Tenemos, sin darnos cuenta, una necesidad constante de quemar el pasado que ya no nos sirve. Solemos cuestionar nuestro sentido de pertenencia, quizá suelen desconectarse de su entorno o se sienten perdidos en la vida. Nos atrapamos tanto en nuestros pensamientos que terminamos sintiéndonos parte de un vacío y de una incertidumbre incapaz de quebrarse. Tenemos la necesidad de conexión, pero el miedo a salir herido estará presente siempre. Hay algo que siempre será verdad: la transformación es inevitable.
Habían pasado un par de días desde que se quedaron. El refugio ya no se sentía ajeno, pero tampoco seguro. Era ese punto incómodo donde todo parecía estable... hasta que dejaba de serlo.
Jane estaba ayudando a Hans a acomodar una de las habitaciones del fondo. El lugar olía a polvo viejo y metal húmedo. Nada nuevo.
—¿Sabes cómo se arregla esto? —preguntó Jane mostrando el aparato roto con cables expuestos.
Él tomó la pieza.
—Aprendí cosas cuando estaba enfermo. No podía moverme así que pasaba horas arreglando cosas pequeñas como estas.
Ella se detuvo y lo miró un rato. Hans lo notó y le sonrió.
—Es...
—No tienes que decirme si no quieres—le interrumpió Jane.
Volvió a sonreírle. Se subió un poco la camisa. Su piel de tez blanca, bajo la linterna mostraba una cicatriz quirúrgica.
—Insuficiencia cardíaca —dijo—. Placas en las arterias, el flujo se complica. Necesito medicación constante. Si no... —se encogió de hombros— meses. Tal vez menos. Los síntomas son los más complicados, dificultad para respirar, fatiga... Hay tratamiento, pero no en este mundo... sabes a lo que me refiero—río un poco.
—¿Nadie más lo sabe...?
Hans negó con la cabeza.
—Sólo Enzo. Cuando sale me busca medicamentos. No quiero que me miren como si ya estuviera muerto, menos con lástima.
Jane se limitó a asentir.
—No estás muerto—dijo al fin—no mientras sigas aquí.
Hans bajó la mirada.
—Al final, todos terminamos siendo polvo, solo cambia el cuándo.
Jane lo observó con atención. Las ojeras, el cansancio mal disimulado.
—¿Qué sabes de los zombis? —preguntó él, cambiando de tema.
Ella entendió el gesto y no lo cuestionó. Se giró y empezó a destornillar una bisagra suelta.
—Primero... ellos pierden la vista, algo con su córnea, ella se quema. Son ciegos prácticamente.
—¿Y aun así cazan?
—El oído se pierde después —continuó—. Pero el olfato... ese se vuelve brutal. Te huelen.
—¿Cómo que... nos huelen?
Jane se detuvo.
—Sangre. Una herida mínima basta. Si sangras... te encuentran.
El silencio cayó pesado, pero no incómodo.
Desde ese día, Jane ya no volvió a mirar a Hans como alguien frágil. Lo miró como alguien que seguía acá y eso era suficiente.
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El aire fuera del refugio era más frío. Mac se encontraba apoyada en una de las ventanas laterales al término de la reunión. Su cabeza iba a mil por hora, recordando... nombres, rostros, palabras... mentiras. Algo estaba pasando de largo, ella lo sabía. Yo lo sé, pero revelarlo ahora sería muy aburrido.
— ¿Estás practicando tu pose de chica misteriosa o calculando por cuál ventana escapar? —la voz la sacó del trance.
Mac no se inmutó. Apenas desvió la mirada.
—Estoy eligiendo cuál suena mejor.
Finn se apoyó en la pared, cruzándose de brazos.
—Si eliges huir, me avisas. Para cronometrar cuánto duras allá afuera.
—Que considerado.
—Sí... suelen decirme así—dijo, acompañado de una risa breve.
Mac giró los ojos, a veces era tan molesto.
— ¿Tú confías en todos aquí? —preguntó de pronto, sin girarse.
Finn arqueó una ceja.
—No mucho. Pero confío en mí, y eso es suficiente. ¿Tú?
Ella tardó en contestar.
— No me gusta la gente que habla bonito todo el tiempo.
— ¿Estás diciendo que prefieres mi sinceridad brutal?
—Prefiero saber a qué le tengo que disparar —dijo Mac, ahora mirándolo directo.
—Entonces hacemos buen equipo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que haces las preguntas correctas.
Hubo un breve silencio.
—Silver —dijo de pronto, su tono era más sincero que de costumbre—, si alguna vez necesitas saber a quién apuntar... Yo te diré.
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Muchas veces elegimos el placer inmediato antes que el placer mayor. Muchas de nuestras decisiones, mayormente no todas irracionales, se le agregan valores que nos empujan a elegir lo que elegimos. Esa irracionalidad existe porque no todo en la vida se ve igual. El sentido de la vida debe buscarse, el sentido no está predispuesto. El que alguien sea libre es que ese alguien esté contento de existir.
El reloj marcaba las 09:00 a. m.
—Oye—dijo Natasha, acercándose a Jane con una sonrisa demasiado ensayada—. Sé que no has tenido oportunidad de conocer bien este lugar. ¿Quieres que te muestre algunos rincones útiles?
Jane dudó. La actitud de Natasha no encajaba, pero se limitó a causar problemas y la siguió.
Caminaron por uno de los pasillos laterales. Natasha hablaba bajo, señalando puertas al pasar.
—Ahí guardamos herramientas... por allá las provisiones... y esta... ¿Quieres verla?
Ella dudó, pero Natasha ya había abierto la puerta. Jane entró despacio. Era una sala pequeña, sin ventanas, apenas iluminada por una bombilla vieja. Jane se giró hacia la puerta, pero antes de que pudiera hablar, escuchó el clic de la cerradura.
— ¿Qué haces? —preguntó, corriendo hacia la puerta.
Natasha estaba del otro lado.
—No es personal —dijo, riéndose por lo bajo—. Pero eres un problema, Jane. Y acá no necesitamos más errores.
El sonido de sus pasos alejándose resonó por el pasillo, dejando a Jane sola, encerrada. Golpeó la puerta.
—¡Natasha! ¡Ábreme! ¡Esto no es gracioso!
Nadie respondió.
Jane comenzó a sentir cómo el aire se volvía más denso al cabo de unos largos minutos eternos, quizá casi una hora. Cada cierto tiempo tocaba la puerta. En algún momento la buscarían, en algún momento la encontrarían...