.

Sonrió.

Y ese gesto —absurdo, innecesario— fue lo que terminó de romperla.

—Sigues aquí —dijo él—. Eso es… bueno.

Elise cerró los ojos. El nudo en la garganta por fin cedió, y una lágrima le recorrió la mejilla sin permiso.

—Lo siento —susurró—. Por el vínculo. Por tus alas. Por…

Kaelen la interrumpió con un gesto débil.

—No —dijo—. No empieces así.

Elise lo miró.

—Elegí —continuó él—. Mucho antes que tú. Elegí quedarme. Elegí sentir. Elegí mirar cuando debía apartar la vista.

Inspiró con dificultad.

—Esto… —miró su cuerpo— es solo la consecuencia.

Elise apretó los puños.

—No debió ser así.

Kaelen sostuvo su mirada.

—Debió ser exactamente así.

Y esa frase fue una grieta nueva.

No porque fuera cierta.
Sino porque no admitía consuelo.

El silencio del lugar era denso, pero no hostil. No había amenazas inmediatas. No había persecución visible. Seraphiel no estaba allí.

Y eso, extrañamente, era lo más inquietante.

Elise se sentó frente a Kaelen.

—No siento el sistema —dijo—. No intenta arrastrarme. No intenta corregirme.

Kaelen asintió.

—Estamos fuera de las rutas principales —explicó—. Este lugar… —miró alrededor— es una zona muerta. Un espacio que no vale la pena optimizar.

Elise dejó escapar una risa breve, sin humor.

—Perfecto.

Kaelen la observó con atención.

—Eso te molesta.

—No —respondió ella—. Me asusta.

Kaelen frunció el ceño.

—¿Por qué?

Elise tardó en responder.

—Porque aquí —dijo al fin— nadie nos necesita.

La frase quedó suspendida.

Kaelen entendió.

—Nunca nos necesitaron —corrigió con suavidad—. Solo nos usaron.

Elise bajó la mirada.

—Yo… —empezó—. Yo ya no sé qué soy cuando no soy útil.

Kaelen tragó saliva.

—Yo tampoco.

Ese reconocimiento compartido no fue consuelo. Fue espejo.

Y los espejos, cuando muestran demasiado, duelen.

Pasó tiempo.

No supieron cuánto.

El cielo no cambiaba. El suelo no ofrecía pistas. El lugar no envejecía con ellos. Era un presente prolongado, sin narrativa.

Elise ayudó a Kaelen a incorporarse un poco más. Cada movimiento le arrancaba un gemido ahogado. No había energía celestial que amortiguara el dolor.

—Te duele —observó ella.

—Mucho —respondió él—. Y no se va.

Elise asintió.

—Eso también es nuevo.

Kaelen rió, un sonido ronco.

—No. Es viejo. Solo que antes no me pertenecía.

Elise lo miró.

—¿Qué vas a hacer… ahora? —preguntó.

Kaelen sostuvo su mirada.

—Sobrevivir —dijo—. Y eso… ya no es un mandato. Es una elección diaria.

Elise sintió un peso extraño en el pecho.

—¿Y yo?

Kaelen no respondió de inmediato.

—Eso —dijo al fin— tendrás que decidirlo tú.

Elise cerró los ojos.

Ahí estaba.

La elección.

No anunciada.
No glorificada.
No empujada por un antagonista visible.

La elección había llegado porque ya no quedaba nadie que decidiera por ella.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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