Antes se referían a esto como una plaga. Plaga que cargará todos los pueblos enemigos. Su carne se corromperá, se sumirán en sus cuencas. Enfermedad dada por una guerra biológica ¿es este caso? Lo es...
—¿Estás herida?
Mac negó con la cabeza, aunque el movimiento fue torpe, casi automático. Noah estaba frente a ella, revisando con cuidado sus brazos, su cuello, sus manos. Sus dedos buscaban sangre, marcas, cualquier rastro que indicara infección.
—¿Te hirió?—insistió— ¿Te mordió? ¿Tienes alguna herida abierta que se pueda infectar?
Ella volvió a negar. Su respiración era irregular, como si no lograra llenar del todo los pulmones.
—¿Qué... qué hacías abajo en el sótano...? —logró decir, con la voz rota, mientras él seguía examinándola.
—Noté que no volvían, así que fui al lugar donde debían estar, aunque se alejaron un poco del recorrido habitual.
La ayudó a sentarse en una silla, en una sala apartada del resto. El ruido del refugio parecía lejano, amortiguado. Noah se inclinó frente a ella, quedando a su altura.
—Mac... ¿qué viste ahí abajo?
Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban desorbitados, vidriosos. Había algo más que miedo: shock puro.
—Estás temblando —añadió él.
Mac apretó los labios.
—Sol... —dijo en voz baja—La mordieron —dijo, apenas en un susurro— A Sol... La mordieron.
—¿Estás segura? —preguntó.
Mac asintió. Sentía un nudo en la garganta. La imagen seguía clavada en su mente: el cuerpo de Sol contra el suelo, el sonido húmedo, el grito.
—Vi cómo se le lanzó encima... —tragó saliva—. Intenté ayudarla, pero... ella me empujó. Me dijo que corriera.
Noah se quedó quieto un segundo. Luego bajó la mirada.
—Si está infectada...
—Lo está —respondió Mac, con una certeza que le heló la voz.
—Sol era fuerte —murmuró él.
—Noah... Sol sabía quién era. Quería decírmelo justo antes de que el zombi apareciera...
Él desvió la mirada por un instante.
—Si la buscamos, alguien sufrirá el mismo destino que ella.
Mac cerró los puños sobre sus rodillas. Pensó en el cuaderno. En el lugar exacto donde había quedado. Junto al cuerpo de Sol.
—Tenemos que reunirnos.
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Noah entró, ya todos estaban, menos Sol. Mac iba detrás de Noah, su rostro estaba pálido, sus manos no dejaban de temblar, se abrazaba los brazos como si tuviera frío aunque no lo hacía.
Finn fue el primero en ponerse de pie, seguido por Enzo.
— ¿Dónde está Sol? —preguntó Hans, rompiendo el silencio.
Mac abrió la boca, pero no le salió la voz al primer intento. Tragó saliva.
—La... la mordieron.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Qué? —dijo Axel.
—¿Cómo que la mordieron? —preguntó alguien más.
Mac habló otra vez, esta vez con la voz quebrada.
—Estábamos patrullando el sótano. Apareció un zombi. Se lanzó directo a ella.
Sus manos se aferraron a su propio brazo, como si aún sintiera el agarre.
—¿La dejaron ahí? —preguntó Axel, con dureza.
Noah dio un paso al frente antes de que Mac pudiera responder.
—No había alternativa —dijo—. Ya estaba infectada. No podíamos arriesgar al grupo entero.
—El sótano ya no es seguro —continuó—. Si entró uno, pueden entrar más. Tenemos que cerrarlo.
Se giró hacia Enzo.
—Quiero que vayas ahora mismo y lo asegures.
Enzo asintió sin discutir y salió casi corriendo.
—¿Murió? —preguntó Jane en voz baja.
Mac cerró los ojos un momento.
—No... —susurró—. Pero ya no era ella.
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Uno a uno se iba de la sala, sólo quedaba Finn. Su mirada estaba fija en un punto muerto del techo. Pensó un poco y su cabeza giró hacia el marco de la puerta, algo faltaba, la extraña rutina cada que acababa una reunión se había roto.
Finn frunció el ceño. Se puso de pie lentamente, estirándose. Caminó por el pasillo en silencio hasta encontrarse de frente con la habitación de Mac.
Tocó suavemente.
—Silver... —llamó con la voz más baja que pudo usar sin sonar tembloroso—. ¿Estás ahí?
Nada.
Apoyó la frente contra la puerta un instante.
—…Sólo dime que estás bien—murmuró, esperando que su esperanza no muriera.
Se escuchó un leve clic. La puerta se entreabrió lentamente, revelando a Mackenzie en el umbral.
—Estoy bien —dijo, antes de que él pudiera preguntar.
Finn la miró unos segundos.
—No pareces estarlo -respondió, sin rodeos.
—Pues estoy viva, si era eso lo que te preguntabas.
Finn entró, se sentía como si entrar a esa habitación era algo prohibido. Era como una regla no escrita que rompió al cruzar el marco de esa puerta. Se sentó en el borde de la cama sin invadir su espacio mientras Mac cerraba la puerta con suavidad.
—No tengo nada que decir -respondió ella, sentándose al otro lado de la cama, con las piernas cruzadas.
—Sol...
Mac apretó los puños, conteniéndose.
—No la busques —dijo al fin.
Hubo un silencio y Finn sabía por qué Mac no quería que buscara a Sol. Lo aceptó.
—¿Te quedarás un rato? —preguntó ella, sin mirarlo.
—Todo lo que quieras.
Finn se quedó ahí en silencio, acompañándola. Mackenzie dejó caer lentamente la cabeza contra la pared.
—Perdí el cuaderno.
Finn alzó la vista.
—¿Cómo?
—Cuando Sol... cuando el... —tragó en seco—La alcanzó, el cuaderno cayó. Estaba en el suelo, al lado de ella. Yo... yo solo corrí.
Su voz se quebró, pero no lloró. Solo presionó las manos contra las rodillas.
—Noah me sacó de ahí. Ni siquiera miré atrás...se perdió para siempre —murmuró ella.
—Nunca has tenido miedo. No como los demás.
—Ahora sí lo tengo. ¿Y si... ya no queda nadie en quien confiar?
Finn la miró fijamente.
—Confía en mí entonces.
Mac lo miró sorprendida, como si esa posibilidad no se le hubiera cruzado por la cabeza.