Las puertas de la ciudad habían sido selladas, pero la noticia de ello tardó en llegar a oídos de los conciudadanos de Glasgow, Escocia. Quizá ellos habían notado el repentino cambio de aire en la ciudad, con sus rutinas inquebrantables era casi imposible guiar su foco a otra dirección.
Mackenzie había sido reclutada al servicio militar. Leía la carta de admisión mientras apuraba su paso al instituto. En su mano se asomaban torpemente otros papeles que casi salen volando. Al llegar, se encontró con John, quien evitó mirarla y apuró su paso. La evitaba, otra vez.
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Los pasillos vibran bajo el peso de decenas de cuerpos moviéndose en la misma dirección, una coreografía perfecta de vidas que creen tener el control. Los pasos resuenan, uno tras otro, marcando el ritmo de algo que aún no existe, pero que ya se siente inevitable.
Entonces aparecen las sombras.
Mackenzie asomó su rostro por el ventanal de una de las columnas de la institución. Allí estaban. Ella retrocedió arrugando inconscientemente una de las tantas hojas que cargaba.
No entran de golpe. No llaman la atención. Simplemente están ahí.
—¿Qué pasa?
—¿Viste eso?
—¿Son personas...?
La inquietud se esparce rápido, como un susurro incómodo que nadie quiere terminar de escuchar. Algunos ríen. Otros miran al suelo. Nadie pregunta lo suficiente.
Algo, alguien pasa desapercibido por la multitud, ajeno a la tensión que se gesta. ¿Acaso nadie lo nota? Nadie entiende lo que representa. Y ese será el error más caro de todos. Si hubiesen comprendido lo que estaba a punto de comenzar... Tal vez no habrían tenido que pagar el precio de su ignorancia con sus propias vidas.
Después de todo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.
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—Es raro lo que está sucediendo... —Jane camina de un lado a otro—. ¿Será un simulacro? No han dicho nada aún.
—No creo que sea la gran cosa. No te preocupes, Jane —John pasó una mano por su cabello rubio, claramente preocupado pero queriendo calmar la situación que desconocían.
—Sí, esto es una mala broma —agrega Alya, encogiéndose de hombros—. Siempre exageran.
Mackenzie apareció.
—En momentos como este lo mejor es huir.
El murmullo se corta.
—¿Huir? ¡¿Te volviste loca?! —exclama John, sin poder creer lo que acaba de escuchar.
¿No te dije que la había ignorado? Presta atención.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver ¿Acaso no viste por la ventana hace un momento?—responde con frialdad.
Jane la observa con atención. Su presencia se siente... distinta.
—¿Qué quieres decir con eso, Mac? —pregunta Jane, acercándose un poco más.
—Yo me iré. Si se quedan aquí, terminarán muertos. Voy directo a la segunda salida, lejos de la ciudad.
Sin más, Mackenzie se va. Su presencia se desvanece con la misma rapidez con la que apareció.
¿Quién nos dice que fue real? ¿Y si solo fue un reflejo de nuestro deseo de sobrevivir?
«Corre. Síguela.», pensó Jane.
El pensamiento no parece suyo, pero ella lo siente como propio.
—¡Jane! ¿A dónde vas? —John la detiene, preocupado.
—A seguirla —responde Jane con determinación.
─ ¿Seguir a quién? ─John frunce el ceño, confundido.
Jane no responde. Ya está caminando, y, sin saber porqué, el resto del grupo la sigue.
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La persona feliz es aquella que se dedica a copiar felicidad ajena, clonándose a sí misma con el resto. Yo no sé quién soy. Soy la persona menos indicada para definirme a mí mismo. Somos más de lo que hacemos, pero cada cosa que hacemos nos delata como persona. Definirse es limitarse, es decir que hasta aquí soy yo, pero en realidad no llega hasta ahí. Hacer cosas transforma al mundo y te transforma a ti porque cada vez revelarás más cosas de ti que apuesto antes no sabías.
Mackenzie estaba desesperada. En su correo yacía otra carta que decía con exactitud lo que estaba viviendo actualmente. Advierte, le advertía que debía huir, y cuando vio las sombras acechando supo que no tenía más remedio que seguir sus indicaciones.
—¿Mac? —la voz de John la alcanzó justo cuando forzaba una cerradura. Ella se tensó al escucharlo—. La última persona que creí que Jane seguiría...
Mac hizo fuerza una vez más. El metal cedió con un chasquido seco.
—¿Había una fiesta y no me invitaron? —respondió, sin mirarlo, con esa burla automática que usaba cuando no quería pensar.
—Esto es algo confuso... —le susurra Alya a Jane.
Jane se quedó quieta unos segundos, observando la escena. No entendía del todo qué estaba pasando... pero algo en Mac la hacía moverse. Siempre había sido así.
Mac abrió la puerta de golpe.
—Me voy. Y si quieren vivir, hagan lo mismo. Salgan de aquí. Ahora.
Jane tragó saliva, no sabía cómo, pero su cuerpo ya estaba avanzando antes de que su mente pudiera detenerla.
Alta contradicción, ¿no? La muerte está tan segura de ganar que nos otorga toda una vida de ventaja. ¿Por qué no crear una mentira que sea nuestra propia realidad? ¿Qué se gana al adaptarse?
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Corrieron. No pensaron. Solo corrieron. Mac iba adelante, sin mirar atrás, sin detenerse, pero el sonido de pasos... no eran solo los suyos. Miró de reojo. Un grupo. Ocho personas. Jadeantes, aterrados, siguiéndola sin que ella se lo pidiera
«¿Desde cuándo están aquí?», pensó.
Se obligó a ignorarlos. No le importaban. No la afectarían. Pero cuando giró en una esquina y se detuvo en seco, sintió su peso. Estaban ahí. Todos esperaban... ¿qué? ¿Una orden?
«Mierda.»
Jane apenas lograba seguirle el ritmo, el corazón golpeándole las costillas, las manos temblándole... pero no se detuvo.
El olor a hierro se hacía cada vez más fuerte. John tragó en seco, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Se acercó a Mac, aun intentando recuperar el aliento.