El Susurro Del Fin

02

El mundo está lleno de apariencias. Naces llorando y de adulto lloras igual, pero a escondidas. El mundo lo percibimos desde el lugar donde estamos y el cómo lo vivimos. Nuestra única herramienta para entrelazar con los demás es el habla. Del resto sabemos poco y nada, uno nunca termina ni terminará de entender al resto.

De pronto, un ruido rompió el silencio detrás de ellos.

—¿Q-quién anda ahí? —la voz de Alya tembló, pero no retrocedió.

Antes de que pudieran reaccionar, un leproso saltó, directo hacia la pequeña chica, con la intención de devorarla.

El impacto nunca llegó. Fue detenido por un batazo certero, y el leproso cayó de bruces al suelo.

— Por poco y te come viva — dijo un hombre que apareció en la escena, sosteniendo el bate con firmeza.

Mac reaccionó al instante. Dio un paso al frente, el grupo se replegó detrás de ella casi por reflejo.

—¿Quién eres? —preguntó. Firme. Sin bajar la guardia.

El hombre ladeó la cabeza.

—¿Quién soy? —repitió—. ¿Por qué habría de ponerme una etiqueta que me reduzca, diga lo que diga?

—¿Se supone que dé gracia?

—Que pi-das... las gracias.

—¿Y eso por qué?

El hombre miró por encima del hombro de Mac.

—Esa chica— dijo señalándola con un movimiento de cabeza—, estuvo a punto de ser devorada. ¿Eres la que dirige este grupo? Si la pierden... sabes en quien caería la culpa

— Si eso es lo que desea, gracias. Ahora, si nos disculpas, tenemos que irnos.

—¿Cuál es la prisa? —John se interpuso entre ambos, relajado, pero atento—. Usted debe saber algo sobre esos tipos, ¿no?

—Sí.

—¿Y...?

—¿Y qué?

—¿Por qué hay muertos deambulando sin rumbo? ¿Es posible sobrevivir a esto? ¿A dónde podemos ir? — Por cada pregunta, John se acercaba más al hombre, su sonrisa torcida no desaparecía.

—Podría responderte, pero todo tiene un costo— el hombre contestó, como si nada le impresionara.

—¿Cuánto? —preguntó Alya, dando un paso adelante—. No tenemos mucho, pero...

El hombre la miró de arriba abajo.

—No quiero dinero.

—¿Entonces qué? —insistió ella, tragando saliva, pero sosteniendo la mirada.

—Refugio. Comida. Abrigo. Y criterio —enumeró—. Armas, si tienen.

Hizo una pausa.

—¿Son conscientes de lo que están haciendo o solo juegan a ser valientes?

—¿Cómo empezó todo esto? — John volvió a preguntar.

—No son muertos vengativos —dijo el hombre—. Es una infección. No ficción.

—¿Un virus? —murmuró Jane.

El hombre observó los guantes de Mac. Ella suspiró mientras se los sacaba.

—¿Algún científico al que nombrar?—preguntó mientras colocaba los guantes frente a una mesa.

—Se me ocurre un par.

John se tensó, Mac lo notó.

—¿Alguna cura? ¿Alguien inmune?

—Hm... el gorro de la princesa se ve cálido.

Alya frunció el ceño.

— ¿Herencia? ¿Un búnker? ¿Y qué sabe el gobierno?

— Es difícil saber qué piensa el gobierno. La gente rica está bajo tierra, en refugios de oro... o están huyendo. Esa es su especialidad. Quizá algún pariente de un famoso. ¿Por qué no crees que esto se dio tan naturalmente?

— Algo me lo dice.

—¿Eso es todo?

— No... ¿quién eres?

— Bien. Pueden llamarme James.

— ¿Nombre de pila?

— Si fuera así, no te lo diría.

— Listo, listo, suficiente ─ Mac los interrumpió.

—¿A dónde van ahora que saben que sobrevivir en este caos es casi imposible?

— Por ahí. Quizás caigamos con mejor información—añadió Mac, con voz baja.

— Una pregunta más— John se dio media vuelta, acercándose a la salida.

— Quizás te responda, quizás no.

— ¿Cuánto tiempo lleva este virus propagándose en la ciudad?

— Unas... ¿dos semanas, tal vez? Es raro que haya llegado hasta aquí hace un par de días y nadie lo notara. Es un factor muy... interesante.

— Es todo. Tu respuesta no me sirvió de nada. Sobrevive con los guantes y el gorro.

James miró hacia un lado incómodo, como si buscara de algún lugar el valor para juntar las palabras.

— ¿Y si se quedan?

—¿Por qué lo propones? — Mac preguntó, intrigada.

— ¿Acaso tienen un plan? Es más fácil sobrevivir en grupo.

Los observó uno por uno.

—Aunque todavía no sé si están listos para eso.

Alya respiró hondo.

—No somos fuertes —admitió—. Pero tampoco somos estúpidos.

Mac suspiró.

—Nos quedaremos un rato —dijo—. Mientras pensamos.

James asintió, como si ya lo hubiera sabido.

꙰꙰꙰

No es una enfermedad, es nuestra condena. La condena que nos buscamos. Las predicciones fallaron, como siempre. Nada de lo que creíamos se cumplió. No es lo que dijeron. No comienza con síntomas claros, no sigue un patrón. Empieza con alucinaciones, delirios, pérdida progresiva de la memoria reciente, dificultad para moverse, para pensar, para ser.

Es un caos. Nos engañamos a nosotros mismos al creer que podríamos controlarlo, al creer que lo entendíamos.

Y ahora, los sobrevivientes estamos buscando más sobrevivientes. Las caídas son cada vez más frecuentes, las cifras suben. El número de caídos, de muertos, ya no se puede contar.

En la ciudad, los soldados colocan carteles con indicaciones: Sobrevivan. "Quédense en este lugar, estarán a salvo. No se acerquen a estos seres, eviten enfrentarse a ellos a toda costa". Pero, ¿a salvo de qué? ¿De quién?

Los investigadores siguen trabajando, pero aún no tienen respuestas. El avance de esta infección es imparable, y se extiende por la capital, devorando todo a su paso.

Las víctimas... las víctimas actúan de manera extraña. Parecen... otros. Tras muchas pruebas, y después de todo lo que hemos visto, la conclusión es clara. No son muertos, ni zombis. Son individuos afectados por patologías mentales severas, como esquizofrenia catatónica, pero a una escala que no se puede explicar. Son cuerpos que ya no son, pero que siguen buscando algo... algo que no entendemos.




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