El susurro de las rosas y sombras

Capitulo 32 Lo que queda

Nada terminó.

Eso fue lo primero que quedó claro.

El mundo no se cerró como un libro leído hasta la última página. No hubo un silencio definitivo ni un corte limpio entre lo que fue y lo que sería. Las cosas siguieron ocurriendo con la torpeza habitual de lo incompleto.

Algunas mejor.
Otras peor.

La mayoría… mal.

I. Lo que sigue funcionando mal

En ciertos lugares, muy lejos de donde Elise y Kaelen se quedaron, los rituales continuaron.

No exactamente igual.
No exactamente distintos.

El sistema había ajustado variables. Seraphiel no necesitaba a Elise para seguir optimizando. Nunca la necesitó como individuo. La necesitó como modelo.

Y los modelos, una vez creados, pueden replicarse.

Los Nephilim no desaparecieron. Cambiaron.

Algunos se estabilizaron en formas nuevas, incomprensibles incluso para quienes los habían diseñado. Otros se apagaron lentamente, sin tragedia visible, como una vela que nadie vigila. Hubo quienes sobrevivieron, pero ya no pertenecían a ningún orden: ni al humano, ni al divino, ni al intermedio.

Existían… con error.

Y ese error no siempre era visible.

En los templos, las plegarias seguían pronunciándose, pero algo en ellas se había desplazado. No fallaban. No eran inútiles. Simplemente… no llegaban donde antes.

No había castigo inmediato.
No había respuesta clara.

Solo una sensación incómoda de estar hablando con un espacio que ya no devolvía eco.

Algunos lo llamaron crisis de fe.
Otros, madurez espiritual.

Nadie se puso de acuerdo.

El sistema seguía funcionando.

Pero ya no encajaba del todo.

II. Alguien recuerda

El recuerdo no regresó de golpe.

No volvió como una avalancha de escenas completas, ni como una recuperación milagrosa de la memoria. Elise no volvió a “ser la de antes”. Nunca habría tal cosa.

Lo que regresó fue más pequeño.

Más molesto.

Más persistente.

Elise recordaba detalles.

No los importantes.
No los útiles.

Recordaba la forma en que el barro se quedaba bajo las uñas después de caminar descalza durante horas. Recordaba el sonido específico que hacía Kaelen al respirar cuando el dolor lo despertaba en mitad de la noche. Recordaba el peso desigual de una manta mal doblada.

Cosas que no servían para nada.

Y aun así, cuando esos recuerdos aparecían, Elise sentía una presión leve en el pecho. No alegría. No tristeza plena.

Algo parecido a una cicatriz que se tensa antes de llover.

Vivían —si eso podía llamarse vivir— en una región que no figuraba en ningún mapa. Un espacio residual, donde el mundo parecía haberse olvidado de imponer reglas estrictas. No era un refugio. No era seguro. Era… un resto.

El cielo ahí no era cielo.
La tierra no era tierra.

Las estaciones no se alternaban con lógica.

A veces hacía frío durante semanas.
A veces la lluvia no cesaba.
A veces el aire se volvía tan denso que respirar dolía.

Elise aprendió a no quejarse.

No por fortaleza.
Por economía emocional.

Quejarse requería esperar una respuesta. Y Elise ya no esperaba respuestas del mundo.

Recordar, en cambio, no pedía nada.

III. Alguien sigue vivo… pero distinto

Kaelen sobrevivió.

No como milagro.
No como compensación.

Sobrevivió como sobreviven las cosas que ya no tienen un lugar asignado.

Al principio, Elise pensó que moriría. No de inmediato. No de forma dramática. Simplemente… apagándose. Como una luz que no recibe energía suficiente.

Había noches en que Kaelen apenas podía moverse. Días en que el dolor lo dejaba inmóvil, respirando con dificultad, los dientes apretados para no gritar. Su cuerpo, despojado de la estructura celestial que antes lo sostenía, reaccionaba como un cuerpo humano mal preparado para una vida tan larga.

Pero Kaelen no pidió volver.

Nunca.

—No quiero que me arreglen —dijo una vez, con la voz ronca—. Quiero saber qué queda cuando no hay arreglo posible.

Elise no respondió.

Lo observó aprender cosas absurdas: cómo vendarse una herida sin magia, cómo encender fuego con manos torpes, cómo dosificar fuerzas que antes no tenían límite. Aprendió a descansar.

Eso fue lo más difícil.

Descansar sin sentirse inútil.

Elise notó el cambio más claro una madrugada.

Kaelen se había quedado dormido sentado, apoyado contra una roca. Su respiración era irregular. Su rostro estaba tenso, incluso en sueño.

Elise se acercó y, sin pensar, acomodó la manta sobre sus hombros.

El gesto fue torpe. Imperfecto.

Kaelen abrió los ojos.

—¿Qué…?

—Nada —dijo Elise—. Tenías frío.

Kaelen parpadeó.

Y sonrió.

No con alivio.
Con reconocimiento.

—Eso —dijo—. Eso no lo hacía nadie cuando era ángel.

Elise retiró la mano lentamente.

No respondió.

Pero algo en su pecho se contrajo.

Un recuerdo inútil, replicándose.

IV. Elise, después

Elise ya no se pensaba como sujeto pleno.

Tampoco como instrumento.

Había dejado de buscar una definición cómoda.

A veces se preguntaba si eso era pérdida o ganancia. La mayoría de las veces, simplemente lo aceptaba como estado.

No sentía todo.
Pero tampoco estaba vacía.

Sentía de forma irregular.

Había días en que podía reírse de algo mínimo: el ruido que hacía una piedra al rodar por una pendiente, la forma absurda en que Kaelen maldecía cuando algo se le caía de las manos. Otros días, no sentía nada en absoluto.

Y esos días eran más difíciles.

Porque el vacío, cuando llega sin explicación, pesa más que el dolor.

Elise no volvió a danzar como antes.

La danza seguía ahí, latente, disponible. Pero usarla como herramienta ya no tenía sentido. No quería abrir portales. No quería alterar planos. No quería ser llave de nada.



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En el texto hay: gotico, romance, darkfantasy

Editado: 29.12.2025

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