Llevaba tres noches en una cacería.
No había vuelto a casa ni para cambiarme o ducharme. Mi ropa y mi piel estaban llenas de sangre. No era mía.
No me incomodaba estar cubierta de sangre. Era señal de que había caído mas de una nyx y de que mi sed de sangre de ellas seguía pidiendo más.
Estaba en un sótano. Había encontrado una pista de un grupo reunido en una casa antigua.
Las masacre a todas, menos a una.
La observo desde el otro lado de la mesa, atada a la silla como si aún pudiera huir con solo pensarlo. Tiene ese porte imposible de ignorar: la espalda recta incluso ahora, el mentón apenas elevado, como si la cuerda no fuera más que una inconveniencia.
Su piel no es del todo piel; brilla a la luz de las antorchas con un tono irreal, cubierta de pequeñas escamas que parecen pétalos húmedos. Cada vez que respira, las aletas a los lados de su cuello se abren y se cierran con una gracia que me revuelve el estómago.
Su cabello cae en ondas largas, de un color que recuerda al coral al amanecer, y enmarca un rostro demasiado sereno para alguien en su situación.
Los ojos claros me siguen, atentos, calculadores. No hay súplica en ellos. Eso es lo que más me irrita. Incluso ahora, incluso aquí, parece estar evaluándome como si yo fuera la que ha cometido un error.
Lleva una joya verde incrustada en la frente, antigua, cargada de significado. La reconozco. No porque la respete, sino porque sé lo que representa... y lo mucho que perdería si hablara. Su ropa, hecha de capas que imitan hojas y algas, todavía conserva una dignidad que no debería sobrevivir a las cuerdas ni al miedo. Pero ella se aferra a esa dignidad como a un arma silenciosa.
No sonríe. No tiembla. Y eso me dice que será difícil quebrarla. Pero todos lo hacen, al final. Incluso las que creen que nacieron para no inclinar la cabeza.
—¿Cuántas más hay?—Mi tono es frío y calculador. No dejaba que mi mirada le revelará algo de lo que pensaba en ese momento.
En su mirada no había mas que odio y pude ver un leve miedo en ella. Escupió al suelo, dándome a entender que podría irme al infierno, no hablaría.
La entiendo. Había destrozado a siete amigos suyos en su cara. Sin ningún remordimiento.
—No te conviene tener la boca cerrada.
—Y a ti no te conviene tenerme aquí.—Dijo con un tono enfadado mientras intentaba retorcerse entre las cuerdas.
—Eres Naerys. Hija de esclavos. Escolta de la princesa Etíope.—Dije la información que me dieron, sabía todo de ellos, hasta de los muertos.—Ahora dime, Naerys hija del panadero Yio y la costurera Teodis.—Es una amenaza camuflada hacia sus padres.—¿Cuántas más?
—Tendrás que matarme.
Asentí lentamente procesando sus palabras sin una pizca de pena.
Iba a levantarme cuando escuché pasos arriba nuestra. Había alguien en la casa.
Agarré el mango de mi espalda colgada en mi cintura y la desenfundé.
Con sumo cuidado, para evitar el mínimo ruido, caminé escaleras arriba con cautela.
Con cada paso que daba sentía más adrenalina y sed de sangre.
Pero al llegar me llevé una sorpresa que hizo que casi soltara la espada entre mis manos.
Fruncí mi ceño poco convencida.
—¿Que haces aquí, Aritz?—Pregunté con desconfianza.
Él se giró y me miró preocupado con su ceño fruncido. Dió dos pasos hacia mí pero no dejé que siguiera porque levanté la espada hacía él en una amenaza para que no avanzara.
—Iba al bar de Marhú y ví la puerta de esta casa abierta.—Levantó sus manos lentamente en señal de rendición, pero igual se acercó hasta que la punta de la espada tocó su pecho.—Me ganó la curiosidad y para mi sorpresa, mi querida Lilith está aquí.
Lilith, no tormenta.
—No te acerques más.—Mi voz vaciló un poco. La espada temblaba por culpa de mis manos temblorosas. Odiaba el efecto de su mirada en mí.
No me hizo caso y agarró el filo de la espada con una de sus manos para empujarla hacia abajo. Lo consiguió.
Eso hizo que se cortara, pero no pareció importarle porque llegó hasta a mi. Sus brazos me rodearon intentando darme seguridad, pero fue todo lo contrario.
Sus manos fueron a mis mejillas y buscaron mi mirada pérdida y confusa.
—¿Estas bien,Lilith?—Su voz temblorosa sonaba preocupada.
Otra vez Lilith. ¿Por qué no me llamaba tormenta?¿Y por qué extrañaba que no me llamara así?
Demasiadas coincidencias, pero no estaba pensando por sus pulgares acariciando mi mejilla, distrayéndome.
—Tengo a una nyx atada abajo en el sótano.—Solté como si fuera lo más normal del mundo.
Su mirada cambió a una seria y me soltó para bajar por las escaleras por las que yo había subido.
¿Como sabía que eso era el sótano?
Las alarmas de mi cabeza se encendieron y guardé la espada en su funda. Lo seguí con rapidez.
—Lilith tienes que soltarla.—Dijo mientras miraba a la nyx fijamente. Intentaba no delatar ninguna emoción, pero me dí cuenta como la miraba.
¿Como haría esto?
Pero no me dí tiempo a pensar y cogí con seguridad la navaja que tenía escondida en mi pierna. Me acerqué detrás suya con sigilo y puse la navaja en su cuello. Aritz era más alto que yo así que con una patada detrás de su rodilla hice que se arrodillara delante de mí.
Agradecí que estaba de espaldas a mí, porque no podía hacer esto si me miraba.
—¿Cuál es el apodo que me pusiste?—Pregunté sin dudar.
—¿Qué? Lilith por favor...—Dijo con miedo fingido mientras levantaba sus manos rindiendose. Como antes.
Aritz nunca haría ese gesto de rendición y menos cuando era yo la que portaba el arma. Se reiría y disfrutaría de la situación solo por tener mi atención.
—Tu no eres Aritz.—Setencié y cuando iba a rajar su cuello, una voz me dejó congelada en mi sitio.
—¡Lilith, no lo hagas!
Mi mirada fría subió lentamente a Naerys. La ira me inundó al verla. No tenía su forma normal.
Mis ojos se cristalizaron por volver a verle. No sé si de rabia o por anhelo.