El Susurro del Jazmín

CAPÍTULO 1: El día que el cielo bajó a mi jardín

En Esminar, el aire siempre huele a una mezcla de salitre y jazmines en flor. Dicen que en este rincón de Turquía, el tiempo se detiene para observar cómo el sol se oculta tras las montañas, pero para mí, el tiempo realmente comenzó a contar la tarde en que cumplí tres años.

Mi madre, Asena, me había puesto un vestido blanco con encajes que me picaban un poco en las piernas. Yo era, como decía mi abuela, una "pequeña uva dulce": redonda, de mejillas sonrosadas y pasos torpes que siempre terminaban en un encuentro cercano con el césped.

—¡Ada! ¡Deja de comer los dulces de la mesa! —gritó mi hermano Baris, que a sus once años ya se sentía el guardián de la moral de nuestra casa.

Yo lo ignoré, concentrada en una bandeja de baklava que brillaba bajo el sol de la tarde. Pero entonces, el pesado portón de hierro de nuestra villa se abrió. Los vecinos, la familia de Sinan y Neriman Yilmaz, entraban a nuestra propiedad como lo hacían siempre: como si fueran parte de nuestra propia sangre.

Y ahí estaba él.

Caminaba un paso por detrás de sus padres. Tenía once años, la misma edad que Baris, pero para mis ojos de tres años, él no era un niño. Era un gigante con ojos del color del mar profundo de Esminar y un cabello tan oscuro que parecía haber atrapado la noche.

—¡Ozan! ¡Hermano, llegaste! —Baris corrió hacia él y chocaron las palmas con ese entusiasmo rudo de los chicos de su edad.

Yo me quedé estática, con un trozo de masa dulce en la mano, mirándolo fijamente. Ozan sonrió, y esa sonrisa fue mi perdición mucho antes de que yo supiera deletrear la palabra "corazón". Se acercó a nosotros y, al verme, se puso de cuclillas para quedar a mi altura.

—¿Así que tú eres la pequeña Ada? —su voz era suave, diferente a los gritos de mi hermano—. Feliz cumpleaños, pequeña.

Me extendió una cajita envuelta en papel azul. Yo no miré el regalo. Solo podía mirar sus ojos azules, tan intensos que me daban ganas de llorar de pura alegría. En mi media lengua de niña, solo alcancé a decir:

—O-zan... mío.

Baris soltó una carcajada burlona.

—¿Ves, Ozan? Ya te reclamó. Es un desastre, ten cuidado, siempre se está cayendo.

En ese momento, como si mis pies quisieran darle la razón a mi hermano, intenté dar un paso hacia él, tropecé con el dobladillo de mi vestido y fui directo al suelo. Cerré los ojos esperando el dolor del impacto contra la piedra, pero el golpe nunca llegó.

Unas manos fuertes y cálidas me sujetaron por los hombros antes de tocar el piso. Ozan me levantó con una facilidad asombrosa y me sacudió el polvo del vestido con una delicadeza que nunca había visto en mi padre o en Baris.

—No te preocupes, Ada —me susurró, limpiando una migaja de dulce de mi mejilla con su pulgar—. Si te caes, yo siempre estaré detrás para sostenerte. Lo prometo.

Miré a mi hermano y a su mejor amigo. Baris ya estaba corriendo hacia la cancha de fútbol, gritando nombres de jugadores. Pero Ozan se quedó un segundo más conmigo. Me revolvió el pelo rojizo, ese que mi madre decía que era "fuego heredado", y me guiñó un ojo antes de seguir a mi hermano.

Me quedé ahí, de pie en medio del jardín de la mansión de mis padres, apretando el regalo azul contra mi pecho. En ese instante, en el pequeño e inocente mundo de una niña de tres años, Ozan dejó de ser el vecino. Dejó de ser el amigo de mi hermano.

Se convirtió en mi mundo entero.

No sabía que ese niño que me acababa de salvar de una caída, años más tarde, sería el mismo que me rompería el corazón en mil pedazos. No sabía que mi peso, mi cabello y mis silencios se volverían el blanco de las burlas de otros, y que solo su recuerdo me mantendría en pie.

Esa tarde en Esminar, bajo el cielo turco, empecé a amar al hombre que me vería crecer sin darse cuenta de que, con cada año que pasaba, yo dejaba de ser una niña para convertirme en su sombra, en su castigo y, finalmente, en su única verdad.




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