El techo sin sangre

Capítulo 1 un día normal

​El chico llegó a su casa y gritó desde la entrada:

​—Hola, mamá, ya llegué.

​Caminó hacia la cocina y se congeló. Su madre estaba sobre la mesa, muerta, con la cabeza cortada y puesta sobre un plato. Al chico le dio un ataque de pánico, le temblaron las piernas y se desplomó en el suelo. En ese momento apareció su padre. En lugar de gritar, se sentó con una frialdad aterradora al lado de su hijo y le dijo:

​—Ella se lo buscó.

​El padre se levantó, caminó hacia la mesa, cogió una pistola que estaba allí, se la puso en la cabeza y disparó. Cayó muerto al instante. Pero en el techo no había ni una sola gota de sangre.

​Un mes después, el chico ya estaba viviendo con su tía. Un par de agentes de policía tocaron a la puerta.

​—Hola, ¿nos permite pasar? —preguntó una de las oficiales.

​La tía los dejó entrar. Cuando le preguntaron cómo se sentía, rompió a llorar:

​—Mal... no sé cómo decirlo. La extraño cada día más. Para mí ella era todo.

​Se hizo un silencio pesado. La tía se limpió las lágrimas y los miró con rabia:

​—¿O es que solo vinieron a decirme condolencias?

​El policía principal, Martín, bajó la mirada. El padre del chico era su amigo.

​—Vine porque no puedo creer que él haya hecho esto —dijo Martín—. Él no era un hombre celoso, este asesinato no tiene lógica, no entiendo nada...

​La otra policía, Loe, lo interrumpió para que no hablara de más, pero la tía ya se había alterado:

​—¿Por qué vienes a mi casa a hablar como si él fuera un santo? ¡La mató de una forma que nadie con cabeza haría! ¡Explícame por qué diablos le puso la cabeza en un plato! ¡Explícamelo!

​Abrió la puerta de par en par y los señaló:

​—Fuera. Porque fuera tu amigo no tienes que justificar la atrocidad que hizo. Mi sobrino estuvo ahí y lo vio todo. ¿Qué clase de padre le hace eso a su hijo?

​Cerró la puerta de un portazo, se dejó caer al suelo llorando y el chico vino rápido a abrazarla.

​Afuera, en el patrullero, Martín no podía quitárselo de la cabeza:

​—¿Por qué...? Es que no me cuadra.

​Su compañera Loe lo miró desde el asiento del copiloto:

​—Lo realmente extraño es la escena. Si fue un disparo a quemarropa, tendría que haber salpicaduras en la pared o en el techo, y no había nada.

​Antes de seguir hablando, la radio del patrullero sonó llamándolos por una emergencia en una granja cercana.

​Al llegar a la finca, un granjero de nombre Lion los recibió pálido y temblando.

​—Mis vacas se mataron entre ellas —dijo el hombre.

​Martín y Loe caminaron tras él hacia el granero. Lo que vieron adentro fue repugnante: decenas de vacas descuartizadas, arrancadas a pedazos, con un olor a putrefacción insoportable.

​—¿Cuántos días llevan estos animales así? —preguntó Martín tapándose la nariz.

​—Fue anoche —respondió el granjero Lion.

​—¿Está seguro? Este nivel de descomposición no ocurre en unas pocas horas.

​—Fue anoche —insistió Lion—. Y no fue ninguna bestia salvaje.

​El granjero se acercó a uno de los cuerpos destrozados, tomó un cuchillo largo, lo abrió ante la mirada horrorizada de los agentes y les dijo:

​—Miren esto.

​En el estómago abierto de la vaca había restos masticados de las otras vacas.

​Mientras los oficiales procesaban lo que veían, Martín escuchó un ruido extraño al fondo del granero, en la zona más oscura. Se alejó en silencio. Con el corazón latiéndole a mil, avanzó entre la sombra hasta que vio una silueta pequeña.

​Era un niño. Estaba inclinado sobre una vaca muerta y a Martín le pareció ver algo aterrador: el niño metiéndose puñados de carne podrida en la boca con la cara bañada en sangre.

​Martín sacó su arma de dotación, apuntó con firmeza y gritó:

​—¡Manos arriba! ¡Ahora!

​El niño se detuvo despacio y se giró. Tenía una mirada completamente vacía; parecía mirar a Martín, pero al mismo tiempo atravesarlo. En ese instante, a Martín se le heló la sangre y sintió un terror visceral. Ese segundo pareció una eternidad.

​El silencio se rompió cuando la oficial Loe llegó corriendo a su lado. Ese movimiento hizo que Martín reaccionara y saliera del trance. Parpadeó, se limpió el sudor y volvió a mirar con atención: la sangre en la boca del niño no estaba. Había sido una alucinación de su propia mente por el choque de la escena.

​El niño resultó llamarse Elián. La oficial Loe lo tomó del brazo con cuidado para sacarlo del granero y subieron todos a las patrullas.

​Al regresar a la comisaría, Martín se puso a redactar el informe oficial del día:

"Le preguntamos al granjero Lion sobre el niño Elián, pero dijo que no sabe nada de él ni qué hacía en su granero. Ahora solo nos queda hablar con Elián a ver qué nos dice. Fin del reporte."

​Apenas terminó de dictar, lo llamó el jefe de policía, Ladri. La tía del primer chico se había quejado fuertemente por la visita que les hicieron esa mañana.

​—Siéntate —le ordenó Ladri a Martín al entrar a su despacho.

​Martín se sentó frente al escritorio y Ladri le dijo sin rodeos, molesto por los reclamos de la tía:

​—Escúchame muy bien: ese caso está cerrado. Deja de removerlo.

​Mientras Ladri regañaba a Martín a puerta cerrada, afuera en la sala de interrogatorios Loe estaba con dos chicos que acababan de ser arrestados. Loe los miró y les dijo:

​—Tranquilos, todo va a estar bien. Cuéntennos por qué están aquí.

​Los chicos, asustados, contaron que vieron a unas personas con trajes raros moviendo unas bolsas gigantescas. Uno de ellos explicó que se metió entre un alboroto de arbustos para que no los descubrieran, y que desde allí vio claramente cómo salía una mano llena de mucha sangre por fuera de una de las bolsas



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En el texto hay: thriller psicológico y terror

Editado: 31.07.2026

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