El teatro del deseo

Capítulo 1. La orden de clausura

Capítulo 1. La orden de clausura

El polvo del cielo raso caía como harina seca cada vez que un camión de caudales doblaba por la avenida San Martín. Valentina Soria no levantó la vista del andamio. Tenía los dedos manchados de carbonilla, los gemelos tensos por las cuatro horas continuas sobre los tablones y una espátula de hoja firme en la mano derecha, nivelando el borde cóncavo de una moldura floral que la humedad del invierno pasado había partido al medio.

Abajo, en la penumbra fresca de la platea, resonaron pasos apurados sobre la alfombra gastada del pasillo central.

—¡Valen! Bajá de ahí antes de que corten la luz de obra —gritó Camila, su asistente de taller, sacudiéndose las manos llenas de yeso contra el overol de grafa—. Llegó Inés con la camioneta sobre la vereda y viene con cara de velorio.

Valentina respiró hondo, tragando el olor a cal apagada, cola de conejo y madera centenaria que constituía su aire habitual desde hacía cuatro años. Guardó la espátula junto al nivel de burbuja en el cinturón de cuero y descendió con agilidad maquinal por los caños tubulares. Antes de tocar el piso, vio cruzar el vestíbulo a Inés Roldán. La dueña de la librería de viejo de la esquina no llevaba ropa de trabajo.

Vestía su clásico cárdigan verde oliva, traía el pelo gris revuelto por el viento de la tarde y sostenía una carpeta de cartulina manila contra el pecho con la tensión de quien carga un veredicto judicial. Inés no dependía de la municipalidad ni tenía contrato en el teatro; lideraba la Asamblea del Mercado Perdido y pasaba sus tardes vigilando los expedientes de la secretaría de hacienda como un halcón sobre un tejado.

—No me digas que el intendente volvió a demorar la entrega de los fondos —dijo Valentina, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Peor —respondió Inés, plantándose junto al foso de la orquesta, frente a los tres reflectores que iluminaban las tablas carcomidas del escenario—. No demoraron nada. La comisión de hacienda reasignó la partida entera de restauración. Se va todo a repavimentación y luminarias para el circuito céntrico.

Camila soltó una maldición seca y pateó una lata vacía de fijador. Valentina no se movió. El silencio que siguió no fue el habitual murmullo del teatro, ese rumor de butacas aterciopeladas y vigas que crujen con el calor, sino un vacío áspero, burocrático.

—Tenemos un convenio firmado por ordenanza —dijo Valentina con voz pausada, aunque sintió un latigazo helado en el estómago—. La cúpula está apuntalada a medias. Si retiran los fondos antes de sellar las filtraciones del ala norte, las próximas lluvias van a pudrir los frescos de Moretti. Es inviable técnicamente.

Inés le tendió la carpeta abierta.

—A los concejales les importan las filtraciones tanto como a mí la cotización de la soja, querida. La ordenanza tiene una cláusula de reasignación por emergencia presupuestaria. Se votó sobre tablas hace dos horas. Tienen orden de inventariar el obrador y poner fajas de clausura preventiva a las seis de la tarde.

Valentina tomó el papel. Leyó las firmas, los sellos violetas todavía húmedos, las tres líneas miserables de considerandos donde se tachaban cuatro años de andamios, de catalogación meticulosa pieza por pieza, de fines de semana durmiendo en un catre del camarín principal para vigilar que los goterones no arruinaran los palcos dorados. Todo reducido a una excusa electoral para pavimentar tres avenidas antes de las elecciones.

—La asamblea va a convocar a una marcha mañana a primera hora —siguió Inés, acomodándose los anteojos con gesto combativo—. Si cerramos la calle y traemos a los comerciantes, los obligamos a sentarse a negociar. El teatro es patrimonio del barrio, no un galpón sobrante.

—Si nos fajan las puertas, Inés, no entra nadie más —intervino Valentina, señalando las bolsas de cal viva y los bastidores apilados contra los palcos bajos—. Y la madera estructural no espera marchas. Se comba.

—Entonces empezá a guardar tus herramientas personales, porque a las seis caen los inspectores de control urbano con la policía comunal.

Camila miró a Valentina con los ojos muy abiertos, esperando una orden, una queja o un estallido. Valentina no hizo nada de eso. Devolvió la carpeta, se ajustó los guantes de descarne y miró hacia la embocadura del escenario, donde el escudo de Santavera tallado en roble dorado resistía apenas sostenido por dos cuñas de pino.

—Camila, bajá los frascos de emulsión y las cajas de pan de oro al sótano de utilería —ordenó Valentina con calma glacial—. No vamos a dejar material de archivo en la platea para que lo inventaríen como chatarra. Yo termino de apuntalar el tercer palco.

—Valen, te acaban de decir que te desalojan —protestó la chica.

—El teatro sigue en pie hasta las seis. Movete.

Inés suspiró, sacudiendo la cabeza con una mezcla de lástima y reproche.

—Sos igual de terca que tu abuelo, Valentina. Pero a las topadoras no les importa la memoria. Te veo en la asamblea de las ocho en la librería.

Inés salió con paso enérgico hacia la calle. El eco del portón pesado retumbó contra la bóveda de la sala.

Valentina se quedó sola en el pasillo central. La furia no le subía como un grito, sino como una piedra caliente en la garganta. Cuatro años de su vida, cobrando sueldos municipales bajos y peleando cada clavo con burócratas de turno, para terminar con una faja de clausura en la puerta de bronce. Se acercó a la baranda del foso, acarició la madera gastada y respiró el olor a abandono inminente que empezaba a adueñarse de los rincones. Un crujido distinto la sobresaltó.

No provenía de las vigas altas ni del patio de maniobras. Era el sonido de las bisagras de la puerta del vestíbulo al abrirse sin violencia, seguido por pasos lentos, medidos, que resonaban con un peso firme sobre el mármol pulido de la entrada. Valentina sacó la espátula del cinturón y giró en redondo, con la barbilla en alto, esperando encontrar a un inspector de traje barato con una plancheta de notificaciones.




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