El Susurro Del Fin

03

La incapacidad de los infectados para sentir la luz es una de sus debilidades ¿O será una habilidad? Esta es afectada por su sensibilidad a ruidos incluso mínimos. Su obsesión por la sangre es incluso mayor que la del ser humano por sus vicios incrementados. Uno de sus sentidos básicos es el del olfato: Degradándose a sí mismo, distinguen objetos de seres vivos; logran diferenciar a un animal de un humano. Por muy simple que suene, esta es una de sus muchas virtudes. No suelen ser silenciosos, si es que esto te parece un buen dato, lo es, a fin de cuentas, podrías distinguirlos de... Mejor te lo cuento en otra ocasión.

—¿Qué deberíamos buscar primero? — pregunta John, mirándola con una ceja levantada, como si esperara una respuesta definitiva.

—Un lugar más seguro. Ese depósito no durará más de una semana — responde Mac sin perder el foco. — Comida. Somos muchos, y aunque reduzcamos las porciones, no alcanzará ni para el mes.

—¿Y la zona segura? — pregunta Jane, con algo de ansiedad en la voz.

—Primero debemos sobrevivir para poder pensar más allá.

—Esto es como ir al mar muerto a buscar peces — dice John, medio resignado.

—No hay nada —Mac tenía un tono sombrío, como si ya hubiera esperado esa respuesta.

—¿Por qué todo está tan vacío, tan rápido? — John se pasa una mano por el cabello, frustrado, como si el mundo estuviera desmoronándose más pronto de lo que pensaban.

El silencio los cierra por un momento, como si el vacío mismo respondiera a la pregunta.

Ser la mitad de un hombre, la mitad de lo que soñamos ser. Pero no hay espacio para esas reflexiones cuando el mundo te arrastra. En tiempos como estos, no hay cabida para el alma, solo para la supervivencia.

—Escondido. — Jane habla sin levantar la vista, casi como si la palabra misma tuviera peso.

—¿Qué? —Mac frunce el ceño, girándose hacia ella.

—Hay que escondernos por ahora —repite Jane, más despacio esta vez, como si se asegurara de que lo que ve no sea solo una idea mal puesta.

—Tiene razón ─agrega Mac—. Pronto se hará de noche. Podría ser un problema para nosotros.

—¿Qué se te ocurre? — pregunta John, un tono inquieto asomándose en su voz.

—Si es un lugar cerrado, que sea seguro. No me imagino despertar en medio de un diluvio de cuerpos, pero no podemos ser tan exigentes en situaciones como estas — Mac lo dice casi como una sentencia.

—Ósea, lo mismo que nada — John resopla con una expresión neutral, pero es evidente que está pensando en lo que dice.

—Podría — Mac no pierde la compostura. — Busquemos algo seguro por ahora. Si logramos conseguir un par de suministros para pasar la noche, mañana, si a donde vamos no encontramos nada... — Deja la frase en el aire.

—Volvemos con el resto. Así de simple— completa John, su tono más bajo ahora.

Mac no respondió al instante, en cambio se quedó mirando al horizonte, donde el sol comienza ya a ocultarse.

Una isla con miles de personas, matándose entre sí para... ¿para qué? Ser el primero, claro, pero después de eso... ¿qué queda? Vives ¿A qué costo? Nadie estará allí para recompensarte, nadie te dirá qué hacer después, nadie estará para ti. Estarás solo, en un gran vacío, vacío en el mundo, vacío en tu mundo. ¿Pregunta de hipótesis o literal? No lo sabremos... ¿o sí?

—Hay que ponerse de acuerdo antes de ir al matadero — propone John.

— ¿Qué se te ocurre? — pregunta Jane.

— Primero: no hablar. Sabemos que uno de los pocos sentidos que tienen desarrollados los infectados es el oído. Propongo hablar por señas.

—Podría funcionar.

—¿Mimo?

—Exacto. A menos que sepas lenguaje de señas, lo cual tampoco serviría, porque ni Mac ni yo sabemos.

Y efectivamente, incomunicados pero comprendidos.

Llegaron a una pequeña tienda... Un ruido... ¿De dónde vino? Lo que sea que lo haya provocado, debió haber sabido el desastre que causaría. Un grupo de cinco chicos pasó justo frente a Jane.

Hey.

Sin respuesta.

¡Hey!

John la miró, desconcertado. No vio a nadie, solo el vacío entre los pasillos.

—Jane... —murmuró, bajando la voz—. ¿Qué viste?

Mac no esperó explicación. La tomó del brazo con firmeza, obligándola a reaccionar.

—No es momento de dudar —dijo, seca—. Sea lo que sea, nos vamos. Ahora.

Corrieron hasta encontrar una tienda pequeña y se metieron dentro a tropezones. John soltó un suspiro de alivio, pero la calma duró apenas unos segundos ya que fueron interrumpidos por unos extraños sonidos de afuera, el sonido fue como un puñal al corazón y la tensión de los tres incrementaba con mayor fuerza. ¿Sobrevivientes? ¿Soldados, quizá? Mac se acercó con cautela, conteniendo el impulso de asomarse. Fue entonces cuando distinguió una figura moviéndose entre las sombras, acercándose lentamente a espaldas de John.

—¡Sal de ahí! —gritó Mac.

John reaccionó al instante y retrocedió hasta chocar con Jane.

Intentaron salir, pero la puerta estaba atorada. Mackenzie se lanzó contra ella con un movimiento brusco y logró abrirla de golpe. Perdió el equilibrio y rodó fuera de la tienda.

Cayó a los pies de un infectado. La criatura la observó con ojos vacíos. Mac no tuvo tiempo de reaccionar. Por un segundo pensó que todo había terminado. «Hasta aquí llegué» cruzó fugazmente por su mente. No parecía un mal final, en ese mundo roto; nunca había estado destinada a mucho más.

El cuerpo del zombi colapsó de pronto y cayó a su lado. El impacto la sacó de su estupor. Mac se incorporó de un salto, con el corazón desbocado.

En ese mismo instante aparecieron cuatro chicos más. Un joven alto, de cabello oscuro, reaccionó primero: la sujetó de la muñeca y la arrastró hacia el grupo sin darle tiempo a protestar. Otro hizo lo mismo con Jane y John, empujándolos con urgencia.

Los guiaron hacia un portón metálico. Detrás de ellos, el sonido de los infectados pisándoles los talones hacía que cada paso se sintiera una eternidad.




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