El Susurro Del Fin

PRÓLOGO

El día que intentaron matarlo, Minerva ya estaba despierto. Las manchas en el piso eran algo difícil de pasar se largo. Él caminó, solo caminó por el pasillo y las luces vibraban a su paso.

Él sabía lo que pasaba, pues fue el mismo que lo inició. Sabía del atentado y claramente sabía lo que estaba por venir. Lo tenía todo bajo control, o al menos... eso creía.

Se mostraba en su placa: «Minerva.»

Ocultando su identidad desde el inicio, pero, por supuesto... es preciso tomar parte en este juego.

Cargaba consigo una jeringa, el líquido dentro... Sí, lo había hecho. Fue hacia algunas cápsulas, éstas no eran tan pequeñas como podrías imaginar, en su interior cargaban cuerpos. Cuerpos deformados que caían sobre la peste misma. Minerva abrió una de ellas; era humana, o lo fue en algún momento.

Miedo. Eso sentía. Tenían un collar de episodio y ropas que apenas lo cubría. Vendas, vendas rotas. Minerva, que no tenía más de 25 años, alzó la aguja y...

En su forma de esclavo, la criatura #00627 logró por fin el cometido. Cayó de rodillas. Sus manos temblaban, clavándose en el suelo manchado mientras el collar vibraba contra su cuello, exigiendo obediencia. Minerva no se movió. Observaba.

Comenzó a retorcerse luego de haber digerido aquel líquido. Gritaba. Gritaba desesperadamente buscando ayuda, los demás, los demás como ella observaban en silencio. Durante un instante —uno solo— la criatura dejó de ser lo que Minerva había creado. La duda nació como una chispa indebida, y con ella, algo más: una conciencia que no obedecía, que no entendía órdenes, que no aceptaba jaulas.

Minerva bajó la mano lentamente. Había cometido un error.

Antes de llegar, Minerva alzó la mano con el aparato preciso que, al presionarlo, emitía un abrumador sonido. Para el oído humano era indetectable, pero para la criatura recién inyectada...

Ella miró dentro de sí misma, su alma se retorcía, y aún en su condición de esclavitud perdió el control por una fracción de segundo. Esa fracción de segundo bastó para que la duda concebida por mera curiosidad tomara forma y la dividiera en dos entidades espirituales que poco a poco se desprendía radicalmente de su origen.

—Benditos los que caen en este pozo de peste llamado realidad—recitó—. Los que colaboran con la vida misma. Los que traen la plaga y caerán.

La criatura alzó el rostro. Sus ojos ya no suplicaban.

El laboratorio seguía en pie. Las luces aún vibraban. La sangre seguía fresca, pero el punto de no retorno ya había sido cruzado.

Y esta vez, nadie estaba al mando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.