El Susurro del Jazmín

CAPÍTULO 2: La sombra del guardián

Perspectiva de Ozan

Para la mayoría de los chicos de once años, los sábados significaban fútbol, ensuciarse las rodillas en los campos de Esminar y apostar quién de nosotros llegaría primero a la cima de la colina. Para mí, significaba lo mismo, pero con un peso adicional: una pequeña sombra de cabello rojizo que parecía decidida a seguirme hasta el fin del mundo.

—¡Ozan! ¡Espérenme! —el grito agudo de Ada resonó desde el pórtico de la mansión de los de Mert.

Baris, mi mejor amigo, puso los ojos en blanco y pateó el balón con frustración. —Te lo dije. Si venimos a mi casa, no nos dejará en paz. Mamá le dijo que podía salir a jugar si se quedaba "cerca de nosotros". Es un lastre, Ozan. Vámonos antes de que nos alcance con sus pasos de pingüino.

Miré hacia atrás. Ada venía corriendo, o al menos intentándolo. Sus pequeñas piernas se movían con rapidez, y sus mejillas estaban tan rojas que competían con su cabello. Se veía graciosa, como una pequeña muñeca de porcelana que alguien había rellenado con demasiada dulzura. Estaba gordita, sí, y eso la hacía tropezar constantemente, pero había algo en su mirada —una determinación feroz— que me impedía ignorarla.

—Es solo una niña, Baris. Déjala —dije, aunque mi tono pretendía ser de indiferencia.

—¡Es una molestia! —insistió Baris—. ¡Ada, vete con Leila! ¡Jueguen a las muñecas!

Ada se detuvo en seco a unos metros de nosotros. Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas al instante, pero no se dio la vuelta. Me miró directamente a mí, ignorando a su propio hermano. Me miró como si yo fuera el único juez capaz de dictar su sentencia.

—Ozan... quiero ir —susurró, con el labio inferior temblando.

Sentí una punzada extraña en el pecho. No era lástima, era algo más profundo, un instinto de propiedad que no tenía sentido. Mi padre, Sinan, siempre decía que los hombres de nuestra estirpe cuidaban lo que era suyo, y aunque Ada no me pertenecía, en mi mente de niño de once años, yo había decidido que nadie la haría llorar. Ni siquiera su hermano.

—Ven aquí, Ada —le hice una seña.

Baris gruñó, pero no se atrevió a contradecirme. Sabía que cuando yo tomaba una decisión, era inamovible.

Ada corrió hacia mí y, sin previo aviso, se aferró a la pernera de mi pantalón corto con sus manos pegajosas de dulce. Suspiré.

—Escúchame bien. Puedes venir, pero si te caes, no llores. Y si te cansas, te sientas bajo un árbol y nos esperas. ¿Entendido?

Ella asintió frenéticamente, con una sonrisa que iluminó todo su rostro.

Pasamos la tarde en el campo. Baris y yo corríamos de un lado a otro, mientras Ada se sentaba en el pasto, observándome como si yo fuera un héroe de las leyendas turcas. Cada vez que yo anotaba un gol imaginario o hacía una jugada hábil, ella aplaudía con sus manos gorditas, gritando mi nombre.

—Te tiene idealizado —se burló Baris mientras descansábamos bajo la sombra de un olivo—. Es desesperante. Cree que eres un príncipe o algo así.

Miré a Ada. Se había quedado dormida sentada, con la espalda apoyada en el tronco del árbol y un poco de tierra en la nariz. Se veía tan pequeña, tan vulnerable en este mundo que a veces podía ser tan cruel.

—Solo es una niña, Baris —repetí, pero esta vez mi voz era más suave—. Alguien tiene que cuidarla. Tú eres su hermano, deberías ser más amable.

—Para eso estás tú, ¿no? —Baris se encogió de hombros y se puso de pie—. Vamos, se hace tarde. Despiértala.

Me acerqué a ella. El sol de la tarde se filtraba entre las hojas, creando patrones de luz sobre su piel blanca. Me quedé un momento ahí, simplemente observándola. No sabía por qué me sentía tan responsable de ella, por qué su bienestar me importaba más que el de cualquier otra persona en Esminar.

—Ada... despierta —le toqué el hombro con suavidad.

Ella abrió los ojos lentamente. Esos ojos verdes, profundos como el bosque, se enfocaron en los míos. Por un segundo, sentí una sensación de vértigo, como si estuviera asomándome a un precipicio que todavía no existía.

—¿Ozan? —preguntó con voz somnolienta.

—Es hora de ir a casa. Dame la mano.

Ella estiró su mano pequeña y la envolvió alrededor de la mía. Caminamos de regreso a las mansiones en silencio. Baris iba adelante, pateando piedras, pero yo caminaba despacio, ajustando mi paso al de ella.

En ese momento, no podía imaginar que esa mano que hoy apenas alcanzaba a rodear mis dedos, un día sería la única que yo desearía sostener. No sabía que esa niña "gordita" a la que protegía de las burlas de su hermano, se convertiría en la mujer que me pondría de rodillas.

Para mí, en aquel entonces, ella era solo Ada. Mi responsabilidad. Mi pequeña vecina. Pero mientras cruzábamos el umbral de nuestras casas, sentí que algo se sellaba entre nosotros. Una promesa silenciosa escrita en el aire de Esminar: yo sería su escudo, sin saber que ella terminaría siendo mi única debilidad.




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